viernes, 17 de mayo de 2019

LECTURAS Y COMENTARIO V DOMINGO PASCUA CICLO C - 19 MAYO 2019


LES DOY UN MANDAMIENTO QUE SE AMEN UNOS A OTROS.



ORACION COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, lleva a su plano cumplimiento en nosotros el Misterio pascual, para que, quienes, por tu bondad, han sido renovados en el santo bautismo, den frutos abundantes con tu ayuda y protección y lleguen a los gozos de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 14, 21b-27

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al
Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir.
Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

SALMO RESPONSORIAL (144)

Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. R.

Explicando tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado. Tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.». Y el que estaba sentado en el trono dijo:«Todo lo hago nuevo.».

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 31-33a. 34-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
«Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con ustedes.
Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado, ámense también entre ustedes. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que se amen unos a otros.».

COMENTARIO

"Ahora es glorificado el Hijo del Hombre...": La glorificación de Jesús en el evangelio de Juan está indisolublemente unida a la muerte. El "ahora" nos indica que esta glorificación ha empezado ya con el lavatorio de los pies antes de la cena, simbolizando la próxima muerte sacrificial de Jesús; y con la salida de Judas se ha puesto en marcha el mecanismo que conducirá a Jesús hacia la cruz.
"... También Dios lo glorificará en sí mismo": Paso del presente al futuro para referirse a la glorificación en su aspecto de regreso al Padre. Fijémonos que aquí Juan utiliza la expresión "Hijo del Hombre"; es la única vez que la utiliza en esta parte del evangelio denominada el libro de la Gloria (cc. 13-21). Es un título que utilizan los evangelios sinópticos en los anuncios de los sufrimientos de la Pasión (p.e. Mc 8, 31), y que al mismo tiempo nos recuerda la figura del juez glorioso del fin del mundo. Con todo, parece que en Juan el título de Hijo del hombre es idéntico al de Hijo de Dios.
-"Hijos míos...": La expresión nos sitúa en un ambiente familiar. Jesús comprende la pena de sus discípulos y se despide emocionadamente de ellos. Les habla como un padre que va a morir, y hace testamento. No desdice de la cena pascual (en el caso que lo fuera la cena de despedida de Jesús). Pero todavía encaja más en el contexto de discurso de despedida.
-"Les doy un mandamiento nuevo": Mientras que en los evangelios sinópticos -en la última cena- nos presentan claramente una nueva alianza, aquí debemos descubrirlo de forma indirecta. El dar un mandamiento que será signo de identidad para los discípulos, nos indica claramente que es una alianza. Una alianza nueva. Por tanto, la novedad del mandamiento no debemos buscarla en contraste con el mismo mandamiento en el Antiguo Testamento (Lv 19, 18), como si allá pidiese sólo un amor dentro de Israel, mientras que aquí nos indicara su alcance universal. La idea de un amor universal a todos los hombres no es joánica: el evangelista piensa en un amor entre los que creen en Jesús. El mandamiento es nuevo porque es la estipulación de una nueva alianza.
-"Que se amen unos a otros como yo los he amado": El mandamiento nuevo no es simplemente una exigencia legal del pueblo de la nueva alianza, sino que es un don que ha recibido. Jesús es la fuente del amor de la que deben vivir los discípulos. Y la presencia de este amor de los cristianos en medio del mundo es una presencia de Jesús. Una presencia ante la cual el mundo debe abrir los ojos a la luz, tal como lo ha tenido que hacer ante el mismo Jesús. El amor, pues, que Jesús nos deja en herencia ha de ser nuestro distintivo, la señal en la que debemos ser reconocidos como discípulos suyos. El bautismo y la confesión expresa de una misma fe no son una señal inequívoca. Lo que importa es la práctica de la fraternidad.

PLEGARIA UNIVERSAL

Hermanos la señal de los cristianos es el amor. Pidamos a Dios que este amor sea una realidad en toda la Iglesia y en el mundo entero. Oremos diciendo: R. Te rogamos, óyenos.

1.-   Para que Cristo resucitado sostenga con la Unción de su Espíritu al Papa, los obispos y los sacerdotes en la animación espiritual de la comunidad cristiana. Oremos al Señor. R.

2.- Para que el poder del Espíritu Santo sane y restaure las relaciones rotas y sufridas en las naciones, comunidades y familias que están divididas, y haga brotar procesos de convergencia y reconciliación. Oremos al Señor. R.

3.- Para que la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado y el poder trasformador del Espíritu Santo nos fortalezcan y animen a los que anuncian el Evangelio en tierras de misión. Oremos al Señor. R.

4.- Para que la esperanza en la gloria que ya hemos alcanzado en Cristo resucitado y que se manifieste un día plenamente, nos sostenga y anime en las dificultades de la vida cotidiana. Oremos al Señor. R.

5.- Para que los que estamos aquí presentes seamos testigos creíbles de la resurrección del señor en nuestras actitudes de acogida, respeto y atención a las necesidades de los otros. Oremos al Señor. R.

Señor, Dios nuestro, que glorificando a tu Hijo nos abriste el camino a la gloria, acoge nuestras opciones, derrama en nuestros corazones el amor, y haz que aguardemos tu venida amándonos los u8nos a los otros como tú nos amas. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Oh Dios, que nos haces participes de tu única y suprema divinidad por el admirable intercambio de este sacrificio, concédenos alcanzar en una vida santa la realidad que hemos conocido en ti. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Asiste, Señor, a tu pueblo y haz que pasemos del antiguo pecado a la vida nueva los que hemos sido alimentados con los sacramentos de cielo. Por Jesucristo nuestro Señor.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 20: Hch 14, 5-18; Sal 113; Jn. 14, 21-26.
Martes 21: Hch 14, 19-28; Sal 144; Jn. 14, 27-31ª.
Miércoles 22: Hch. 15, 1-6; Sal 121; Jn. 15, 1-8.
Jueves 23: Hch 15, 7-21; Sal 95; Jn. 15. 9-11.
Viernes 24: Hch. 15, 22-31; Sal 56; Jn. 15, 12-17.
Sábado 25: Hch 16, 1-10; Sal 99; Jn. 15, 18-21.
Domingo 26: Hch. 15, 1-2.22-29; Sal 66; Ap 21, 10-14. 22-23; Jn. 14, 23-29.

COMENTARIOS AL EVANGELIO
Jn 13, 31-33a. 34-35

1. Texto. Los vs. 31-32 son el comentario de Jesús a raíz de la salida de Judas de la sala donde se encuentra él con los suyos; los vs. 33-35 recogen la última voluntad de Jesús. El comentario está basado en el verbo glorificar. Se repite cinco veces en poco más de tres líneas. Tres de ellas en pasiva y referidas al presente; dos en activa y referidas al futuro. Las personas involucradas son Jesús y Dios. En el presente el protagonismo lo tiene Jesús, cuya glorificación repercute en Dios. En el futuro, en cambio, el protagonismo lo tendrá Dios, cuya acción repercutirá en Jesús en correspondencia recíproca a lo que Jesús había hecho antes por él. Así pues, Jesús glorifica a Dios en el presente y Dios glorificará a Jesús en el futuro.
¿Qué significa el verbo glorificar y en qué sentido Jesús es glorificado y glorifica a Dios en el momento en el que Judas abandona la sala? Los vs. 33-35 recogen la última voluntad de Jesús. Esta voluntad viene calificada como mandamiento nuevo. Nuevo es término correlativo. Si un mandamiento es calificado de nuevo tiene que serlo por suplantar a otro, al que convierte en viejo o antiguo. ¿A qué mandamiento suplanta la última voluntad de Jesús?
Comentario. Glorificar a una persona es reconocer lo que cada persona tiene de encomiable, ser glorificado es ponerse de manifiesto lo que alguien tiene de encomiable. Con la marcha de Judas empieza a ponerse de manifiesto que lo que Jesús tiene de más encomiable es el amor. El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos (Jn. 15, 13). Saliendo Judas de la sala empieza Jesús a morir, su muerte empieza a ser realidad. En el cuarto Evangelio la cruz es el lugar por antonomasia de revelación de Jesús y de Dios. En la cruz se pone de manifiesto quién y qué es Dios. En la cruz descubrimos que Dios es amor (1 Jn. 4, 8). A su vez, la cruz no puede ser el final de quien revela a Dios. No puede serlo por la sencilla razón de que la muerte no puede surgir de la vida, y Dios es vida.
La última voluntad de Jesús está en consonancia con lo que Jesús es y ha practicado. Lo tradicional y esperado hubiera sido una invitación a cumplir la Ley de Dios. La última voluntad de Jesús cambia esa invitación por la de amarse los unos a los otros. En este cambio, más que en el contenido en sí, está la novedad. Este cambio comporta una mentalidad y un talante nuevos. Todo es muy distinto cuando lo que se hace se hace porque se ama y no porque está mandado. El creyente en Jesús se distingue porque ama, no porque cumple. Cumplir es distintivo humano; amar lo es cristiano.
Alberto Benito- Dabar 1989, 24




2. Judas sale resueltamente del cenáculo para consumar la traición. Ha sonado la "hora" de Jesús, la de su exaltación en la cruz, la de su gloria y la de la gloria del Padre. Porque es la hora del amor en el momento preciso, en el momento en que va a ser traicionado. Entonces se verá quién es el Hijo del Hombre y quién es Dios para los hombres. Se revelará que Jesús es el Señor y que Dios es amor.
El Padre, glorificado por la obediencia y en la obediencia del Hijo, glorificará a su Hijo levantándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha. Revisará la sentencia y mostrará así que el ajusticiado es el justo. Y en todo el mundo se proclamará la gloria del que ha amado hasta el colmo, hasta dar su vida por los enemigos.
Pero esta hora de la glorificación es también la hora de las despedidas. Jesús comprende la pena de sus discípulos y se despide emocionadamente de ellos. Les habla como un padre que va a morir, y hace testamento.
El testamento de Jesús, su verdadera herencia, es el mandamiento nuevo: "Que os améis unos a otros como yo os he amado". Jesús confirmó el mandamiento del amor al prójimo, ya conocido en el AT, lo amplió para que cupiera en él incluso el amor al enemigo y lo destacó entre todos los mandamientos como la plenitud y perfección de la Ley. En este contexto, Jesús entiende el mandamiento del amor como un amor entre hermanos. Quiere que sus discípulos se amen porque él los ha amado y como él los ha amado, hasta la locura. El amor, pues, que Jesús nos deja en herencia ha de ser nuestro distintivo, la señal en la que debemos ser reconocidos como discípulos suyos. El bautismo y la confesión expresa de una misma fe no son una señal inequívoca. Lo que importa es la praxis de la fraternidad.
Eucaristía 1989, 19



3.El Señor que está a punto de partir deja a los discípulos su herencia. Los discípulos deberán superar la nueva situación. El seguimiento de Jesús se realizará en el amor al prójimo. Hay un dato importante. La medida del amor: como Yo os he amado. El amor de Jesús a los hombres no es la realización de un ideal humano altruista ni un elevado comportamiento ético, sino un amor a la voluntad del Padre.
La fe en Dios sólo es posible en el amor al prójimo. Amar al prójimo no se identifica con la fe pero es una consecuencia de la fe en Jesús que revela la voluntad del Padre. Este amor de los discípulos será motivo de discriminación. La incredulidad conoce como medida del amor el propio interés. Los discípulos de Jesús se interesan por los demás y por su forma de actuar se distinguen del "mundo".
La gloria de Dios se manifiesta en la donación total. La cruz es el signo del amor de Dios al mundo. La imagen teológica de lavar los pies a los discípulos es la contraseña de la vida cristiana.
En la primera carta, Juan desarrolla este tema. Los discípulos deben hacer llegar al mundo la luz de la palabra por medio del amor.
Pere Franquesa, Misa Dominical 1986, 9



jueves, 9 de mayo de 2019

LECTURAS Y COMENTARIO IV DOMINGO PASCUA CICLO C - 12 MAYO 2019


MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ”




ORACION COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, condúcenos a la asamblea gozosa del cielo, para que la debilidad del rebaño llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del Pastor. El que vive y reina contigo.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 13, 14. 43—52

En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento.
Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles a la gracia de Dios.
El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: «Teníamos que anunciarlos primero a ustedes la palabra de Dios; pero como la rechazaron y no los consideraron dignos de la vida eterna, saben que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: "Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra."».
Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron.
La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio.
Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.

SALMO RESPONSORIAL (99)

Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

Aleluya. Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entren en su presencia con vítores. R.

Saben que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. R.

«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.» R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura del libro del Apocalipsis 7, 9. 14b-17

Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.
Y uno de los ancianos me dijo: «Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.
Por eso están ante el trono de Dios, dándole culto día y noche en su templo.
El que se sienta en el trono acampará entre ellos.
Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.».

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 10, 27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.
Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.
Yo y el Padre somos uno.».

 

COMENTARIO


Cerremos los ojos por unos minutos y escuchemos nosotros a Cristo. Quiere llegar una voz hasta nosotros, no solo por encima de los ruidos de la vida, sino sobre los rumores de nuestro corazón un tanto malvados o vacíos. Inmediatamente ante de su afirmación llena de cariño, “mis ovejas me escuchan”. Jesús había pronunciado unas palabras duras contra los judíos en una conversión bastante tensa: “Si eres el Mesías, dilo claramente. Se los he dicho, pero no me creen”. No lo había dicho con palabras que, sobre todo en el clima pasional de una discusión, podrían haber sido mal interpretadas: pero lo decía con todos sus hechos: “Mis obras lo atestiguan”.
Jesús nos habla ahora con las palabras del evangelio, pero sigue hablándonos con sus actos y con su mismo ser de Hijo de Dios. Todos pueden verlo y oírlo; basta con abrir el evangelio; sin embargo, muchos se quedan ciegos y sordos. Entonces es que hay un problema serio de audición. San Juan nos dice que no son ni los “signos” (los milagros) ni las palabras las que hacen que nos adhiramos profundamente a Jesús. Se necesita una especie de virginidad del ojo y del oído, la libertad del espíritu, la disponibilidad del corazón. Venir a él con ideas ya hechas, con sentimientos duros, puede hacer del lector del evangelio un vidente ciego y un oyente sordo. Sólo los que están bien dispuestos reciben el choc de esta personalidad; sólo ellos oyen de veras esta voz.
Sabemos hasta qué punto es necesario estar atentos a la gracia de atracción hacia Cristo y activos para explotar esta gracia. Este doble trabajo interior nos convierte en “ovejas que escuchan su voz”. Entonces los signos se hacen claros y su palabra nos abre a la fe. Sabemos escucharle porque somos “para él”.
Al escuchar su voz, oímos otra voz, la del Padre: “El Padre y yo somos una sola cosa”. Esta afirmación, que va irritar a los judíos (“Cogieron piedras para apedrearlo”) nos arroja a nosotros a una audición asombra: cuando habla Jesús, llega a nosotros la voz misma del Padre. La carta a los Hebreos nos lo dice: “En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo, por quien había creado lo mundos”. (Hb 1,1).
No olvidar nunca esta cosa tan segura: en las palabras de Jesús vibran la verdad de Dios y el cariño de Dios. ¿Y sus exigencias?. También  pero ¿creemos que Dios es amor?. Entonces, como Jesús es la voz de este amor, podemos recibir esas exigencias como formando parte del mismo mensaje de amor. Escuchar a Dios en Jesús es sin duda alguna comprometerse en caminos difíciles, pero que van a la vida: “Mis ovejas obedecen mi voz, me siguen y yo les doy la vida eterna”.

PLEGARIA UNIVERSAL

Oremos a Cristo, el Buen Pastor, que dio su vida  por nosotros y pidámosle que escuche nuestras oraciones. Digamos con fe: R.- Escuchemos, Señor.

1.- Por el Papa, Los Obispos, sacerdotes y diáconos: para que puedan acompañar a los creyentes con el amor y las actitudes misericordiosas de Jesús, el Buen Pastor. Roguemos al Señor. R.

2.- Por los jóvenes de nuestras parroquias: para que la Voz del Pastor que  busca obreros para sus mies haga eco en sus corazones y lo sigan con generosidad. Roguemos al Señor. R.

3.- Por nuestros gobernantes: para que el Espíritu de Jesús los acompañe y les inspire sentimientos de fraternidad, y así puedan comprometerse en la promoción de la justicia y la paz. Roguemos al Señor.

4.- Por nuestro párroco: para que Jesús, el Buen Pastor, lo guie en su servicio sacerdotal, lo consuele y sostenga en su entrega amorosa a la comunidad. Roguemos al Señor. R.

 5.- Por los que se sienten alejados de Dios y de la Iglesia: para que puedan escuchar la voz del Buen Pastor que les atrae para que ofrecerles vida plena. Roguemos al Señor. R.

6.- Por nosotros: para que cada día seamos más unidos y evitando toda rivalidad y división, seamos fieles a las orientaciones de quienes nos guían en nombre de Jesús, el Buen Pastor. Roguemos al Señor. R.

Queremos escucharte, Padre bueno, en la voz de nuestros hermanos, para que al permanecer unidos en Cristo Jesús, nuestro Pastor vivimos en el cómo hijos tuyos. Sabemos que escuchas nuestras oraciones y nos confiamos a tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Concédenos, Señor  alegrarnos siempre por estos misterios pascuales y que la actualización continua de tu obra redentora sea para nosotros fuente de gozo incesante. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Pastor bueno, vela compasivo sobre tu rebaño y conduce a los pastos eternos a las ovejas, que has redimido con la sangre preciosa de tú Hijo, el que vive y reina por los siglos de los siglos.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 13: Hch. 11, 1-18; Sal 41;  Jn. 10, 1-10.
Martes 14: Hch. 1, 15-17.20-26; Sal 112; Jn. 15, 9-17.
Miércoles 15: Hch. 12, 24—13, 5; Sal 66; Jn. 12, 44-50.
Jueves 16: Hch. 13, 13-25; Sal 88; Jn. 13, 16-20.
Viernes 17: Hch. 13, 26-33; Sal 02; Jn. 14, 1-6.
Sábado 18: Hch. 13, 44-52; Sal. 97; Jn. 14. 7-14.
Domingo 19: Hch. 14, 21-27; Sal 144; Ap. 21, 1-5; Jn. 13, 31-33.34-35.


COMENTARIOS AL EVANGELIO
Jn 10, 27-30

1.- Texto. A finales de diciembre los judíos celebraban en Jerusalén la fiesta de la purificación del templo en conmemoración del restablecimiento del culto llevado a cabo por Judas Macabeo a raíz de su victoria sobre el rey de Siria Antíoco IV Epífanes en el s. II a. de C. En términos de la historiografía contemporánea ese restablecimiento significaba que había sido echado fuera el baldón de los gentiles (1 Macabeos 4, 58). Para un judío, gentiles son las personas no judías.
Esta conmemoración es la ocasión y el marco elegidos por el autor del cuarto evangelio para el tenso diálogo entre Jesús y los judíos al que pertenece el texto de hoy. Jesús acaba de decir a los judíos que ellos no son ovejas de su rebaño. Habla, por contraposición, de sus ovejas, a las que conoce y que le siguen; a las que da vida eterna y que nadie se las puede quitar, porque nadie se las puede quitar a Dios, que es quien las ha confiado y con quien actúa en total coordinación y sintonía.
Resumiendo: Superando un marco particularista y restrictivo, el texto nos abre una perspectiva universal, donde ya no hay baldón gentil.
Comentario. Tal vez el riesgo mayor para el texto de hoy sea el leerlo fuera de contexto. Leído en él el texto está en la línea universalista de las dos primeras lecturas de Hechos y de Apocalipsis. Su autor nos habla de ovejas sin distinción de raza y de Jesús como pastor de todas ellas. La imagen que en el Antiguo Testamento simbolizaba las relaciones entre Dios y los judíos, simboliza ahora en el Nuevo las relaciones entre Jesús y todas las gentes del mundo.
No es cuestión de uniformidad universal o de proselitismo sino de sensibilidad universal. Es cierto que a estas sensibilidad no se llega sólo desde la dimensión religiosa, pero es cierto también que esta dimensión confiere consistencia y espontaneidad a esa sensibilidad, ya que incorpora a Dios Padre como referente emotivo válido para todos. Si todos los hombres tenemos un mismo Padre, tiene ciertamente razón de ser y viabilidad una sensibilidad común en todos los humanos.
Leído en su contexto, el texto tiene un innegable tono polémico. J/LEY: Se trata de la contraposición de dos concepciones religiosas, de dos tipos de mediación para llegar a Dios. Para llegar a Dios los judíos ponían la mediación en la Ley de Dios; para llegar a Dios el cuarto evangelista pone la mediación en Jesús. La posición judía es ejemplar en el sentido de que es prototipo representativo. En cuanto a vivencia religiosa los católicos somos bastantes más judíos de lo que pensamos.
Alberto Benito, Dabar 1989, 23



2. Contexto. Empieza leyendo Juan 10, 22. Se trata de la fiesta de la Dedicación del Templo en recuerdo de la autoafirmación nacional judía después de la humillación de Antioco IV el sirio, unos cientos cincuenta años atrás. Ambiente mitad religioso, mitad laico. En cualquier caso, ambiente de fiesta, de esperanza, de apuesta por un futuro libre (en tiempos de Jesús Israel estaba bajo el dominio de Roma). Jesús parece ser una personalidad clave de cara a ese futuro de libertad. Es lógica la expectación en torno a su persona.
Texto. Forma parte de la respuesta que Jesús da a los judíos sobre sí mismo, sobre el papel que desempeña. Este es el de pastor. Habla de las relaciones entre él y sus ovejas. Destaca dos aspectos en esas relaciones: la compenetración mutua y la seguridad de que gozan las ovejas. Da, por último, la razón de esa seguridad.
Sería conveniente introducir un cambio en el texto litúrgico. La primera parte del v. 29 dice así: Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos. Esta versión está basada en algunos códices. Hay, sin embargo, otros y más importantes que dicen lo siguiente: Lo que el Padre me ha dado es lo más importante. Prefiero esta segunda versión, que es la que seguiré en el comentario.
Comentario. El pastor y la ovejas es una imagen clásica en la literatura bíblica. Muchos profetas se sirvieron de ella cuando quisieron hablar de las relaciones entre Dios y su Pueblo. Es una imagen espontánea en una economía agrícola y ganadera. Recoge en sí muchas horas de soledad y de observación, de intemperie y de dureza, de solicitud y de ternura. Tal vez por eso es una imagen capaz de romanticismo. Porque a través de ella sólo habla el largo esfuerzo del amor. Las ovejas son lo más importante que tengo, las conozco y les doy una vida que dura siempre. ¡Qué cantidades de sacrificio y de desvelos! ¡Y de inconfesable alegría y paz! Dentro del pastor. ¿Y en las ovejas? Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen. Ignorando lo que las ovejas enseñan al pastor, alguien tal vez hable de gregarismo. Por mi parte prefiero hablar de simpatía (en la más estricta etimología de la palabra) y de compenetración.
Por último, una apuesta de futuro: No perecerán jamás y nadie me las arrebatará. Una apuesta capaz de generar en las ovejas certeza y seguridad, esas sin las que la vida es un infierno, no aquellas que producen seres inmóviles y orgullosos. ¿La fuente de esta apuesta? La compenetración entre Jesús y el Padre. Yo y el Padre somos uno. El hontanar del Padre. Brazo que no falla. Roca sólida e inquebrantable. Puesto que lo más importante que este Padre ha dado a su Hijo somos nosotros, ¿qué sentido tiene el miedo y la inseguridad?
Dabar 1986, 25



3. El evangelio de hoy es de los que se prestan a fáciles extrapolaciones. Vamos, pues, a situarlo dentro del marco literario en que Juan lo ha colocado. Este marco es de naturaleza judicial. La autoridad religiosa judía ha abierto una investigación para examinar el caso del ex-ciego de nacimiento (Jn. 9). El veredicto ha condenado a este hombre a no ser discípulo de Moisés (Jn. 9, 34). En realidad el condenado es Jesús. Por eso es Jesús en persona quien hace su aparición al final del cap. 9. Pero ahora los papeles se cambian y es Jesús quien dicta sentencia contra la autoridad judía (Jn. 9, 39-41).
En el cap. 10 Jesús fundamenta y razona el veredicto. La parábola del buen pastor no es pues una imagen idílica, sino la fundamentación judicial de un veredicto contra la autoridad judía.
Jesús basa su veredicto en el cap. 34 de Ezequiel. El profeta comienza denunciando a los jefes de Israel como a falsos pastores del rebaño de Dios. Con su proceder injusto han destrozado el rebaño. Por eso Dios lo destituye de su cargo y El en persona toma la guía, reúne las ovejas dispersas y restablece con ellas una relación de mutua confianza. Estos son los elementos que recoge Juan, introduciendo la equiparación Yahvéh-Jesús. En esta equiparación radica precisamente el escándalo de los judíos. (Jn. 10, 24-26. 33). Jesús toma la guía, reúne a las ovejas, crea un clima abierto de mutua confianza y de vida imperecedera (vs.27-28). Es decir, Jesús asume el puesto que tenía Yahvéh en el capítulo 34 de Ezequiel.
Pero Jesús no es un usurpador que quiera desbancar a Dios (cierta corriente socio-psicológica así lo interpreta; cfr. Erich Fromm. El dogma de Cristo, Edit. Paidós, Buenos Aires). No, Jesús no es un usurpador; es el Hijo que vive en íntima relación con el Padre, y este Padre es la razón última de su vida y de su fuerza (vs. 29-30).
Dabar 1977, 31



4. He aquí una expresión típica de Juan: "vida eterna". Nótese que ésta es la vida que Jesús, el Pastor, da a cuantos creen en él y le siguen. Por tanto, la vida que se recibe ya por la fe. Juan escribe su evangelio para que, creyendo en Jesús, tengamos vida eterna. Quiere decir todo esto que Juan entiende la "vida eterna" como algo que se inicia ya en este mundo. El polo opuesto de la vida eterna que comienza con la fe es la "muerte eterna", que comienza con la incredulidad. No que todo se decida en un momento dado, aunque hay que decir que todo se decide en la fe o en la incredulidad. Ahora mismo y todos los días, al confrontar nuestra existencia con el Evangelio.
Jesús está convencido de que nada ni nadie puede apartar de sus brazos a los que son "suyos" y a los que él ama. Por eso, cuantos creen en Jesús tienen su vida eterna guardada en las mejores manos y no morirán para siempre. Porque Jesús y el Padre son uno.
La mejor respuesta a esta seguridad de Jesús es la confianza que Pablo expresa en estas palabras: "Pues estoy completamente convencido de que ni la vida ni la muerte, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas, ni lo alto ni lo bajo, en fin, ninguna criatura podrá separarnos del amor que Dios nos tiene en Jesucristo nuestro Señor" (Rom 8, 38). No quiere decir esto que el cristiano puede estar seguro de tener fe, sino que la fe misma es seguridad en Dios. Porque no tenemos a Dios a buen recaudo, sino que es él el que nos tiene con fuerza y el que inspira en nosotros una confianza sin límites.
Eucaristía 1992, 23



5 Para entender este texto hay que recordar que en el fondo es una respuesta a la pregunta que los judíos dirigían a Jesús: ¿eres tú el Cristo, el Mesías? Han sido muchas las imágenes con que se ha presentado al Mesías. En todas ellas hay un elemento común que las caracteriza: la relación particular entre Dios y su pueblo.
Dios ha investido a su Mesías de autoridad a fin de que libere y reine sobre su pueblo. Los judíos han concretado esta misión en un reino de la categoría y estirpe de David. En el discurso sobre el pastor Jesús insiste y se revela como Mesías pero en una forma inesperada. Se define como el buen pastor en contraposición a los jefes de Israel. En el fondo esta afirmación está en la línea bíblica según la cual sólo Yahvé es el pastor de Israel. Más tarde se promete al pueblo disperso que Yahvé volverá a reunir a su rebaño y le dará un pastor: su siervo David, el Mesías.
Esta afirmación viene relacionada desde tres puntos de vista con el Mesías político; conocimiento mutuo: las ovejas no siguen a un extraño; don de la vida eterna: así se anuncia la salvación; unidad con el Padre: es la respuesta a la pregunta sobre si él era el Mesías.
El evangelista no ha buscado demostrar la mesianidad de Jesús desde su procedencia genealógica de David, ni ha demostrado su divinidad por medio de los milagros. La declaración de la filiación divina suena así: Dios ha amado a Jesús antes de la creación del mundo porque le ha dado su gloria.
La imagen del pastor era muy expresiva para los hebreos. Hoy suscita reacción y perplejidad. Nadie acepta formar parte de un rebaño. Al hombre moderno no le gustan estos conceptos. Hay que cambiar imágenes pero hay que mantener el contenido.
P. Franquesa, Misa Dominical 1986, 9


viernes, 3 de mayo de 2019

LECTURAS Y COMENTARIO III DOMINGO CICLO C - 5 MAYO 2019


UNA LARGA CITA CON JESÚS
 

ORACION COLECTA

Que tu pueblo oh, Dios exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el Espíritu para que todo el que se alegra ahora de haber recobrado la gloria de la adopción filial, ansíe el día de la resurrección con la esperanza cierta de la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5, 27b—32. 40b—41

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: «¿No les habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?. En cambio, han llenado Jerusalén con sus enseñanza y quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre.».
Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.».
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

SALMO RESPONSORIAL (29)

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R.

Tañen para el Señor, fieles suyos, den gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante, su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo. R.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11—14

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.».
Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar —todo lo que hay en ellos—, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.».
Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.»
Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1—19

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice: «Muchachos, ¿tienen pescado?». Ellos contestaron: «No.».
Él les dice: «Echen la red a la derecha de la barca y encontraran.».
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traigan de los peces que acaban de coger.».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice: «Vamos, almorzar.».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?».
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.».
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.».
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.». Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió: «Sígueme.».


COMENTARIO

A San Juan le gustan las cifras. La hora décima, 5.000 personas, 30 estadios, etc.; pero generalmente dice “alrededor de”. Aquí concreta: Pedro y sus compañeros pescaron exactamente 153 peces (153 significaba plenitud y universalidad). Estamos en pleno simbolismo. ¡Pero no en lo irreal!. Aquí lo real es tan misteriosamente rico que sólo se lo puede expresar con símbolos.  Observen los 7 “discípulos” y 7 veces la palabra discípulos; 7 es el símbolo de la totalidad. Y 3 veces “Manifestar”, más 3 veces “Señor” para simbolizar un encuentro solemne de Jesús en su gloria de resucitado. Se trata pues de su tercera manifestación, marcada por el papel principal de Pedro: nombrado en primer lugar, toma la iniciativa de la pesca, se precipita el primero hacia Jesús y arrastra a la orilla la red que no se rompe (símbolo... de lo que habría de ser la iglesia), a pesar del enorme peso de los 153 peces.  El desayuno ofrecido por Jesús hace pensar inevitablemente en la eucaristía en la que todo cristiano se acerca al resultado, lo reconoce y entra en comunión con él.
Algunos detalles simbólicos nos permiten acceder a lo que se llama la “escatología” (= los fines últimos). Vemos a Jesús “a la orilla del lago”, en la tierra firme de la eternidad, mientras que los discípulos (los apóstoles de todos los tiempos) bregan en las aguas de la vida terrena. Dirigidos por Pedro son pescadores de hombres (los peces grandes), pero no pueden pescar nada sin Jesús.
Traerán finalmente al Señor los famosos 153 peces, o sea los elegidos: 153 simboliza muy bien la idea de cristianos que encontrarán a Cristo en este mundo gracias a los apóstoles y que tendrán el gran encuentro con Cristo en la orilla de la eternidad.
Así, pues la eternidad será ese cara a cara con Jesús y el banquete con él, o sea la eternidad en su vida y en su gozo. No es necesario saber más para soñar en el cielo. Pero, ¿está permitido esto? ¿Por qué no? Los que pretenden que el cielo nos distrae de la realidad sólo tienen una idea mutilada de lo real. La realidad entera comienza en el oleaje y las tempestades de la vida de aquí abajo y se extiende hasta la vida sin fin.
Pero, como san Juan no deja de repetir, es aquí abajo donde todo se juega. Cada día que pasa es infinitamente precioso y decisivo, porque podemos acumular citas con Cristo que nos preparen para el encuentro final. Jesús nos ha dicho: “Cada vez que ayudas a alguien con amor, te encuentras conmigo” (Mt 25, 40). Y cada vez que nos acercamos a la eucaristía, a la oración, al evangelio, tenemos una cita con él. Lo esencial es ese movimiento que arroja hacia Cristo, como a Pedro “Cuando comprendió que era el Señor, se tiró al agua”. El mismo impulso que nos ha llevado en cada una de estas meditaciones nos arrojará algún día a sus brazos. Para una cita muy larga.

07.- PLEGARIA UNIVERSAL

Con la certeza de que el Señor resucitado esta en medio de nosotros para transformar nuestra vida, expresémosle con confianza nuestras suplicas. Respondemos: R.- Manifiesta en nosotros tu poder transformador.

1.-  Por el Papa Francisco: para que, a través de su testimonio de vida y su sabiduría de pastor, impulse la vida nueva en todos los cristianos del mundo. Oremos. R.

2.- Por los gobernantes de las naciones: para que promuevan con honestidad y constancia la paz que Cristo resucitado ha traído al mundo. Oremos. R.

3.- Por todas las comunidades cristianos del mundo: para que, alimentadas con el Pan eucarístico, busquen decididamente los bienes de arriba, donde Cristo, el Señor está sentado a la derecha de Dios. Oremos. R.

4.-  Por todos los que en este tiempo se preparan para recibir su primera Comunión Eucarística: para que crean con el corazón que este sacramento los une vivamente a Cristo y a todos los hermanos. Oremos. R.

5.-  Por los que padecen sufrimientos físicos, inmorales o espirituales: para que con el poder de Jesús resucitado puedan vivir con esperanza sus limitaciones y reciban la ayuda necesaria de quienes viven a su lado. Oremos. R.

6.- Por nosotros que hoy recibimos un aumento de fe y esperanza, permitamos a Jesús resucitado manifestar su poder transformador en nuestras vidas. Oremos. R.

Acrecienta en nosotros, Padre bueno, la luz de la fe, para que podamos reconocer en los signos sacramentales a tu Hijo y acoger su poder transformador y llenos del Espíritu Santo, proclamemos con valentía ante el mundo que Cristo es el Señor, que vive y reina inmortal y glorioso por los siglos de los siglos.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante y a quien diste motivo de tanto gozo concédele disfrutar de la alegría eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Mira, Señor, con bondad a tu pueblo y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele llegar a la incorruptible de la carne que habrá de ser glorificada. Por Jesucristo nuestro Señor.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 06: Hch. 6, 8-15; Sal 118; Jn. 6, 22-29.
Martes 07: Hch. 7, 51—8, 1; Sal 30; Jn. 6, 30-35.
Miércoles 08: Hch. 8, 1-8;  Sal 65; Jn. 6, 35-40.
Jueves 09: Hch. 8, 26-40; Sal 65; Jn. 6, 44-51.
Viernes 10: Hch. 9, 1-20; Sal 116;  Jn. 6, 52-59.
Sábado 11: Hch. 9, 31-42; Sal 115; Jn. 6, 60-69.
Domingo 12: Hch. 13, 14.43-52; Sal 99; Ap. 7, 9.14-17; Jn. 10, 27-30.

COMENTARIOS AL EVANGELIO
Jn 21, 1-19

1.- El cap. 21 ha sido añadido al Evangelio de Juan probablemente después de una primera redacción de éste. Las dificultades de orden literario y exegético son bastante importantes, pero cabe la posibilidad de no alejarse de la realidad, figurándose que esta capítulo ha sido estructurado después de la muerte de Pedro y antes de la de Juan. En un momento en que el tema de la sucesión ya se ha planteado.
* * *
a) Cada aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles se cierra siempre, especialmente en San Juan, en una "transmisión de poderes". Juan coloca intencionadamente esta transmisión después de la resurrección (al contrario de Mt 16, 13-20) para dejar bien claro que los poderes misioneros y sacramentales de la Iglesia no son más que la irradiación de la gloria del Resucitado ("todo poder me ha sido dado... id, pues": Mt 28, 18-19). Cristo no se limita, por tanto, a organizar su Iglesia en el plano jerárquico y administrativo, trata de que esa estructura misma dimane de su resurrección. La experiencia pascual de Cristo no es tan solo un acontecimiento maravilloso; en él todo hombre es llamado a compartir la vida y la gloria de Dios y a contribuir por su parte a la extensión de la soberanía de Cristo sobre el universo. Esta distribución de vida se transmite a través de los poderes apostólicos.
b) En el pasaje de este día, los poderes transmitidos se refieren de manera más especial al primado de Pedro. Esa transmisión no se realiza sin cierto toque de humor. Pedro había negado tres veces a su Maestro (Jn 18, 17-27) y por tres veces le pide Jesús una profesión de amor. Pedro se había colocado por delante de los demás en su celo por el Señor (Mt 26, 33), y ahora Cristo le invita a que se coloque por delante en el orden del amor ("más que estos": v. 15).
Se advertirá que Pedro no se atreve a afirmar abiertamente su adhesión al Señor: acude más humildemente al conocimiento que Cristo puede tener al respecto ("Tú sabes...": vv. 15, 16 y 17).
Por la demás, Pedro no habla del mismo amor que Cristo. Este le pregunta por dos veces si siente hacia Él amor ("agapê"), pero Pedro responde diciendo que siente apego hacia su Maestro ("philein!). Pedro no quiere pronunciarse sobre el amor religioso que Jesús le pide, se limita a manifestar su amistad. Todo el afecto y la adhesión encerradas en la idea de "philein" se encuentran ciertamente en la de "agapein", pero esta última añade además la fidelidad en el servicio exclusivo del Señor Resucitado y la consagración a Dios (cf. Jn 14, 15-24).
Que Cristo pusiera en duda su "agapê" no era para humillar de modo especial a Pedro, que conocía bien sus limitaciones en este punto y se refugiaba al menos en la declaración de su amistad y de su adhesión. Pero Jesús ataca a Pedro incluso en ese terreno, sirviéndose en la tercera pregunta no ya de la palabra "agapein", sino de la que el mismo Pedro había empleado para expresar su adhesión ("philein"): "¿Sientes realmente apego hacia Mí?" Este cambio repentino de tono y de vocabulario desconcierta a Pedro: ¿es que Cristo ponía también en duda su adhesión y su afecto ("philein")? Pedro tiene quizá apego hacia su Maestro y está perfectamente dispuesto a tener el "agapê", una verdadera "caridad". Pero a él le toca probarla con el ejercicio de su primado y la forma en que amará a los corderos y a las ovejas del Señor.
La revelación del amor ("agapê") hecha por Cristo en su muerte (Jn 15, 14) tiene de ahora en adelante su institución propia: la Iglesia conducida por Pedro se convierte en el sacramento visible del "agapê" del Salvador. Que el pastor ame a las ovejas como conviene y entonces se le ofrecerá al mundo el signo del amor de Cristo hacia los hombres. El primado no es, pues, una recompensa concedida al amor eventual de Pedro hacia su Maestro; es una institución que significa el amor de Cristo hacia los hombres.
Maertens-Frisque, Marova Madrid 1969.Pág. 81 Ss.



2.- Texto. Los versículos últimos del domingo pasado parecían poner fin al Evangelio. El autor ha añadido, sin embargo, un último relato, localizado en el lago Tiberíades, en un tiempo indeterminado después del domingo de resurrección. Este relato tiene en Pedro y en el discípulo amado a sus personajes centrales, como lo pone de manifiesto la continuidad del relato no recogida en el texto litúrgico.
No es la primera vez que Pedro y el discípulo amado aparecen juntos. Desde el cap. 13 es al menos la tercer vez que lo hacen.
En todas ellas el discípulo amado aventaja a Pedro en captar y entender la situación. Hoy es él quien reconoce al misterioso personaje de la orilla y quien se lo comunica a Pedro con una escueta frase: es el Señor. Es así, a instancias del discípulo amado, como Pedro se lanza al encuentro de Jesús.
Este encuentro culmina en un diálogo entre Jesús y Pedro. El autor construye este diálogo como contrarréplica a la triple negativa de Pedro a reconocerse discípulo de Jesús la noche en que Jesús fue arrestado. Si releemos ahora aquella escena caeremos en la cuenta de que el autor la sitúa en el patio interior de la residencia del sumo sacerdote, donde se encuentran justamente Jesús, Pedro y otro discípulo (ver. Jn 18, 15-16).
Este otro discípulo sin nombre, ¿no será el discípulo amado? Particularmente creo que sí. Esta hipótesis confirmaría lo que en otro caso es cierto en el cuarto Evangelio: el discípulo amado es el prototipo de discípulo de Jesús, estando siempre donde debe, por ejemplo, al pie de la cruz; captando y entendiendo las situaciones. Todo esto es la asignatura pendiente de Pedro. Así nos lo ha hecho saber el autor desde el cap. 13, es decir, desde el día de Jueves Santo: Lo que estoy haciendo, tú no lo entiendes ahora, lo comprenderás más tarde (Jn 13, 7). Ese más tarde es precisamente el relato de hoy, anunciado ya por el autor desde el cap. 13. De ahí la necesidad de este relato a pesar de que el Evangelio parecía estar ya terminado el domingo pasado. En este relato aprende Pedro la asignatura que tenía pendiente: ser discípulo de Jesús es amar a riesgo de la propia vida. Sígueme.
Resumiendo: el autor del cuarto Evangelio ha elaborado un relato eclesiológico altamente significativo.
Comentario. Frente a un modelo de Iglesia basado en la Jerarquía, el autor del cuarto Evangelio propone un modelo de Iglesia basado en la Comunidad creyente. La jerarquía deberá estar siempre a la escucha de la Comunidad creyente, si quiere saber por donde ir y si no quiere errar. Es la comunidad creyente quien capta y entiende las situaciones.
Alberto Benito, Dabar 1989, 22



3.- Texto. Pertenece al último capítulo del cuarto Evangelio. Mucho se ha escrito y se sigue escribiendo acerca del origen y motivos de este capítulo, que no todos los especialistas atribuyen al autor del Evangelio. Un dato, sin embargo resulta incontrovertible en el conjunto del capítulo: los dos protagonistas del mismo son el discípulo a quien Jesús quería y Pedro (tengamos en cuenta que el texto litúrgico no recoge la parte final, relativa al discípulo amado), los mismos que desde el capítulo 13 han aparecido reiteradamente juntos. No debería, pues, ponerse en duda que en este capítulo final es el propio autor del Evangelio quien vuelve a esta singular bina para esclarecer su sentido y razón de ser. Este capítulo final, a su vez, está anunciado desde el cap. 13, cuando a un Pedro reticente le dice Jesús: "Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde". El texto de hoy recoge ese "más tarde", poniendo punto final a una historia imperfecta de Pedro. Esta historia guarda relación con el seguimiento. El término aparece explícito en el último versículo en forma de invitación: Sígueme. Jesús había cuestionado el seguimiento de Pedro en un diálogo mantenido con él en Jn. 13, 36-38. Los hechos le iban a dar la razón: Pedro negará tres veces ser discípulo, es decir, seguidor de Jesús (cfr. Jn 18, 15-18. 25-27). El diálogo de hoy entre Jesús y Pedro está montado sobre esta triple negación, pero, ahora, Jesús ya no cuestiona el seguimiento de Pedro. La escena en la barca ha puesto de manifiesto la sinceridad y totalidad de su seguimiento actual. Apenas oye Pedro que el desconocido de la orilla es el Señor, se ciñe y se lanza al agua en pos de él. El término ceñirse (traducción litúrgica, atarse) está intencionadamente usado en la escena de la barca, preparando las palabras finales de Jesús a Pedro sobre el ceñimiento voluntario e impuesto. Como intencionada es la mención de las brasas preparadas por Jesús y que recuerdan, por contraste, las brasas de las negaciones, cuando Pedro se calentaba del frío reinante. Al calor de las brasas de Jesús comprende Pedro su programa de vida. En su último ejemplo de magisterio y señorío, Jesús ha preparado una comida, que él mismo distribuye.
Inevitablemente vienen a la mente las palabras de la última cena: Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis (Jn 13, 15). Pedro, al fin, ha terminado por comprender que amar a Jesús tiene como santo y seña hacer algo por los demás.
El otro protagonista del capítulo final (recuérdese que el texto litúrgico no lo incluye todo) es el discípulo a quien Jesús amaba. Una vez más destaca este discípulo como el que reconoce de inmediato a Jesús, aspecto este en el que supera a Pedro, aquí y en todos los pasajes en los que ambos aparecen juntos, El enigma de este discípulo estriba en que nunca se le menciona por su nombre. La identificación tradicional con Juan resulta francamente frágil y problemática. Indicios internos, sacados del propio Evangelio, favorecen incluso una identificación cambiante, según las escenas en que se le menciona. Ello explicaría la ausencia de nombre propio.
Lo significativo de este discípulo no es la identidad personal, sino su función: sintonizar con Jesús, ahondar en él, conocerle. Esta función no es exclusiva de una persona (de ahí la ausencia de un nombre propio), a diferencia de la de Pedro, que sí lo es. Discípulo preferido de Jesús es todo creyente en él; de ahí su permanencia hasta la vuelta de Jesús (véase Jn 21, 20-23).
Comentario. Como en los relatos pascuales de los dos domingos precedentes, también en éste el interés del autor del cuarto Evangelio es eclesiológico. Contra lo que en alguna ocasión se ha escrito, la concepción eclesiológica del cuarto Evangelio es jerárquica. No se pueden pasar por alto la colación de una autoridad por parte del Señor Jesús ni, por ende, una participación de Pedro en la misión asignada por el Padre a Jesús de guardar y guiar a los creyentes.
Pero tampoco se puede pasar por alto la integración de la estructura jerárquica dentro de un marco y una savia más importantes y fundamentales que la propia jerarquía. En la fe no hay jerarquía. El cuarto Evangelio es rotundo en este punto, precisamente a través del discípulo a quien Jesús amaba. Puede que incluso nos resulte chocante su insistencia en colocar a este discípulo por encima de Pedro en lo tocante a conocer a Jesús. Su mensaje es claro: la necesaria función jerárquica debe estar en sintonía con la fe de los creyentes y no a la inversa.
Alberto Benito, Dabar 1992, 27



4.- ¿Cuál es la intención del autor al escribir esta especie de apéndice, cuyo sentido sólo se encuentra en la totalidad del c. 21? Por un lado, hay que decir que, insertado en el cuadro de las apariciones pascuales, no muestra su interés tanto en ellas directamente cuanto en dos testigos de los hechos: Pedro y el discípulo preferido de Jesús. Dentro del c. 21, la aparición de Jesús es el pretexto para hablar de estas dos personas.
Es más, no se muestra el testimonio de esas dos personas en su dimensión individual, sino más bien en una dimensión representativa: Pedro representa la autoridad; el discípulo amado de Jesús, la base comunitaria. Naturalmente, hay que añadir que estas observaciones no se deducen del texto que escuchamos, sino del conjunto de textos en que aparecen ambos personajes.
Según el autor, la base comunitaria es quien descubre antes a Jesús, y la autoridad es la que debe estar a la escucha de la primera. En la intención del autor, los versículos 15-19 remiten a las tres negaciones de Pedro (cf. /Jn/18/15-18. 25-27). Si leemos atentamente el relato de las negaciones según el evangelio de Juan, descubrimos que éstas tienen lugar una vez que el discípulo preferido de Jesús desaparece de la escena tras haber introducido a Pedro en el palacio del sumo sacerdote (cf. Jn 18, 15-16). ¿Qué significa esto? No puede la autoridad actuar al margen de la base comunitaria.
Eucaristía 1989, 17



5.- Este último capítulo de Juan es considerado como un apéndice. Podría pensarse en un complemento redactado por sus discípulos. Por lo mismo este relato hay que considerarlo como una elaboración posterior del hecho de la resurreción, y esto por dos razones principales: primeramente por la tendencia a construir largos diálogos con el resucitado, a diferencia de las narraciones primeras sencillas e incisivas (Jn 20, 1-2), y en segundo lugar por echar mano para construir el relato de elementos ya elaborados (Pedro como líder, el mismo alimento que en la multiplicación de los panes, etc). De todos modos, la intención es clara: siete discípulos han hecho una fuerte experiencia del resucitado. Entre ellos, Natanael (prototipo del israelita que quiere acercarse a Dios, cf Jn 1, 44ss) y Tomás el mellizo (prototipo del que tiene dificultades para creer, cf. Jn 20, 24ss). La presencia viva de Jesús ayuda al creyente a vencer las dificultades inherentes a la fe. Jesús sigue presente hoy como ayer al borde del lago. Como en 20, 3-10, el discípulo de verdad es el primero en reconocer al Señor y avisa a Pedro. Si en 20, 3-10 el recurso a la Escritura es signo de elaboración tardía, aquí el querer presentar a Pedro como el que lleva la iniciativa (cuestión amplia en los v. 15-19), sabiendo, como sabemos, las dificultades que hubo en la primitiva comunidad de Jerusalén para aceptar la figura de Pedro, es también signo de elaboración posterior. Aun así seguimos manteniendo, y más aún con el testimonio de Pablo (1 Cor 15, 5), que Pedro fue uno de los primeros en vivir la experiencia pascual. Parece acertado afirmar que Pedro es designado como primero de los Apóstoles desde la Iglesia primera.
La experiencia pascual de los discípulos llega hasta el cristiano de hoy en un contexto de Iglesia. EU/EXP-RS: Aquí hay quizás un alusión a la comida eucarística (cf. 6, 1-13), ya que aquí Jesús no come nada (en Lc 22, 42s come para probar la veracidad de la resurrección), sino que distribuye el pan y el pescado. Los discípulos quedan invitados a participar del alimento que les ofrece el Señor resucitado. La celebración de la comida eucarística, eucaristía de culto y eucaristía de vida, es para el cristiano el lugar cumbre de la vivencia de la resurrección.
Este verso redaccional une este capítulo con el precedente, aunque no tiene en cuenta la aparición a María Magdalena, lo que da otra prueba de su elaboración tardía. Efectivamente la aparición a la Magdalena (cf. Jn 20, 1-2) es probablemente el más antiguo relato de resurrección. Sin embargo, no constituía casi ninguna "prueba" para la iglesia primera, ya que una aparición a una mujer no era cosa de gran valor. Podemos decir que el evangelio manifiesta su sencillez hasta en el hecho de la resurrección. El evangelio, desde el principio hasta el final, sólo lo comprenden los sencillos y los pobres.
Eucaristía 1977, 21



6.- El capítulo 21 parece que se trata de un suplemento al evangelio, que terminaba en 20,30-31. Ahora bien, su contenido está estrechamente conectado con los temas del evangelio juánico, y debemos atribuirlo a un discípulo del evangelista que quiere completar el evangelio con una referencia a la vida de la Iglesia.
-"Simón Pedro les dice: Me voy a pescar": Pedro está en un primer plano. Podríamos preguntarnos si no estamos ante la narración de la primera aparición de Jesús a Pedro, que nos cuenta san Pablo en 1 Co 15,5. Pedro, después del fracaso de Jerusalén, ha regresado a su antigua vida de pescador junto con los otros discípulos.
-"Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús": Ya que es un capítulo independiente, no nos debe sorprender que los discípulos no le reconocieran, pese a que ya antes se les había aparecido dos veces. En la intención primera de la narración se trata de la primera aparición de Jesús resucitado, pero tal como está en la relación del evangelio y como nos lo clarifica el mismo redactor: "esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos". En estrecha conexión con esta escena, debemos situar las de Mt 14, 28-32 (Jesús caminando sobre el agua), Mt 16, 16b-19 (confesión de Pedro), Lc 5, 1-11 (pesca milagrosa): son narraciones que hallamos en el contexto de la vida pública de Jesús, pero que tienen una fuerte resonancia pascual.
-"Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis": Jesús resucitado tiene un conocimiento nuevo de las realidades y los discípulos deben obedecerle, pues sin él ningún éxito pueden lograr. Después arrastran la red con 153 peces grandes.
Ciertamente hay un elemento simbólico: Jesús resucitado cumple su promesa de atraer a todos los hombres hacia él a través del trabajo apostólico, bajo la dirección de Pedro. El dato concreto de 153 peces puede tratarse de un detalle transmitido por el testimonio del discípulo amado, que está en la base de este evangelio. Pero desde los primeros siglos, se interpretó como una referencia a la reunión de los hombres a través de la proclamación del mensaje.
-"Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?": la segunda parte de la lectura contiene las tres cuestiones a Pedro, en contraste con las tres negaciones. Ahora Pedro queda rehabilitado, por el amor logrará la condición de discípulo y de apóstol: "Apacienta mis corderos". La imagen del pastor indica siempre una misión de autoridad y de gobierno. En este caso según el amor. Así como Jesús es el buen pastor y ha sido enviado por el Padre, Jesús envía a los discípulos con una misión parecida. Pedro debe conducir las ovejas del único pastor, Cristo, con el amor. San Agustín comenta: "Cuida mis ovejas, como si fueran mías, no tuyas".
Joan Naspleda, Misa Dominical 1989, 8



7.- El cap. 21 de San Juan plantea ciertos problemas de autenticidad y muchos exegetas descubren en él la mano de San Lucas o de un discípulo de Juan. Pero nadie discute su canonicidad, y algunos le atribuyen tanta más importancia cuanto que ven en él las huellas de una de las más antiguas tradiciones sobre las apariciones del Señor.
El relato de esta aparición sigue los procedimientos redaccionales del relato de las demás apariciones: alusión a la incredulidad de los apóstoles (vv. 4-7, 12), pruebas de la resurrección (v. 13), transmisión de los poderes que asegurarán la presencia del Resucitado en la Iglesia (v. 11).
a) La descripción de la incredulidad de los apóstoles tiene como finalidad probar que la resurrección no ha sido el producto de su imaginación ni la construcción de su mente. Por otro lado, Cristo no se aparece a unos discípulos en oración o en espera de un hecho extraordinario, sino a pescadores que han vuelto a sus quehaceres. Y precisamente en medio de ese trabajo cotidiano es donde el hecho de la resurrección se impone a los apóstoles.
Jesús se les aparece primero como un extraño que tiene hambre y pide pescado. Ya en otras ocasiones se había presentado así a sus apóstoles (Jn 4, 8, 31-32) y a una mujer de Samaria (Jn 4, 7-10) para hacerles caminar después hacia la fe. Así, en el momento en que los apóstoles no pueden proporcionarle pescado (v. 5), Jesús les da en plenitud (vv. 6, 11) para convencerlos de que tiene el secreto de un alimento distinto del alimento material. NU/000153-PECES: La cifra de 153 peces podría quizá hacer alusión a la plenitud paradisíaca de la pesca prevista por Ez 47, 10. Se trata, de todas maneras, de una idea de plenitud sobrenatural (153 es la suma de las 17 primeras cifras) que solo un Mesías puede otorgar.
El Señor se presenta, pues, como el que puede llevar hasta la plenitud el esfuerzo y el trabajo del hombre. Consciente de esta función del Mesías, los apóstoles pasan insensiblemente de la incredulidad a la fe. b) Las pruebas corporales de la resurrección se han sacado muchas veces del hecho de que Cristo resucitado ha compartido comidas con los suyos (Lc 24, 41). Cabe presentar que lo mismo iba a suceder aquí en donde Cristo prepara y sirve la comida a los suyos. Pero esta simple prueba física es valorada por el redactor como un signo sacramental. El hecho de tomar el pan y de distribuirlo (v. 13) recuerda demasiado directamente la Eucaristía como para que este banquete no adquiera una significación mucho más profunda que una simple prueba corporal de la resurrección: Cristo está de ahora en adelante entre los suyos a través de la mediación del banquete eucarístico. Esta impresión se ve forzada por el hecho de que el relato no dice que Cristo haya comido: se limita a distribuir el alimento. El hecho de distribuir el pescado tiene pues, una significación sacramental: el judaísmo se imaginaba, por otro lado, el banquete mesiánico como un banquete de victoria en el que los justos comerían los trozos del monstruo marino despiezado. La victoria sobre el mal ha sido definitivamente lograda por Cristo y la comida de pescado hace que los apóstoles se beneficien de ese triunfo.
c) Pero la pesca milagrosa adquiere otros significado más elevado. Mientras que en al versión de Lc 5, 4-7, las redes de pescar iban a romperse, el relato de Jn 21, 11 subraya, por el contrario, que la red fuertemente cargada no se rompió a pesar de todo. Puede verse ahí la imagen de la unidad de la Iglesia, lo mismo que lo era la túnica inconsútil de Jn 19, 23. Serviría de introducción a la inteligencia de la misión jerárquica confiada a Pedro en los versículos siguientes (Jn 21, 15-17).
Las apariciones de Cristo resucitado están atestiguadas con tanta frecuencia y por fuentes distintas como para que puedan ser puestas en duda. Jesús ha demostrado realmente su corporeidad a sus apóstoles durante los días que siguieron a su muerte, y esa revelación es, en gran parte, el origen de la fe de los apóstoles: Cristo está todavía presente en medio de ellos. Pero sigue siendo cierto que esas apariciones solo fueron comprendidas en el seno mismo de la actitud de fe: desembocan en un misterio; no son más que el camino de acceso.
Cuando se pretende comprender el modo de esas apariciones, se encuentra uno, en efecto, llevado a formular interrogantes que no pueden formularse correctamente sino dentro mismo de la actitud de fe.
Jesús aparece en su cuerpo... y se trata justamente de su cuerpo porque una persona humana no puede revestirse de varios cuerpos diferentes... Conciencia y carne son elementos demasiado unidos como para que pueda desinteresarse uno de otro. Ahora bien: la resurrección de Jesús no es una simple reanimación como la de Lázaro: el cuerpo de Jesús resucitado ha entrado en un modo de existencia diferente del modo terrestre: está, para emplear el lenguaje mítico judío, "sentado a la diestra del Padre". Jesús resucitado tiene un cuerpo, pero este cuerpo es completamente diferente del que tenía durante su vida terrestre. No puede decirse nada más... Pero hay que tener en cuenta que algunos relatos de apariciones subrayan esta diferencia: Magdalena toma a Jesús por el jardinero, los pescadores del lago se preguntan sobre la personalidad de quien se les presenta en la orilla.
Cuando Tomás reclama ver y tocar el cuerpo de Jesús marcado por las señales de su pasión, se procede inmediatamente a hacerle comprender que ese afán por encontrar una continuidad absoluta entre la corporeidad antigua de Jesús y la nueva es una vanidad que, en cualquiera de los casos, no conduce a la fe.
J/RSD/CUERPO: La aparición de Jesús en su cuerpo es, pues, la experiencia de su corporeidad por encima de la muerte y la experiencia de otro tipo de corporeidad. Ante unos ojos humanos, esta radical novedad del cuerpo de Jesús no podía ser revelada sino de forma muy modesta.
Jesús no ha podido presentarse sino en una corporeidad todavía terrestre para evidenciar su nueva corporeidad: es decir, que los apóstoles no vieron el cuerpo de Cristo en su situación de resucitado en plenitud; una especie de kenosis condicionó el esplendor de ese cuerpo para reducirlo a un simple signo real, una invitación a penetrar en el misterio.
En este sentido, las apariciones son pruebas, pero unas pruebas que no se agotan en sí mismas, que no cierran la investigación, sino que la proyectan hacia el misterio y hacia la fe.
Las apariciones de Jesús en cuerpo no son, por otro lado, la experiencia de un cuerpo-objeto que puede ser contemplado. El cuerpo es el instrumento por excelencia de la relación, y las apariciones del Resucitado desembocan ante todo en experiencias de relación y diálogo: muchas veces quedan selladas en un banquete, y Jesús hace, mucho más aún que a lo largo de su vida terrestre, que los suyos participen con El de su deseo de relación universal y de su ambición de presencia en todas las cosas y en todos los hombres.
Ver el cuerpo de Cristo resucitado no es para los apóstoles una simple visión pasiva de un objeto, sino que es una misteriosa llamada a una misión: hacer a Jesús efectivamente presente en todos los momentos y en todos los hombres del mundo futuro. Puede, pues, decirse que las apariciones corporales de Jesús han sido reales, pero entonces hay que añadir que esa realidad no se agota sino en la experiencia de fe y en la experiencia mística del misterio de un hombre resucitado.
Maertens-Frisque, Nueva Guía De La Asamblea Cristiana IV, Marova Madrid 1969.Pág. 19



8.- Tres observaciones previas de carácter literario: primera, estos versículos son un apéndice a la obra. Esta termina en 20, 30-31; segunda, este apéndice ha sido escrito por el propio autor de la obra; tercera, los versículos de hoy sólo adquieren sentido en la totalidad del capítulo 21. ¿Qué le ha podido mover al autor a añadir este capítulo? Formalmente, el capítulo se inserta en el cuadro de las apariciones pascuales (cfr. v. 14). Pero si nos fijamos atentamente descubrimos que el centro de interés del autor no gira tanto en torno a la aparición de Jesús cuanto a dos de los testigos del hecho, Pedro y el discípulo preferido de Jesús. En el conjunto del cap. 21, la aparición de Jesús es el pretexto para hablar de estas dos personas.
Estas dos personas no funcionan a título individual, sino a título representativo: Pedro representa a la autoridad; el discípulo preferido, a la base comunitaria. (Evidentemente esto no se deduce de este texto, sino del conjunto de textos en que aparecen Pedro y el discípulo preferido de Jesús).
Según el autor del cap. 21, es la base comunitaria quien descubre antes a Jesús (v. 7; cfr. Jn. 20, 1-10). La autoridad debe estar a la escucha de la base comunitaria. En la intención del autor, los versículos 15-19 remiten a las tres negaciones de Pedro (cfr. Jn. 18, 15-18. 25-27). Si leemos atentamente el relato de las negaciones según el cuarto evangelio, descubrimos que éstas tienen lugar una vez que el discípulo preferido de Jesús desaparece de las escenas tras haber introducido a Pedro en el palacio del sumo sacerdote (cfr. Jn. 18, 15-16). ¿Qué significa esto? Cuando la autoridad actúa al margen de la base comunitaria, desbarra.
Dabar 1977, 30



En la Sagrada Escritura nos es dado encontrar la significación mística de muchos nombres geográficos, que la divina sabiduría ha puesto allí adrede. Todas las tierras y mares, ciudades y campos, ríos y montes a que estuvo ineludiblemente unida la acción salvadora de Dios al tener ésta lugar en el espacio y tiempo terrenal, reciben un nuevo sentido místico en la celebración litúrgica de estos mismos acontecimientos redentores. No hacen sino transparentar el mundo divino del más allá, en el que no existen espacio ni tiempo. Al igual que todo el resto de las cosas creadas, las que nos ocupan nos ponen en la mano el medio de poder expresar la obra maravillosa de Dios, de decir lo indecible con palabras humanas. Todas las estaciones de la vida de Cristo, todo el camino temporal de la Iglesia, así como el curso anual de su liturgia, se designan por medio de nombres tan populares en la geografía bíblica y tan señalada en el mapa místico, que resultan para los fieles un seguro indicador en su ascensión hacia el monte de Dios.
¿Quién de entre nosotros ignora haber sido sacado del "Egipto", del país en que se sirve al "yo" divinizado; haber atravesado el "mar" del Bautismo y estar ahora caminando a través del "desierto" de la vida temporal, camino de Canaán, la "tierra prometida" de la eternidad? Y ¿quién no sabe también que con Cristo, nuestra cabeza, hemos penetrado ya en esta tierra de promisión? Lo que resulta imposible en el dominio natural es aquí un hecho. Fijémonos ahora en dos puntos de este mapa místico. Nuestra trabajosa vida mortal ha de transcurrir, para nosotros, en el "desierto"; pero en la sagrada liturgia y por medio de nuestro morir con Cristo traspasamos constantemente los límites de la muerte, que son los que nos separan de la "Tierra de Promisión" del cielo.
Por eso, la liturgia de esta semana canta la felicidad pascual de los recién bautizados y de todos los regenerados en Cristo, comparándola a la entrada "en la tierra que mana leche y miel" y al bendito gustar su sobreabundante fruto (/Ex/13/05/09; introito del lunes de Pascua).
Pero la Iglesia sabe aún otro nombre que conviene muy bien al paisaje de Pascua por el que el Resucitado camina con los suyos.
"Después de resucitado os precederá a Galilea", había prometido Jesús a sus discípulos la tarde anterior a su pasión. Después de su resurrección hace que el Ángel encargue a las mujeres recordarles lo que El había predicho: "Id a decir a sus discípulos y a Pedro que os precederá a Galilea". ¿Se refiere Jesús a la Galilea terrestre? No lo parece. Algunos evangelistas no nos refieren ningún hecho especial que tuviese lugar en un encuentro del Resucitado con sus discípulos en Galilea; sólo hablan de Jerusalén; entre ellos Marcos, quien, por otra parte, es el que repite varias veces la promesa del Señor: "Os precederá a Galilea". Esto resulta un tanto extraño y ha de servirnos de aviso para no querer interpretar al pie de la letra las descripciones de lugar, sino más bien buscarles su sentido místico. Es evidente lo que Galilea significaba para la vida terrena de Jesús. Era allí donde había transcurrido toda su infancia y juventud; fue el escenario de su primer milagro y donde entabló familiares relaciones con sus primeros discípulos. En Galilea se encontraba Caná, con la casa de aquellas bodas de un tan grande significado místico, y Cafarnaún, su ciudad. Galilea había sido el escenario de su vida de peregrino, llena de privaciones, pero también de alegrías. Allí susurraba el lago de Genezaret las palabras de su Buena Nueva; estaban allí los montes donde, por la noche, se recogía para orar; allí, con humilde fe, se acercaron a Él los primeros gentiles. Cierto que también en Galilea tuvo fracasos y encontró enemistades; la misma Nazaret quiso apedrear al Señor. Asimismo hubo de lamentarse respecto a Betsaida y Corozaín. Pero, a pesar de todo, Galilea era para El patria y asilo.
Judea, por el contrario, era el escenario de sus acaloradas discusiones con los fariseos. Allí le perseguían el odio y la envidia; allí, por doquier le rodeaba la muerte. Se encontraba allí Jerusalén, la ciudad de sus sufrimientos, y el Gólgota, el lugar de su crucifixión. Por esto en la hora de la despedida, al enfrentarse con la muerte, el nombre de "Galilea" había de servir de consuelo para los discípulos.
Cuando me veáis después de mi resurrección, quiere significar Jesús, será en una tierra que se parezca mucho a Galilea terrenal.
Allí estaremos reunidos como en aquellos primeros días felices de vuestra vocación, y disfrutando de una alegría aún mayor; lejos de toda disputa y de toda contienda, apartados de la muerte y el sufrimiento. Allá celebraremos un banquete como en Caná, y entonces será el momento de la verdadera boda. Estaréis unidos y compenetrados conmigo de una manera que ahora no podéis imaginaros.
El relato del evangelio de hoy, que se desarrolla en Galilea, en el lago de Genesaret, confirma esta interpretación. Los discípulos están pescando en el mar, lo mismo que en los antiguos días. Y otra vez, como entonces, han estado trabajando durante largas horas por la noche sin haber conseguido pescar nada. En esto es donde se descubre, precisamente, el simbolismo del suceso. Los discípulos se esfuerzan vanamente, sumidos todavía en la noche temporal y en un cierto oscurecimiento del espíritu, que la luz de la resurrección no ha conseguido disipar por completo.
Están aún envueltos en el mar vacilante del tiempo y de la duda de su corazón. Pero va a amanecer, y Jesús aparece en la orilla con el sol que sale de Oriente. Los llama, los ayuda y consuela en sus necesidades temporales y les aclara las dudas de su corazón. A su palabra se repite el milagro anterior de la pesca milagrosa, y en esto lo reconocen. Y ahora es cuando acontece lo nuevo: no es El quien va a ellos, sino que es Pedro quien se arroja al mar y se lanza hacia el Señor. Esto es altamente simbólico y cambia por completo la relación entre el Resucitado y sus discípulos. En otra ocasión se había acercado a ellos sobre las olas inseguras de la vida temporal; ahora ya los espera en la orilla de la eternidad y ellos se esfuerzan para dejar el mar del tiempo.
PEZ/Ichthys: Pasando por el mar del sufrimiento y del bautismo de muerte, los discípulos seguirán a su Maestro por la tierra firme de la resurrección. Y allí, lo mismo que ahora en la paz matutina del lago de Tiberíades, se reunirán para el banquete celestial. Se sentará con ellos en la mesa y comerán del "pez de los vivos", que se entregó por ellos al fuego de la muerte terrena, para convertirse en el alimento de su inmortalidad. El sol de la divina presencia iluminará su banquete y se escuchará el murmullo del amor divino. El lo será todo, como en esa mañana primaveral de la Galilea terrestre. Estarán tan seguros de que es el Señor, que no necesitarán hacerle ninguna pregunta más, y, lo mismo que hoy, El les llamará "muchachos". Entonces habrá alcanzado la perfección su nueva infancia, que ahora acaba de comenzar, y entrarán en El, como perfectos hijos de Dios, a tomar posesión de la herencia del Padre. (...) El Señor que ahora les invita a comer, es el mismo que ha de llamarles, en el día de mañana, a participar de su reino celestial. "Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo".
Este es el profundo y misterioso sentido de este suceso del lago de Tiberíades. San Agustín interpreta "Galilea" como "revelatio", es decir, "revelación", y equipara la Galilea de la resurrección con la vida futura en el otro mundo (San Agustín:: De consensu Evang. 3, 86). Pero es más: la liturgia del tiempo de Pascua abarca todo ese futuro como cosa ya presente. No es tan sólo como una representación, sino como realidad y verdad. En la solemnidad pascual hemos muerto y resucitado con Cristo, hemos subido a lo "alto", a la "Galilea" celestial. Hemos pasado por las mismas experiencias del Señor. Pero, también como ellos, estamos débiles en la fe, no acabamos de estar convencidos del "paso" redentor y de la completa transformación.
Nuestras raíces no están bien fijas aún en la orilla de la resurrección; aún nos dejamos impulsar por las preocupaciones diarias y las ansias de este mundo y nos ahogamos en el mar de las dudas y en la noche de la angustia infructuosa. Pero también, es cierto que sin cesar viene la mañana: la hora del milagro y de la nueva creación, la hora del sacrificio y del banquete. El sol de la presencia de Dios aparece cuando penetramos en el santuario: volvemos a ver la costa, de la que, en realidad, es imposible que nos apartemos por más que intenten forzarnos a ello las angustias y trabajos de la vida temporal. Y Jesús está en la orilla y nos llama.
No debería tener necesidad de llamarnos. ¡Por nosotros mismos deberíamos dirigir hacia allí nuestra débil barquilla, sacándola de los peligros de la noche de este mundo! Pero tiene piedad de nuestra debilidad y nos llama. Nos llama "muchachos", como para advertirnos que, una vez en el Bautismo y después repetidas veces en la santa celebración pascual, volvimos a nacer de su sepultura como hijos de Dios; estamos ya purificados de "todo antiguo resabio" de pecado y "transformados en una nueva criatura" (Poscomunión) inmortal como El, que "resucitado de entre los muertos ya no muere". "Muchachos", pregunta, "¿no tenéis a mano nada que comer?".
¿Para qué hacer esta pregunta si no es para que caigamos en la cuenta de nuestra miseria e impotencia para procurarnos el alimento de la inmortalidad, que precisamos para que pueda crecer en nosotros la vida espiritual que ahora acaba de nacer? ¿Para qué preguntar si no es para dársenos El mismo como alimento en el banquete de la Eucaristía, simbolizado por la comida matinal de los discípulos en el mar de Galilea, y también para significar el banquete de la gloria en la Galilea celestial? Fijaos: tiene preparado el pez que también allí, en la gloria, ha de ser nuestro alimento. Es El quien por nosotros sale del océano inmenso del amor divino y se deja prender y matar de los hombres para así convertirse en nuestra comida matinal de la resurrección (1).
Para saciarnos nos da "Pan del cielo", el alimento de los ángeles; divina presencia que, para ellos, está al descubierto, pero que no por eso deja de estar para nosotros bajo el velo de la figura simbólica. Desde la orilla eterna, desde el altar del sacrificio nos llama la voz del glorificado: "¡Venid y comed!"; y tanto para nosotros como para los discípulos no quiere decir esto sino: "Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo". Pues "comer" con Cristo resucitado es participar del manjar sacrificial de su santa carne y sangre; "reinar" con El "ya en vida". Es no permanecer en el mar del error, sino estar con El en la orilla de la Galilea de Dios. Galilea es el lugar de la revelación, la tierra de la resurrección e inmortalidad; en este país es donde nos introduce Cristo. País a un mismo tiempo presente y futuro. Galilea es donde los discípulos se reunieron después de la resurrección del Señor y donde lo reconocieron al compartir con El la comida.
Galilea es la Iglesia; allí, en el sacrificio y en los Sacramentos, en la oración y en la lectura de la Sagrada Escritura, resplandece el "añorado rostro" de Cristo en su glorificación pascual. Galilea es la Eternidad, donde nosotros podremos contemplar gloriosamente a Aquel que ahora vemos encubierto en el santo sacrificio eucarístico; pero de quien tenemos una certeza tal, que nadie se atreve a preguntar: "¿Tú, quién eres?", ya que todos sabemos muy bien "que es el Señor".
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(1) Los antiguos cristianos consideraban el pez como símbolo de Cristo, ya que el nombre griego de "pez", Ichthys, tenía las letras iniciales griegas de "Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador.
Emiliana Löhr, Edic. Guadarrama Madrid 1962.Pág. 109 Ss.



Los discípulos están juntos. Forman comunidad. Se nombra, en primer lugar, a Simón Pedro, que será figura central en este episodio y en la continuación del relato. Se nombra también a Tomás, que había pasado de la incredulidad a la adhesión incondicional a Jesús y se vuelve a traducir su nombre: el Mellizo. El significado se deduce de la frase de Tomás, que está dispuesto a morir con Jesús (no como Pedro que quería morir por Jesús 13, 37). Este discípulo, dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte representa ese aspecto de la comunidad unida a Jesús y dispuesta a correr su misma suerte: es el doble (mellizo) de Jesús. El que estaba dispuesto a morir con Jesús (11, 16), sabe ahora adónde conduce esa muerte (14,5: Tomás le dijo: No sabemos adónde te marchas ¿cómo podemos saber el camino?.- 20, 28: ¡Señor mío y Dios mío!
El tercer discípulo nombrado es Natanael. No había aparecido en el evangelio desde la escena de su llamada. Es la figura de Israel fiel a las promesas que esperaba el Mesías. Son siete los discípulos presentes. No se hace alusión a los doce. Doce es el número que señala a la comunidad en cuanto heredera de las promesas de Israel. (Ver la oposición entre las cifras 12 y 7: para designar al pueblo judío -12 tribus- y a los pueblos paganos -70 pueblos-,Mateos-Barreto, El Evangelio de Juan, Cristiandad, Madrid 1982, nota de la pág. 894). Ahora la comunidad está representada por otro número: el siete, el de la totalidad, que, referido a pueblos, indica la totalidad de las naciones y hace, por tanto, referencia directa a los paganos. Es ahora la comunidad de Jesús en cuanto abierta a todos los hombres, a los que estaba destinado su mensaje. La nueva comunidad, que ha reconocido su origen en el antiguo Israel de las promesas, renuncia a todo particularismo y reconoce su misión universal.
"Simón Pedro les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: vamos también nosotros contigo". Bajo la imagen de la pesca se representa la misión de la comunidad. La figura de Pedro en posición sobresaliente es una indicación sobre la importancia de Pedro para la vida de la comunidad. La figura de Pedro resulta particularmente determinante para que en la comunidad madure la disponibilidad a la colaboración. "Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada". Esta precisión temporal "aquella noche", es de gran importancia para comprender la escena. Esta mención de la noche, en relación con el trabajo de los discípulos, está en relación con estas palabras de Jesús: "tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo" (Jn 9, 4-5). La noche significa, por tanto, la ausencia de Jesús, luz del mundo, que hace infecundo todo trabajo. 
"Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús". La llegada de la mañana coincide con la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje comenzado con la mención de la noche; Jesús es luz del mundo, su presencia es el día que permite trabajar realizando las obras del Padre (9, 4).
"Jesús les dice: Muchachos ¿tenéis pescado? Ellos contestaron: no". La mala traducción litúrgica no ayuda a descubrir el sentido profundo del texto. La traducción literal es: ¿tenéis algo para acompañar el pan? Lo que nosotros llamamos el companage, que ordinariamente era pescado, pero este matiz de "añadido al pan" es importante en el desarrollo de la escena.
"El les dice: echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarlas, por la multitud de peces".
La obediencia a la palabra de Jesús, la fidelidad a su mensaje, es la condición necesaria para que el trabajo apostólico tenga fruto. "Y aquel discípulo a quien Jesús quería le dice a Pedro: Es el Señor". Es el discípulo que sigue a Jesús y vive con él. Es su confidente en la cena, el que lo acompaña hasta la muerte, da testimonio de su gloria, reconoce su resurrección y percibe su presencia en la comunidad. Entra con Pedro en el sepulcro y ante las mismas señales, sólo este discípulo creyó que Jesús vivía. Ante la misma pesca, él descubre la presencia del Señor y Pedro no. Solamente el que tiene experiencia del amor de Jesús sabe leer las señales. Este discípulo sabe que la fecundidad de la misión es señal de que Jesús está presente.
"Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba dormido, se ató la túnica y se echó al agua". Pedro no había descubierto que la causa de la fecundidad apostólica era la obediencia a la palabra de Jesús, pero al oír lo que le dice el otro discípulo, comprende. Para indicar el cambio de actitud de Pedro, el autor utiliza un lenguaje simbólico sumamente denso.
En primer lugar, hay un juego de vestido-desnudez; en segundo lugar, la acción de tirarse el agua. La desnudez de Pedro indica que carece del vestido propio del discípulo. "Se ciñó la túnica". Juan emplea la misma expresión de la cena, cuando Jesús se ató el paño que significaba su servicio hasta la muerte. Pedro va desnudo porque no ha adoptado la actitud de Jesús, por eso no ha producido fruto alguno la misión. Esta era la desnudez de Pedro: no haber aceptado la muerte de Jesús como expresión suprema del amor y haberla tomado por norma.
Ahora, finalmente, comprende. Se ata aquella prenda como Jesús se había atado el paño para servir. Y para expresar su disposición a dar la vida, se tira al agua. Muestra estar dispuesto al servicio total hasta la muerte. Pedro es el único que se tira al mar, por ser el único que ha de rectificar su conducta anterior; los demás no habían resistido como él el amor de Jesús ni lo habían negado.
"Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan". En la tierra, lo primero que ven es la comida que Jesús ha preparado, expresión de su amor a ellos. Jesús sigue siendo el amigo que se pone al servicio de los suyos. La eucaristía es el don de Jesús a sus amigos. El pan de vida es su carne, dada para que el mundo viva. Ese es el alimento que ahora ofrece. Después de haber dado su vida, puede dar su pan, que es él mismo.
"Jesús les dice: traed de los peces que acabáis de coger". El alimento que ven y que Jesús ha preparado es distinto del que ellos han obtenido por indicación suya. Este último es fruto de su trabajo, el que encuentran preparado es don gratuito. Existen, por tanto, dos alimentos: el que da directamente Jesús, y el que se obtiene respondiendo a su mensaje. El alimento que Jesús ofrece y el que presentan los discípulos se convierte en "nuestro" alimento; el alimento de la comunidad con Jesús. "Bendito seas, Señor, Dios del universo por este pan -fruto de la tierra y del trabajo del hombre-, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida".
153-PECES: número de especies distintas de peces conocidas por ellos, expertos pescadores, dice ·Jerónimo-SAN. Todos los hombres de la tierra están llamados a entrar en esa red, sin que se rompa, porque la Iglesia de Cristo ha de conservar su unidad.
Jesús les dice: venid, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos. La definitiva, la que va a durar para siempre. Por eso, esta manifestación es modelo para la vida de la comunidad. Esta tercera vez es todo un programa para la vida de la comunidad en su misión en el mundo y en la eucaristía.



Este pasaje es el argumento bíblico más importante y decisivo sobre el primado de Pedro en la Iglesia universal. El diálogo se sitúa en lo que más interesa: el amor. Sólo el que ama con humildad puede enseñar a amar, puede enseñar a ser cristiano. Después de la comida se habían puesto los dos a caminar. Hace tiempo que no se encontraban juntos. Habían pasado muchas cosas desde que sus dos miradas se cruzaron en el palacio de Caifás (Lc 22, 61), después de su triple negación. Jesús se lo había dicho, pero Pedro no quiso creerlo. Estaba completamente seguro de sí mismo, seguro de la amistad que le unía a Jesús.
Jesús había tenido amigos que le habían abandonado. Había sido muy duro... Pedro se había quedado. Sentía en torno a Jesús una gran hostilidad, y eso aumentaba su coraje, su fuerza, su amistad. Cuando a Jesús se le miraba con buenos ojos, cuando era bien recibido por la muchedumbre, era fácil decir: "Yo daré la vida por ti". Pero después se había convertido en un prisionero, en un hombre del que todos se burlaban y al que iban a condenar a muerte. Y Pedro tuvo miedo de ser detenido, temió por su vida. Y le negó las tres veces que Jesús la había anunciado.
Ahora están allí las dos, Jesús y Pedro, con la experiencia de tres años de amistad, con sus momentos buenos y malos. Teniendo detrás de sí ese acontecimiento inesperado: la muerte de Jesús en la cruz; y ese otro suceso aún más insospechado: su presencia de resucitado al lado de Pedro. "Al tercer día resucitaré". Pedro lo recuerda. Se lo había anunciado a todos. Pero ninguno había hecho caso: ninguno había creído tal cosa. Sin embargo, todo había sucedido como él les había profetizado.
Y Jesús pregunta a Pedro: "¿Me ama? Es el amigo que quiere saber, quiere estar seguro, como si tuviese necesidad de su apoyo, de su amistad, de su fidelidad; como si quisiera asegurarse de poder contar con él para siempre. Y Pedro responde: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero", conoce su debilidad y no se enorgullece ahora de su amor ni de su lealtad hacia Jesús. El, que conoce su corazón, sabe que lo ama de verdad.
Tres veces la pregunta de Jesús, como tres veces le había negado. Pedro no puede afirmar nada después de lo que ha sucedido, aunque ahora declare ser su amigo, quizá vuelva a negarle otra vez. Y Pedro mide su debilidad, se da cuenta de sus limitaciones, de su pobreza radical. A pesar de todo, quiere a Jesús, porque es su amigo, porque es todo para él. No puede explicarlo, pero es así. Y se remite al conocimiento que Jesús tiene de él; el puede juzgar de la veracidad de sus palabras.
A este hombre que conoce ahora su valía -es decir, lo poco que vale para ser fiel a ese amor de Jesús- Jesús le va a confiar la dirección de su propia misión: extender el amor por el mundo.
"Apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas". Jesús le confía lo que más quiere en el mundo, porque Pedro ha hablado esta vez no únicamente por sí mismo, sino por el Espíritu que está en él. Jesús le pide que el amor que le tiene a el lo demuestre en la entrega sin límites a los demás. El Pedro de la espada y de la violencia, el Pedro de las disputas y de las ambiciones por el primer puesto, tenía que morir para convertirse en el Pedro del amor, de la renuncia y de la entrega a los hermanos.



12.- /Jn/21/01-14
El último capítulo del cuarto Evangelio se considera hoy como un apéndice, es decir, añadido posteriormente a la obra por un discípulo del autor. Pero, de hecho, se encuentra en todos los manuscritos más antiguos, excepto en uno siríaco. En cualquier caso, se trata de un fragmento en sintonía con la temática fundamental del evangelio, aunque resulta difícil de entenderlo plenamente sin recurrir a otros escritos del Nuevo Testamento. El texto de hoy reproduce dos escenas entrelazadas: una pesca milagrosa y una comida después de recoger los peces. El paralelo de la primera escena con el gesto milagroso de Jesús en Lc 5,1-11 hace pensar que se trata de la misma tradición fundamental, que luego se ha diversificado; esto permite al autor presentarla como una aparición de Jesús después de la resurrección (v 15). Por otra parte, el gesto de Jesús de tomar el pan y el pez y repartirlos ya lo conocemos por el capítulo 6 (la multiplicación de los panes y peces). De hecho, a la luz de este capítulo, la escena de hoy tiene necesariamente resonancias eucarísticas, aunque no sea ésta la finalidad del fragmento.
TRABAJO/PRESENCIA-J: Se ha visto en Jn 21,1-14 una presentación alegórica de la Iglesia: la barca, Pedro, los discípulos, el trabajo en equipo, los peces numerosos... Todos estos motivos presentan claras referencias a diversos lugares del NT en que se habla del trabajo de los misioneros y de la guía de Pedro. Por otra parte, el simbolismo no resulta extraño a este Evangelio. Ahora bien: suponiendo que se trata de un apéndice, ¿qué sentido tendría este fragmento en el conjunto de la obra joánica? ¿En qué pensaría el lector, de entrada, si leyera este fragmento a la luz de todo el Evangelio? Indudablemente, la presencia central de Jesús y su nueva forma de presencia (Jn 20) nos llevarían a definir esta escena como una escena de reconocimiento: «¡Es el Señor!» (7). La nueva forma de la presencia de Jesús no va por caminos de brillo y poder. Ni siquiera por caminos de situaciones extraordinarias. Más bien en el trabajo duro e infructuoso de cada día; en la tarea oscura y monótona también es posible encontrar al Señor. De esta forma, el apéndice da también respuesta a la pregunta central del evangelio: Y tú, ¿quién eres?
Oriol Tuñi, La Biblia día a día, Comentario Exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas, Ediciones Cristiandad.Madrid-1981.Pág. 890 S.