¡SETENTA VECES SIETE!
A Pedro le interesan mucho estos consejos sobre la
vida fraternal; había oído ciertas discusiones de los rabinos sobre el tema del
perdón: “¿A tu mujer?... Puedes perdonarla una vez… ¿A tu hermano? Debes
perdonarle hasta cinco veces”. ¿Qué es lo que piensan Jesús? ¿Cuántas veces
tendré que perdonar? ¿Siete veces? Siete veces, no; setenta veces siete. Ante
esta respuesta, una de las más locas de todo el evangelio, podemos encontrarnos
en este momento en un estado de drama o de inmensa calma. Drama: El Señor está
pidiéndonos un perdón muy difícil y todo se rebela en nosotros frente a esta
idea. Calma: nuestra vida es tranquila y esta exigencia de Jesús nos parece
fácil: desde luego, siempre habrá que perdonar. Miremos a nuestro alrededor.
¿Quién perdona? Incluso se piensa que perdonar sería dar más ánimos a los
imperdonables: “Anda, no te preocupes”. Obedecer a Jesús exige un cambio ya muy
conocido.
Jesús me invita al perdón inmediato, sean cuales
fueren mis heridas y mis rebeldías. Matamos en nosotros al evangelio y matamos
nuestra vi da
cuando contemporizamos, cuando pensamos que no estamos en estado de hacer lo
que Jesús nos pide. A nosotros nos toca permanecer ante la llamada suplicando a
Jesús: quiero, pero no puedo ¡Ayúdame! Si no tengo problemas, la exigencia de
Jesús es una buena medicina preventiva, me sumerge contra corriente de un mundo
orgulloso que rechaza el perdón. El orgullo sabe tan bien disfrazarse de honor,
de sentido común, de justicia, de legítima defensa, de procurar no favorecer
los malvados, que eso es lo primero que hay que eliminar: “Tú orgullo, no te
mezcles en esto”.
Con este aire más limpio se puede entonces
examinar la idea de que hay realmente perdones malos. Cuando acepto sonreír y
tender la mano porque eso me va bien, no perdono, sino que soy un astuto.
Cuando excuso a un tirano que aplasta a los débiles, no perdono, sino que tengo
miedo.
El evangelio nos ofrece un medio de cultivar en
nosotros la aptitud para una pronta reconciliación: situar nuestros perdones en
el perdón de Dios. No somos nunca el justo que otorga su clemencia a un
miserable pecador. Todos, él y nosotros somos perdonados, invitados a entrar en
una misma lógica del perdón. Es lo lógica del Padrenuestro: “Perdóname como se
perdona a un hijo, pues procuro ser tu hijo perdonando”. Afirmar: “Nunca negaré
a nadie el perdón” es decir: “Deseo seguir siendo de la familia de Dios”.
R.P. Roland Vicente Castro Juárez
ANTÍFONA DE ENTRADA Eclo 36, 15
Señor, da la paz a los que esperan en ti,
y saca veraces a tus profetas, escucha la súplica de tus siervos y de tu pueblo
Israel. Se dice el Gloria.
ORACIÓN COLECTA
Míranos, oh, Dios, creador y guía
de todas las cosas, y concédenos servirte de todo corazón, para que percibamos
el fruto de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo.
PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Eclesiástico 27, 30-28,7
Rencor e ira también son detestables, el
pecador los posee. El vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará
cuenta exacta de sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces,
tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados? Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién per-donará sus pecados?. Piensa en tu final y deja de odiar, acuérdate
de la corrupción y de la muerte y sé fiel a los mandamientos. Acuérdate de los
mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del
Altísimo y pasa por alto la ofensa.
SALMO RESPONSORIAL (Sal
102, 1-4.9-12)
El Señor es
compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser
a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. R.
Él perdona todas tus culpas y cura todas
tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de
ternura. R.
No está siempre acusando ni guarda rencor
perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras
culpas. R.
Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san
Pablo a los Romanos 14, 7-9
Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí
mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, si
morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos, ya muramos, somos del
Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y
vivos.
ACLAMACIÓN ANTES DEL
EVANGELIO Jn 13, 34
Aleluya. Les doy un
mandamiento nuevo-dice el Señor-: que se amen unos a otros, como yo los he
amado. Aleluya.
SANTO EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según
san Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús
le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que
perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete
veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el Reino de los
Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a
ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con
qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y
todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le
suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo". Se
compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Pero al salir, el criado aquel encontró a
uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo
estrangulaba diciendo: "Págame lo que me debes". El compañero,
arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: "Ten paciencia conmigo y te lo
pagaré", Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo
que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a
contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
"¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste
¿no debías tú también tener compasión de un compañero, como yo tuve compasión
de ti?". Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara
toda la deuda. Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial si cada cual no
perdona de corazón a su hermano».
ORACIÓN UNIVERSAL
Oremos a Dios, nuestro Padre, que
no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas, y
digámosle confiados:
1.- Para que nuestra Madre la Iglesia siga
siendo dispensadora de la misericordia de Dios en el mundo. Roguemos al
Señor.
2.- Por los gobiernos del mundo, para que
busquen el cese del odio y la venganza, promoviendo el perdón entre las
naciones. Roguemos al Señor.
3.- Por los más necesitados, para que en
Dios encuentren el horizonte de sus vidas y el consuelo para sus familias. Roguemos
al Señor.
4.- Por nosotros, para que sepamos vivir
en armonía y con la disponibilidad siempre de perdonar a quien nos ofende. Roguemos
al Señor.
Señor, Dios nuestro, compasivo y
misericordioso, escúchanos; que podamos decir con verdad, como el siervo de la
parábola, «ten paciencia con nosotros»; perdónanos, como también nosotros
perdonamos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
ORACIÓN SOBRE LAS
OFRENDAS
Sé propicio a nuestras súplicas,
Señor, y recibe complacido es-tas ofrendas de tus siervos, para que la oblación
que ofrece cada uno en honor de tu nombre sirva para la salvación de todos. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
ANTIFONA DE COMUNIÓN
Sal 35, 8
Qué inapreciable es tu misericordia, oh,
Dios. Los humanos se acogen a la sombra de tus alas.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA
COMUNIÓN
Te pedimos, Señor, que el fruto del
don del cielo penetre nuestros cuerpos y almas, para que sea su efecto, y no
nuestro sentimiento, el que prevalezca siempre en nosotros. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
PALABRA DE DIOS Y
SANTORAL DE CADA DÍA
Lunes 14: 1Co 11, 17-26.33;
Sal 39, 7-8ª.8b-9.10.17; Lc 7, 1-10
Martes 15: Hb 5, 7-9; Sal 30,
2-6. 15-16. 20; Jn 19, 25-27 (o bien Lc 2, 33-35)
Miércoles 16: 1Co 12, 31-13, 13;
Sal 32, 2-3. 4-5. 12 y 22; Lc 7, 31-35
Jueves 17: 1Co 15, 1-11; Sal 117, 1-28; Lc 7, 36-50
Viernes 18: Sb 7, 7-10. 15-16; (o bien: 1Co 1, 26-31); Sal 130,
1.2.3; Lc 12, 32-34
Sábado 19: 1Co 15, 35-37. 42-49; Sal 55, 10-14; Lc 8, 4-15
Domingo 20: Is 55, 6-9; Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18; Flp 1, 20c-27ª;
Mt 20, 1-16.
COMENTARIOS AL EVANGELIO
Mt 18, 21-35
1.-PERDON.
NO ES SOLO DEBER MORAL SINO EL ECO DE LA CONCIENCIA DE HABER SIDO PERDONADO.
El judaísmo ya conocía
el deber del perdón de las ofensas, pero todavía se trataba de una conquista
reciente que no conseguía imponerse más que por la composición de tarifas
precisas. Las escuelas rabinas exigían que sus discípulos perdonasen tantas o
tantas veces a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, etc.…, y estas tarifas
variaban según la escuela. Así se comprende que Pedro preguntase a Jesús cuál
era su tarifa, preocupado por saber si era tan severa como la de la escuela que
exigía perdonar siete veces a su hermano.
Jesús contesta a Pedro
con una parábola que libra al perdón de toda tarifa para hacer de él el signo
del perdón recibido de Dios. (...). Es la característica del perdón cristiano:
se perdona como se ha sido perdonado, uno se apiada de su compañero porque se
han apiadado de él (vv. 17 y 33; Os 6. 6; Mt 9. 13; 12. 7).
El perdón ya no es
únicamente un deber moral con tarifa, como en el judaísmo, sino el eco de la
conciencia de haber sido perdonado. Así llega a ser una especie de virtud
teologal que prolonga para el provecho del otro el perdón dado por Dios (Col 3.
13; Mt 6. 14-15; 2 Co 5. 18-20). (...).
La Eucaristía dominical
tiene una evidente dimensión penitencial: en ella proclama y ejerce la Iglesia
el perdón de Dios, puesto que no es otra cosa que la asamblea de los pecadores
pendientes de la iniciativa misericordiosa de Dios. Pero la fraternidad de los
cristianos eucaristiados y perdonados no es real y significante para el mundo
sino en la medida en que colaboran efectivamente en las empresas humanas del
perdón, de manera especial en la edificación de la paz.
MAERTENS-FRISQUE - NUEVA
GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VII - MAROVA MADRID 1969. Pág.66 y 67
2.- GRATUIDAD/MDA: LA TRADICIÓN BÍBLICA PRESENTA A
UN DIOS QUE AMA A UN PUEBLO QUE NO SE LO MERECE.
Quizá la característica
más expresiva que tiene esta misericordia de Dios, manifestada no sólo en su
perdón al mal uso de nuestra libertad, sino en toda su relación con nosotros,
es la imposibilidad de poder ser pagada de alguna manera por el hombre. Es
auténtico amor a fondo perdido. Dios nada gana con querernos.
La tradición bíblica
presenta a un Dios que ama a un pueblo que no se lo merece ni por su grandeza
cultural, ni por su poderío político, ni por su fidelidad religiosa, ni por
ningún otro valor antecedente. Es un Dios loco de amor por su pueblo. No existe
otra razón. A nosotros se nos invita a actuar en esta dirección de gratuidad,
amando a los enemigos o invitando a quien no nos puede invitar.
Comerciar con el amor y
la relación humana "también lo hacen los publicanos y fariseos".
(...) La seguridad del amor de Dios como gracia inmerecida e impagable aparta
de nosotros todo escrúpulo legalista y potencia nuestra decisión de entrega más
allá de cualquier norma establecida.
En una sociedad
utilitarista competitiva y comercial la gratuidad resulta de difícil
comprensión. El creyente se ve también afectado e incluso contagiado por este
entorno que lo rodea. La búsqueda de influencias sociales, el cultivo
interesado de las "relaciones públicas" el estar a bien con quien nos
puede valer, el hacer favores para poderlos cobrar son tentaciones de cada día.
Desde el utilitarismo habitual, preguntarse para qué me puede servir o perdonar
a quien no me puede pagar en la misma moneda suele ser un interrogante que
brota de forma espontánea.
La referencia a un Dios
que se nos da como pura gracia, de manera gratuita, ha de servirnos no sólo
para organizar evangélicamente nuestro corazón, sino también para purificar las
acciones de nuestra comunidad y no confundir el proselitismo con el verdadero
servicio.
EUCARISTÍA 1987/44
3.- A-DEO/A-H. NOSOTROS CREEMOS Y VIVIMOS COMO SI FUERAN DOS
RELACIONES DISTINTAS. LO CONTRARIO ES LA VERDAD: AMBAS RELACIONES NO
CONSTITUYEN MAS QUE UNA: /Mt/25/31-46.
Esta parábola está
construida sobre una doble relación. La relación del siervo con el rey y la de
los siervos entre sí. El siervo malo debía de pensar que estas dos relaciones
son distintas, que su comportamiento para con los demás siervos no tendría importancia
por lo que hace a su relación con el rey. Lo contrario es la verdad: ambas
relaciones no constituyen más que una. Si el rey está dispuesto a comportarse
en relación a los siervos exactamente lo mismo que ellos se comportan entre sí,
es que, en definitiva, hay un único juego de relación, único aun siendo
complejo, de los hombres entre sí y de los hombres con Dios.
Los hombres no pueden
negar el perdón a los demás porque a todos y cada uno Dios les ha perdonado
muchísimo más. Y además, esos mismos hombres no pueden ignorar que su actitud
en lo referente a sus hermanos compromete su propia situación ante Dios. Si su
relación con el prójimo es vivida bajo el signo de la maldad, no hay razón para
que su propia relación con Dios se viva de otra manera; pero entonces son ellos
las víctimas.
LOUIS MONLOUBOU - LEER
Y PREDICAR EL EVANGELIO DE MATEO - EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág. 234
4.- Texto: Continúa con
la temática del perdón introducida el domingo pasado. Pedro, la piedra-cimiento
del edificio comunitario, pregunta por los límites del perdón de las ofensas
entre hermanos. Preguntar es propio del discípulo, deseoso de aprender. En un
claro indicio del carácter didáctico de su evangelio, Mateo prodiga las
preguntas de los discípulos, y en concreto de Pedro, al Maestro.
- La pregunta y la
respuesta barajan las mismas cifras que baraja Génesis 4, 24 para hablar de la
venganza como base de actuación: "Si la venganza de Caín valía por siete,
la de Lamec valdrá por setenta y siete". Las cifras barajadas convierten
el perdón en la base de actuación superadora de la venganza. El sentido de la
respuesta es que no se pueden poner límites al perdón: hay que hacerlo siempre.
-La respuesta tiene un
desarrollo gráfico en la parábola posterior. No se trata de una parábola pura,
pues el versículo final ofrece la explicación: Lo mismo hará mi Padre celestial
con aquel de vosotros que no perdona de corazón a su hermano (v. 35).
-Partiendo de esta
explicación nos encontramos con la siguiente equiparación dinámica: aquél de
vosotros que no perdona a su hermano se comporta igual que el empleado incapaz
de perdonar una pequeña deuda a un compañero suyo, después de que a él le han
perdonado una enorme deuda. El perdonado no sabe perdonar; los perdonados por
Dios no saben perdonar al hermano.
-En el conjunto del
texto la parábola aporta, pues, un elemento nuevo a la respuesta inicial dada
por Pedro. El discípulo de Jesús no debe poner límites al perdón, porque él
sabe con creces lo que significa ser perdonado. El discípulo de Jesús tiene
motivo para perdonar. El motivo es el perdón que Dios le otorga a él.
Comentario: El único
comentario adecuado a este texto es su puesta en práctica. Pero ¡atención!
-La venganza de la que
se habla en el Génesis 4, 24 era el instrumento jurídico del que se servían las
sociedades primitivas para regular la conducta en casos de lesión o perjuicio.
La venganza trataba de evitar y cortar excesos a la hora de exigir compensaciones
por el daño sufrido. Su concreción era la ley del talión: ojo por ojo, diente
por diente. Es decir, por un ojo, un ojo y no los dos; por un diente, un diente
y no los demás.
-El perdón del que se
habla en este texto es la renuncia incluso a la compensación justa por daños y
perjuicios.
-Vistas, así las cosas,
resulta cada vez más claro lo tantas veces escrito en estos comentarios: ser
discípulo de Jesús es ser diferente, pues equivale a poner en marcha la utopía.
-El discípulo tiene una
buena razón para poder hacerlo pues se sabe perdonado por Dios y vive desde la
experiencia de ese perdón. El discípulo se sabe envuelto en gracia. Por eso, lo
que brota del discípulo nunca serán exigencias, sino donación, perdón y gracia.
A. BENITO - DABAR
1990/46
5.- El perdón es una
misión de la Iglesia. Esta podría ser la conclusión de la parábola de este
evangelio. Pedro, como tantas otras veces dentro del evangelio de Mateo, se
dirige a Jesús formulándole una cuestión referente al perdón del hermano. El
tema sigue al que empezó el domingo anterior: "Si tu hermano peca..."
(v. 15). Pedro lo plantea todavía dentro de una óptica típicamente de
casuística judía aferrada fuertemente al legalismo. La generosidad de la ley es
grande, pero tiene un límite. Perdonando "siete veces" Pedro pensó
probablemente haber dado un paso decisivo hacia las exigentes metas propuestas
por Jesús. La respuesta de Jesús hunde las medidas calculadas por una visión
legalista.
La parábola que sigue,
propia también de san Mateo, no hace más que insistir en el punto central de
reflexión propuesto por la primera lectura en términos de perdón y cantado en
el versículo aleluyático en términos de amor: "que os améis mutuamente
como yo os he amado" (Jn 13, 34).
No hay que perder el
sentido global del evangelio dentro del marco de este capítulo 18, porque es
muy importante. Dentro de la Iglesia el pecado sigue siendo una realidad con la
que hay que contar. Jesús y el evangelista son realistas. Luego, si el objeto
del plan de Dios es que nadie se pierda, son inútiles todos los escándalos y el
"parece imposible". Estas son actitudes farisaicas, sobre todo porque
denotan no haber asimilado todavía que la deuda que nunca puede llegar a
pagarse es la que todo hombre tiene para con Dios. En este sentido, la perícopa
resalta la importancia que tiene el perdón entre los hermanos que forman la
comunidad; los "pequeños", empleando la terminología del evangelista.
Sin esta firme voluntad de acoger, de proteger, de salvar lo que quizá pueda
perderse, la iglesia, cualquier iglesia, corre siempre el riesgo de la propia
destrucción.
ANTON RAMON SASTRE - MISA
DOMINICAL 1978/16
6.- La primera parte
del discurso (18,1-14) nos ha demostrado con claridad que en la comunidad
cristiana existen aún rivalidades, escándalos y pecados. ¿Cómo conducirse
frente a todo esto? La actitud fundamental que hay que adoptar es el perdón sin
límites, porque únicamente el perdón sin límites ("No hasta siete veces,
sino hasta setenta veces siete") se parece al perdón de Dios. La parábola
(18,23-25) -todo es inverosímil en esta parábola, pero justamente por ello está
claro su significado- enseña que el perdón de Dios es el motivo y la medida del
perdón fraterno.
Debemos perdonar a los
otros porque sería inconcebible retener para sí un don inmenso gratuitamente
recibido. Debemos perdonar sin medida, porque Dios nos ha hecho objeto de un
perdón sin medida.
Del sentido de la
gratuidad del don de Dios es de donde nace el perdón. El versículo final de la
parábola (18,35) considera el amor fraterno como una condición para obtener el
perdón de Dios.
El amor dispone al
hombre al perdón. La idea está indudablemente presente; además, se la afirma
también en otros pasajes del evangelio (cfr. /Lc/07/47). Mas no es ésta la
perspectiva más profunda. El perdón fraterno es más bien consecuencia del
perdón de Dios, no respuesta; es someterse completamente a la acción
misericordiosa de Dios de suerte que pueda desarrollarse en toda su vitalidad y
difundirse. En este sentido, perdonar a los hermanos es signo de la plenitud de
la eficacia del perdón de Dios ya recibido. De hecho, el contraste entre los
dos cuadros de la parábola no tiene como fin principal hacer ver la diversidad
del comportamiento divino para con el hombre que sabe perdonar y para con el
hombre incapaz de perdonar. Intenta más bien hacer ver lo digno que es de
condena el siervo que no perdona cuando él ha sido primero objeto del perdón
divino. El siervo es condenado porque retiene el perdón para sí y no permite
que su perdón se convierta en alegría y perdón también para los hermanos. Es
preciso, por el contrario, imitar el comportamiento de Dios (Mt 5,43-48).
BRUNO MAGGIONI - EL
RELATO DE MATEO - EDIC. PAULINAS/MADRID 1982.Pág. 193
7.- PERDÓN/TALIÓN:
Primitivamente, una
ofensa merecía una venganza "setenta veces siete" mayor (Gn 4. 24).
La ley del talión (Ex 21. 24) redujo la tarifa a la medida de la falta. Sólo
con posterioridad se descubre la noción del perdón. Y Pedro pregunta por los límites
(la constante tentación de la ley) de este perdón. Para Jesús se ha de perdonar
a los demás indefinidamente, porque todos hemos de tener conciencia de haber
sido, nosotros mismos, perdonados sin medida por Dios: así proclamamos la Buena
Nueva del perdón de Dios.
MISA DOMINICAL 1990/06
DOMINGO
24 DEL TIEMPO ORDINARIO
-1-
El perdón cambiaría el mundo
Un
aspecto importante en la vida de toda comunidad, familiar, eclesial o social,
es el saber perdonar. Si el domingo pasado Jesús nos enseñaba cómo corregir al
hermano que falta, hoy nos dice que, en todo caso, debemos saber perdonar. Es
una de las consignas más difíciles que nos ha dejado Jesús a sus seguidores:
más exigente que los diez mandamientos del AT.
Es
un mensaje que ya anticipa, como suele suceder en los domingos del Tiempo
Ordinario, la lectura del AT. Se podría decir que con estas lecturas pasa lo
que sucede con un álbum de fotos, en que a veces situamos en paralelo dos
imágenes de la misma persona en dos etapas de su vida, o una misma situación en
diversos lugares.
Del
mismo modo, el libro de Ben Sira nos invita ya a saber perdonar al hermano,
cosa que Jesús nos enseñará todavía con mayor énfasis. El perdón no es un valor
que abunde mucho en este mundo. Se habla mucho de justicia, pero de perdón, no.
Sirácida
27,33 - 28,9. Perdona la ofensa de tu prójimo y
se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.
El
libro del Sirácida -el libro de "Jesús, hijo de Sira"-, que antes se
solía llamar "Eclesiástico", fue escrito casi dos siglos antes de
Cristo. Entre la serie de reflexiones sapienciales que incluye, nos propone hoy
una "ecuación" significativa: si uno no perdona al hermano, ¿cómo
puede esperar que a él le perdone Dios? La cólera y el rencor son malos
consejeros. La confianza en el perdón de Dios tiene que ir acompañada con
nuestro perdón al hermano: "perdona la ofensa a tu prójimo y se te
perdonarán los pecados cuando lo pidas", "no te enojes con tu
prójimo... perdona el error". La medida que uno use con los demás será la
que Dios use con él.
El
salmo es uno de los más repetidos en esta selección de cantos de meditación,
el que describe con entusiasmo la bondad y la misericordia infinita de Dios:
"el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia". Y sigue retratando la actitud bondadosa de Dios: "él
perdona todas tus culpas... te colma de gracia y de ternura... no está siempre
acusando ni guarda rencor perpetuo...".
Romanos
14, 7-9. En la vida y en la muerte somos del
Señor
Hoy
leemos por última vez la carta de Pablo a los Romanos, que nos ha acompañado
durante dieciséis domingos. En el pasaje de hoy, Pablo quiere que sus lectores
sepan distinguir entre lo que es importante y lo que no. Lo principal es
nuestra unión con Cristo Jesús. Todo lo demás es relativo. Es breve la lectura,
pero sustanciosa por demás: "si vivimos, vivimos para el Señor... si
morimos, morimos para el Señor". Los que por el Bautismo hemos sido
incorporados al Resucitado, le pertenecemos, "en la vida y en la muerte
somos del Señor". Para Pablo siempre es Cristo el punto de referencia.
Mateo
18, 21-35. No te digo que le perdones siete
veces, sino hasta setenta veces siete
En
la vida de la comunidad, sobre la que Mateo ha reunido en el capítulo 18
algunas de las consignas prácticas de Jesús, hay que saber perdonar.
Pedro
interviene con una pregunta: ¿tengo que perdonar hasta siete veces? La
respuesta de Jesús es sorprendente: ¡setenta veces siete! A continuación, Jesús
cuenta la parábola del funcionario que es perdonado y a su vez no es capaz de
perdonar. Una parábola que sólo Mateo nos trae en su evangelio. Los diez mil
talentos parecen ser una cantidad enorme. Mientras que los cien denarios, una
más asequible. En comparación, los diez mil denarios, dicen los entendidos que
equivaldrían a unos sesenta millones -de denarios. La diferencia es
abismal y, por tanto, la lección de la parábola más expresiva.
El
rey revoca el perdón anterior y exige el pago de toda la deuda al funcionario.
Jesús nos avisa: "si cada cual no perdona de corazón a su hermano".
Pertenecemos a Cristo Jesús
Es
una convicción que Pablo ha ido desgranando a lo largo de la carta a los
Romanos, y en otras: desde el Bautismo estamos insertados –injertados en
Cristo, participamos de su vida, de su Espíritu. Todo en nosotros tiene sentido
si lo miramos desde Cristo: la vida y la muerte.
Si
creyéramos esto de veras, tendrían signo distinto todas nuestras actitudes:
nuestra relación con Dios en la oración filial (como hermanos de Cristo, el
Hijo mayor), nuestra caridad para los demás (a todos nos une Jesús), nuestra
visión de los acontecimientos pasados y futuros (la resurrección de Cristo da
luz a toda la historia).
De
este pasaje de Pablo está tomado uno de los cantos que mejor expresan el
sentido cristiano y pascual de las exequias: "si vivimos, vivimos para
Dios; si morimos, morimos para Dios; en la vida y en la muerte somos de
Dios".
Dios es un Dios que perdona
Nosotros
tenemos un corazón mezquino, "lento para el perdón y siempre dispuesto al
rencor y la cólera", podríamos decir afirmando lo contrario que el salmo
dice de Dios.
Dios
sí tiene un corazón misericordioso y perdonador. El salmo nos lo describe como
el que siempre perdona, cura, rescata, colma de felicidad, que no está siempre
acusando... Valdría la pena que hoy, cada uno personalmente, leyéramos
-rezáramos- este salmo 102 entero, después de la comunión o en otro momento de
pausa: es un hermoso himno a la misericordia de Dios.
Cristo
Jesús, que es el sacramento y la imagen perfecta de Dios Padre, también nos da,
no sólo la enseñanza, sino también el mejor ejemplo del saber perdonar.
Describe a Dios como el pastor que recupera y perdona a la oveja descarriada, o
como el padre que acoge y perdona al hijo pródigo. Pero, además, él mismo,
Jesús, actúa con un corazón lleno de misericordia: perdona con delicadeza a la
mujer pecadora, muere en la cruz perdonando a sus verdugos, después de
resucitado perdona a sus discípulos (come y bebe con ellos), y en concreto a
Pedro.
Esta
convicción del amor misericordioso de Dios, manifestado en Jesús, nos tiene que
infundir confianza en nuestros momentos de debilidad. Tenemos un Dios que
perdona. El sacramento de la Reconciliación deberíamos considerarlo como el
sacramento gozoso en que nuestra humilde confesión se encuentra con el perdón
paterno de Dios, como en la parábola del hijo pródigo.
Nosotros, ¿sabemos perdonar?
Pero
ese perdón de Dios, y de Cristo, debe tener otra consecuencia: deberíamos ser
capaces también nosotros de perdonar, igual que perdona Dios. No sólo que no
nos venguemos, sino que perdonemos. Es la característica que Cristo quiere que
tengan sus_ discípulos: "si saludas sólo al que te saluda, ¿qué haces de
extraordinario? Tú saluda también al que no te saluda". "En esto
conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros". Y uno de
los aspectos más expresivos del amor es el perdón.
Pedro, al formular su pregunta, tal vez creía proponer un número
exagerado. Si los rabinos parece que tenían el número cuatro como el tope,
Pedro pone el techo,_ el colmo de la generosidad, en el siete. Número que no
hay que tomar aritméticamente, sino en el sentido de "muchas veces".
Pero Jesús le corrige claramente: hay que saber perdonar setenta veces
siete, que equivale a "siempre". No es cuestión de números y
contabilidad, sino de cambio de mentalidad. No tenemos que llevar cuenta de las
ofensas que nos hacen, o que creemos que nos hacen, ni de las veces que hemos
perdonado mostrándonos magnánimos. Dios tampoco lleva contabilidad de las veces
que nos perdona. Precisamente Pedro fue objeto de uno de los gestos de perdón
más famosos por parte de Jesús, que le rehabilitó ante los demás después de la
resurrección.
También a nosotros nos puede reprochar Jesús, como el rey al empleado
intransigente: "¿no debías tú también tener compasión de tu compañero,
como yo tuve compasión de ti?". Tendremos que superar la "ley del
talión" (ojo por ojo y diente por diente) o la de "el
que la hace, la paga". Además, a veces "perdonamos", pero no
"olvidamos". Lo que quiere Dios es una "amnistía": el
perdón y el olvido. Como dice el salmo: "como dista el oriente del ocaso,
así aleja Dios de nosotros nuestros delitos"
Tenemos muchas ocasiones, en la vida de familia y de comunidad, en las
relaciones sociales y laborales, de imitar o no esta actitud de Dios. Envidias,
celos, olvidos voluntarios o no, palabras hirientes, o que a nosotros nos
parecen hirientes e intencionadas, abandono en los momentos en que
necesitábamos ayuda, y no digamos ya casos de "violencia doméstica" o
"violencia de género", que son los más sangrientos, pero que se
pueden considerar como las puntas de iceberg de otras situaciones más
cotidianas también muy ingratas.
¿Tenemos
un corazón magnánimo, fácil en perdonar? Si el hijo pródigo, al volver a casa,
se hubiera encontrado con nosotros, en vez de encontrarse con su padre,
¿hubiera terminado igual la historia? ¿O actuamos como los fariseos, que se
creían santos, y como el hermano mayor, que no aceptaba que se perdonase tan
fácilmente a su hermano? ¿Somos capaces de hacer fácil la rehabilitación de los
que han faltado, como hizo Jesús con Pedro después de su gran fallo?, ¿o
estamos continuamente echando en cara los fallos a los demás?
El que se sabe perdonado, perdona más fácilmente
El
motivo de saber perdonar a los demás no es sólo la actitud de civilización o
filantropía, o el interés de tratar bien a los demás ("hoy por ti y mañana
por mí"). El motivo fundamental es el que ofrece Pablo a los Colosenses:
"sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra
otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo".
Igual
que los cristianos somos unas personas "evangelizadas" (a las que se
les ha anunciado la Buena Noticia y están imbuidas de ella) y así se sienten
más invitadas a ser "evangelizadoras" de los demás, así también los
que se saben "perdonados" por Dios (por ejemplo, en el sacramento de
la Reconciliación) están mejor dispuestos a "perdonar" a los demás.
Porque se reconocen personas débiles y frágiles y así no tienen la tentación de
perdonar como si hicieran limosna o como un signo de magnanimidad, "con
aires de perdonavidas", sino con naturalidad, pensando en las veces que
nos ha perdonado a nosotros Dios, y seguramente también en las veces que nos
han tenido que perdonar los que conviven con nosotros, sin hacérnoslo notar
demasiado. Uno que ha experimentado en sí mismo la fragilidad está mejor
preparado para ser misericordioso.
Todos
sabemos que perdonar es difícil. No sólo cuando miramos a las grandes
injusticias sociopolíticas entre los pueblos o las etnias -casos de genocidio,
o de torturas masivas o de guerras totalmente injustas- sino también en nuestra
vida cotidiana, con los que tenemos más cerca en nuestra vida de familia o
comunidad o trabajo. Cuando nos sentimos ofendidos, nos vienen en seguida a la
mente argumentos para no perdonar tan fácilmente: motivos de justicia o de
escarmiento pedagógico.
También
a nosotros nos puede parecer, como a Pedro, que perdonar siete veces es el
colmo de la generosidad. Cristo nos enseña algo mucho más radical: perdonar
siempre. Además, tenemos la tendencia a damos fácilmente por ofendidos, porque
interpretamos todo desde nuestro egoísmo. A Pedro se le ocurrió la pregunta:
"si mi hermano me ofende...". Tal vez no le pasó por la mente que él,
Pedro, también podría ofender al hermano.
¡Cómo
cambiaría la sociedad, y la familia, y la comunidad religiosa o eclesial, si
perdonáramos y rompiéramos así la espiral de las venganzas! Haríamos bien en
recordar una vez más una de las bienaventuranzas del sermón de la montaña:
"bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia".
Una oración "peligrosa": el Padrenuestro
Cuando
celebramos la Eucaristía, la empezamos con un acto de humildad, pidiendo a Dios
que nos perdone y nos purifique: entonamos el "mea culpa" y el
"Señor, ten piedad". Es un buen modo de dar inicio a nuestra
celebración.
Pero,
unos momentos antes de acudir a la comunión, recitamos el Padrenuestro, la
oración que nos enseñó Jesús. En esta oración hay una petición
"peligrosa", porque le decimos a Dios que nos trate como nosotros
tratamos a los demás: "perdónanos nuestras ofensas (en arameo,
"deudas" equivale a "ofensas") como nosotros perdonamos a
los que nos ofenden". Algunos saltarían con gusto estas palabras del
Padrenuestro (algún músico ya lo ha hecho), porque son comprometedoras.
Podemos
recordar lo que dice el Sirácida: "perdona la ofensa a tu prójimo y se te
perdonarán los pecados cuando lo pidas". También lo que comentó Jesús al
terminar de enseñarnos el Padrenuestro: "si vosotros perdonáis a los
hombres sus ofensas, os perdonará también- a vosotros vuestro Padre
celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará
vuestras ofensas" (Mt 6,14-15).
También
nos damos la paz con los más cercanos, como símbolo de que queremos estar
reconciliados con todas las personas en la vida. ¿Cómo podemos acercarnos a la
mesa común del Señor, con nuestros hermanos, si no estamos en actitud de
reconciliación con ellos, si les guardamos rencor? El Sirácida lo decía ya:
"¿cómo puede uno guardar rencor a otro y no tener compasión de su
semejante y pedir perdón de sus pecados?". Son las dos lecciones de hoy,
plásticamente traducidas en el momento culminante de la Eucaristía: nos
alegramos del perdón de Dios y manifestamos nuestro propósito de imitar su
corazón misericordioso, perdonando también nosotros a los demás. Decir "amén"
a Cristo, por ejemplo, en la Eucaristía, supone decir también "amén"
al prójimo en la vida, y perdonarle, cuando sea el caso.
PROPUESTA DE CANTOS XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO 2026
(13 DE SETIEMBRE)
TEMA: NO TE DIGO QUE PERDONES HASTA SIETE VECES,
SINO HASTA SETENTA VECES SIETE”
01.- ALEGRIA DE VIVIR (Manuel de Terry)
CANTANDO LA ALEGRÍA DE VIVIR,
LLEGUEMOS A LA CASA DEL SEÑOR;
MARCHANDO TODOS JUNTOS COMO HERMANOS,
ANDEMOS LOS CAMINOS HACIA DIOS.
Venid entremos todos dando gracias;
venid, cantemos todos al Señor,
gritemos a la Roca que nos salva,
cantemos la alabanza a nuestro Dios.
La paz del Señor sea con vosotros:
la paz que llena sola el corazón,
la paz de estar unidos como hermanos,
la paz que nos promete nuestro Dios.
Entremos por las puertas dando gracias,
podamos al Señor también perdón,
perdón por nuestra falta a los
hermanos,
perdón por nuestro pobre corazón.
Sabed que Dios nos hizo y somos suyos;
sabed que el Señor es nuestro Dios.
Nosotros somos pueblo y las ovejas,
ovejas del rebaño del Señor.
02.- UNIDOS EN LA FIESTA (Joaquín Madurga)
Unidos en la fiesta,
la alegría se hace canción.
Unidos en la fe,
la alegría se hace oración.
Cantaremos al Señor
aleluyas con himnos y salmos,
porque grande es el amor
que en nosotros por siempre mostró.
CANTAD, (CANTAD)
CANTAD, (CANTAD)
CANTAD. (CANTAD)
Cantaremos la bondad
del Señor que nos sienta a su mesa,
y nos llama a comulgar
como hermanos su vino y su pan.
Nuestras voces cantarán
el amor de su misericordia,
porque sabe perdonar
y nos llena de eterna bondad.
Cantaremos al Señor
aleluyas al son de instrumentos
y será nuestra canción
la alabanza que ensalza su amor.
03.- SEÑOR, MIRAME (Brotes de Olivo)
Dios espera en el altar, vamos todos
hasta él,
llevemos nuestras sonrisas, la
inquietud, nuestra hambre y nuestra sed.
Dios, sobre todo, es amor, quiere
nuestra salvación,
que juntos nos salvemos para ir de la
mano hasta Dios.
Al entrar en la casa de Dios, libre de
rencores he de entrar,
llevar el alma tranquila y pensar que
al salir más he de amar.
Ése es Cristo, ese es Dios; ése es
Cristo, nuestro Dios. (BIS)
Vengo a tu altar porque tengo sed de
ti, porque tu mirar a mi alma da la fe.
Mírame, Señor, no dejes de mirar y mi
alma contigo irá, se salvará.
04.- ESTE ES EL MOMENTO (Marco López)
Este es el momento de alegrar la mesa
Con el vino y con el pan
Que consagraremos y que ofreceremos
Y que hemos de comulgar.
Este es el momento de llegar confiados
A la mesa del altar
Porque tu palabra dignifícadora
Nos acaba de llamar.
Padre de Jesús bendice lo que te
ofrecemos hoy
Y que al preparar tu mesa
Se renueve el gozo de saber tu amor
(bis)
Pan de nuestras vidas pan de nuestras
manos Pan de nuestra
juventud Pan que te entregamos juntos
como hermanos En
señal de gratitud
Vino de la tierra bueno y generoso Vino
que ofrecemos hoy
Lleva nuestras luchas lleva nuestras
penas Lleva nuestra sed de
Amor
05.- ACEPTA SEÑOR EL VINO Y EL PAN (Joaquín Madurga)
ACEPTA SEÑOR EL VINO Y EL PAN
CON ELLOS TRAEMOS TU OFRENDA A TU
ALTAR.
1.- Sobre tu altar Señor va nuestra
ofrenda
el abrazo sincero al hermano
perdonándonos nuestras ofensas.
2.- Sobre el Altar, Señor, va nuestra
ofrenda:
trabajar por un mundo más justo de
igualdad
y concordia fraterna.
3.- Sobre el Altar, Señor, va nuestra
ofrenda:
convertir nuestra vida pasada
al mensaje de tu Buena Nueva.
06.- NADIE TE AMA COMO YO (Martin Valverde)
Cuánto he esperado este momento
Cuánto he esperado que estuvieras así
Cuánto he esperado que me hablaras
Cuánto he esperado que vinieras a mí
Yo sé bien lo que has vivido
Sé bien por qué has llorado
Yo sé bien lo que has sufrido
Pues de Tu lado no me he ido
Pues nadie Te ama como yo
Pues nadie Te ama como yo
Mira la cruz
Esa es mi más grande prueba
Nadie Te ama como yo
Pues nadie Te ama como yo
Pues nadie Te ama como yo
Mira la cruz
Fue por Ti, fue porque Te amo
Nadie Te ama como yo
Yo sé bien lo que me dices
Aunque a veces no me hables
Sé bien lo que en Ti sientes
Aunque nunca lo compartes
A Tu lado, he caminado
Junto a Ti, yo siempre he ido
Aún, a veces, Te he cargado
Yo he sido Tu mejor amigo
Pues nadie Te ama como yo
Pues nadie Te ama como yo
Mira la cruz
Esa es mi más grande prueba
Nadie Te ama como yo
Pues nadie Te ama como yo
Pues nadie Te ama como yo
Mira la cruz
Fue por Ti, fue porque Te amo
Nadie Te ama, no
Nadie Te ama, ni Te amará
Nadie Te ama como yo
Como yo
Como yo
Como yo
Como yo
07.- OH BUEN JESUS
¡Oh, buen Jesús! yo creo firmemente
que por mi bien estás en el Altar,
que das tu Cuerpo y Sangre juntamente,
al alma fiel en celestial manjar,
al alma fiel en celestial manjar.
Indigno soy, confieso avergonzado,
de recibir la Santa Comunión.
Jesús, que ves mi nada y mi pecado,
prepara Tú mi pobre corazón,
prepara Tú mi pobre corazón.
Dulce maná y celestial comida,
gozo y salud de quien Te come bien.
Ven sin tardar, mi Dios, mi luz, mi
vida,
desciende a mí, hasta mi pecho ven,
desciende a mí, hasta mi pecho ven.
08.- SEÑOR NO SOY DIGNO (J.A. Espinoza)
SEÑOR NO SOY DIGNO
DE QUE ENTRES EN MI CASA
PERO UNA PALABRA TUYA
BASTARÁ PARA SANARME.
1.- Eres el Pan de Vida
a todos das la paz;
quien come de tu carne
por siempre vivirá.
2.- Somos el nuevo pueblo
que Cristo congregó,
vivamos siempre unidos
testigos del amor.
3.- Vamos por esta vida
buscando la verdad
la paz y la justicia
un mundo que vendrá.
09.- SI ME FALTA EL AMOR
1.- Aunque yo dominara las lenguas
arcanas
y el lenguaje del cielo supiera
expresar,
solamente sería una hueca campana
si me falta el amor.
SI ME FALTA EL AMOR
NO ME SIRVE DE NADA
SI ME FALTA EL AMOR
NADA SOY (BIS TODO)
2.- Aunque todos mis bienes dejase a
los pobres
y mi cuerpo en el fuego quisiera
inmolar,
todo aquello sería una inútil hazaña
sí me falta el amor.
3.- Aunque yo desvelase los grandes
misterios
y mi fe las montañas pudiera mover,
no tendría valor, no me sirve de nada
sí me falta el amor.
10.- MADRE NUESTRA (Francisco Palazón)
Madre nuestra que en medio de la noche
diste al mundo la luz del redentor
danos hoy otra vez al esperado
que andamos como ovejas sin pastor.
Aquel a quien adoran el sol y las
estrellas
el que viste las flores y amansa el
fiero mar
El Dios que a todos ama con toda su
grandeza
al seno de una virgen bajó para
habitar.
María se llamaba mujer era del pueblo
y cerrando los ojos un Sí rotundo dio
en esa hermana nuestra el que hizo
tierra y cielos
El Dios omnipotente un día se encarnó.
11.- MARIA, MADRE BUENA (Kairoi)
Tantas cosas en la vida,
nos ofrecen plenitud;
y no son más que mentiras
que desgastan la inquietud.
Tú has llenado mi existencia
al quererme de verdad,
yo quisiera Madre buena
amarte más.
En silencio escuchabas
las palabras de Jesús,
y lo hacías pan de vida
meditando en tu interior.
La semilla que ha caído
ya germina y está en flor.
Con el corazón en fiesta cantaré:
AVE MARÍA. AVE MARÍA. AVE MARÍA. AVE
MARÍA
Desde que yo era muy niño
has estado junto a mí
y guiado de tu mano
aprendí a decir "sí".
Al calor de la esperanza,
nunca se enfrió mi fe,
y en la noche más oscura,
fuiste luz.
No me dejes Madre mía,
ven conmigo a caminar.
Quiero compartir mi vida
y crear fraternidad;
tantas cosas en nosotros
son el fruto de tu amor,
la plegaria más sencilla cantaré: