jueves, 10 de marzo de 2016

LECTURAS Y COMENTARIO V DOMINGO DE CUARESMA CICLO C - 13 MARZO 2016

¿TIRAR LA PRIMERA PIEDRA?



ORACION COLECTA

Te rogamos, Señor Dios nuestro que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de Isaías 43,16-21

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes; caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?. Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.

SALMO RESPONSORIAL (125)

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares. R.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres. R.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb. 
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares. R.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3,8-14

Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 8,1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.».

PLEGARIA UNIVERSAL

Señor, venimos a tu presencia acosados por una u otra acusación que se hace contra nosotros. Esperamos como la adultera, escuchar de tu boca: ¿Nadie te ha condenado?. Yo tampoco. Anda y no peques más”. A cada invocación, respondemos: Que tu misericordia nos salve, Señor.

1.-  Por la Iglesia; para que el comportamiento de Jesús la lleve a vivir su enseñanza con un compromiso de vida autentico. Que tu misericordia nos salve, Señor.

2.-  Por el Papa Francisco, para que el Espíritu Santo lo ilumine y fortalezca en este momento tan especial para la Iglesia, para que con el conjunto de los Obispos atienda por completo las necesidades de la Iglesia. Que tu misericordia nos salve, Señor.

3.-  Por los que se sienten acosados, discriminados, blanco de tantos lanzadores de piedras; para que reconozcan a Jesús como a aquel que siempre dispersas a esa gente despiadada, mostrándoles la grandeza de su corazón.  Que tu misericordia nos salve, Señor.

4.-  Por todos los que sufren cualquier tipo de adversidad,  para que encuentren en su camino no a personas siempre listas a lanzarles piedras, sino a personas generosas y valientes, siempre dispuestas a ayudarles a superar sus problemas. Que tu misericordia nos salve, Señor.

Señor, aquí nos hemos juntado la miseria y la misericordia, como dice San Agustín, concédenos la gracia de ir remodelando nuestro corazón para ese cambio que esperas de cada uno de nosotros. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Escúchanos, Dios todopoderoso tu que nos has iniciado en la fe cristiana y purifícanos por la acción de este sacrificio. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Te pedimos Dios todopoderoso que nos cuentes siempre entre los miembros de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre hemos comulgado. Por Jesucristo nuestro Señor.

COMENTARIO

Jesús está hablando tranquilamente, como suele hacerlo cuando tiene ante él a un grupo de corazones sencillos que le escuchan en silencio fascinados por su palabra. Los escribas y fariseos rompen esta paz y con unas pocas palabras logran suscitar un huracán: odio a Jesús, desprecio por aquella mujer a la que han sorprendido en adulterio y ni siquiera dirigen la palabra. ¿Acaso vale la pena? La tiran a tierra como si fuera un objeto; sólo les sirve para tender una trampa al joven maestro: ¡que escoja entre la bondad y la ley!. Silencio de Jesús. Se inclina, traza maquinalmente unos rasgos en el suelo, reflexiona, interioriza, obliga a los demás a interiorizar.  Para él, todo tiene importancia; aquella mujer, aquellos hombres, la ley. Respeta la ley, pero no la ve como algo estático que inmovilice los pensamientos y los corazones. No se trata de elegir entre la bondad y la ley; eso es un falso problema. Jesús se pregunta cómo, a partir de la ley, podría cambiar un poco aquellos corazones endurecidos; desea ponerlos en movimiento. Dice una palabra y el silencio cambia. Silencio pesado en el que cada uno se encara consigo mismo. Recuerda la ley: “El testigo debe ser el primero en tirar la piedra”. Pero recuerda además el espíritu de la ley. Está hecha para extirpar el pecado, el del otro... ¡y el nuestro! “¿Quién eres tú, el que quiere luchar contra el pecado? ¿No tienes tú pecados?”. Y se van. La mujer queda libre pero no huye.  Aquel rabino le abre abre un mundo nuevo. Se siente muy lejos de su miedo, del odio de los demás, del conflicto que siempre nace entre ella y los hombres. Nunca había sido así: interior, pacífica, pura, porque adivina muy bien que está ante la pureza infinita. Él es sin pecado. Podría aplastarla o desecharla con desprecio o con disgusto. Inexplicablemente ella se siente amada, como nunca lo había sido, por alguien que la acepta tal como es, pero queriéndola mejor, seguro de que puede ser mejor. Diálogo pudoroso que deja intacto el silencio. Ella comprende que con él hay que escuchar. “No te condeno. Vete, pero no peques más”. Todo está dicho. Ni la ley, ni las conveniencias sociales, ni el miedo pueden hacerla cambiar como aquella voz a la vez tan firme y tan buena. No cabe complicidad con el pecado. “No peques más”. Pero un amor tan grande la crea de nuevo. Podemos mirar a Jesús en este momento para aprender de él a condenar con claridad un pecado sin aplastar al culpable, dándole por el contrario todo tipo de oportunidades, recreándolo. Pero no hemos de ponernos demasiado pronto en el sitio de Jesús. Somos nosotros esa acusada y con frecuencia somos también los acusadores. Dejemos que el silencio de Jesús nos penetre para recibir sus palabras de juez que nos ama: “Tú querías condenar el pecado y ahora estás mirando tu corazón. No te condeno, pero quiero que salgas de ahí. No peque más”, dejarse cambiar, no por la ley o la moral o el miedo, sino por el amor de Jesús.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 14: Dn. 13, 1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Jn. 8, 12-20.
Martes 15: Num.  21, 4-9;  Sal  101;  Jn.  8, 21-30.
Miércoles 16: Dn. 3, 14-20.91-92.95; Dn. 3, 52-56; Jn. 8, 31-42.
Jueves17:   Gn.   17, 3-9;  Sal  104;  Jn.  8,  51-59.
Viernes 18: Jr. 20,   10-13;  Sal 17;  Jn.  10, 31-42.
Sábado 19 : Sm. 7, 4-5.12-14.16; Sal 88; Rm. 4, 13.16-18; Mt. 1, 16.18-21.24ª.

Domingo20:  Is. 50, 4-7; Sal 21; Fl. 2, 6-11; Lc. 22, 14-23, 56.


COMENTARIOS AL EVANGELIO
Jn 8, 1-11

1. A/LEY
Confrontación judicial entre Jesús y la autoridad religiosa judía. Jesús testimonia en favor de un orden basado en el amor; la autoridad judía, en favor de un orden viejo basado en la ley.
En el evangelio de hoy, Juan nos ofrece un caso de este doble testimonio. Los letrados y fariseos actúan desde la ley (Lv. 20, 10; Dt. 22, 22). Su testimonio es orgulloso, prepotente; exhiben al reo (la mujer) como una presa de su buen hacer moral, e incluso se permiten servirse de ella para hacer otra presa (Jesús). Dilema: Si Jesús perdona, va contra la ley; si aprueba la condena de muerte, contra la autoridad romana (porque desde el año 30 las condenas a muerte dependen del gobernador romano).
Jesús testimonia desde un orden nuevo. Es curioso el hecho de que muchos códices omitan el episodio de la adúltera; sin duda la indulgencia de Jesús le debió parecer excesiva. Y tal vez muchos de nosotros seamos del mismo parecer. Los v. 6 al 11 son de una maestría y belleza fuera de serie.
Jesús testimonia desde un orden nuevo, hecho de respeto, de delicadeza, de comprensión, de amor. Jesús quiere superar todo régimen legal. Más adelante dirá: "Vuestros juicios siguen normas humanas; yo no llevo a nadie a juicio" (Jn 8, 15). Sólo desde esa instancia superadora del legalismo cobran sentido y adquieren efectividad las últimas palabras: "Anda, y en adelante no peques más".
EUCARISTÍA 1989, 12



2.- El lenguaje y el estilo del presente pasaje no es ciertamente nada característico del Evangelio según san Juan. Por otra parte, algunos manuscritos antiguos presentan esta narración después del capítulo XXI, v. 38, del evangelio de San Lucas. Muchos exégetas se inclinan a pensar que nuestro texto ha sido introducido en el Evangelio según San Juan a partir del evangelio de san Lucas. En esta narración aparece cuál es la actitud personal de Jesús ante el pecador. Jesús no ha venido a condenar sino a salvar (cf. 3, 17; Lc. 19, 10). Además, Jesús compromete a los hombres para que no se erijan a sí mismos en jueces contra nadie y consideren su propio pecado personal.
La escena tiene lugar en el Templo, por la mañana. Allí está Jesús sentado en el suelo y rodeado de un puñado de discípulo, enseñando al pueblo. El tribunal juzgaba habitualmente en el ámbito del templo. Algunos fariseos y escribas observan a Jesús que está también allí. Ellos saben muy bien cómo Jesús trata a los pecadores, ellos se han escandalizado de su conducta y han criticado que se siente a comer con los publicanos. Estos escribas y fariseos comprenden que no deben dejar escapar la ocasión para comprometer al maestro delante del pueblo. Entienden que Jesús no va a ser capaz de condenar a la mujer adúltera ya que va a poder más su misericordia que el peso de la ley de Moisés. Esperan acusar a Jesús de desacato a la ley ante el Sanedrín. Así que, ni cortos ni perezosos, llevan a la mujer adúltera y la ponen en medio del corro acusándola ante Jesús y todos los presentes.
Escribas y fariseos citan la pena señalada por la Ley contra las mujeres sorprendidas en adulterio. El Dt 22, 23 s. condena a la mujer desposada que haya cometido adulterio con un extraño en su propio pueblo a que sea lapidada; el Lv. 20, 10 condena tanto al hombre como a la mujer adúltera a la pena de muerte; Ez. 16, 38. 40, presupone que todos los adúlteros deben ser condenado a muerte por lapidación. Los rabinos introdujeron más tarde algunas mitigaciones al respecto, pero no parece que esto sucediera ya en los tiempos de Cristo.
Jesús, sentado en el suelo, según costumbre, puede escribir perfectamente en el polvo. No se trata de qué escribiera, pues se trata más bien de un gesto para mostrar su desinterés y el deseo de que lo dejen en paz. Sin embargo, ante la insistencia de los acusadores, Jesús se levanta, pero no para condenar a la mujer adúltera sino para denunciar la mala fe de estos escribas y fariseos que no querían otra cosa que comprometer a Jesús ante la opinión pública y ante el Sanedrín. Jesús no critica la dureza de la ley establecida, ni afirma que sólo puedan dictar sentencia justa unos jueces inocentes. Jesús denuncia, eso sí, que estos escribas y fariseos no son jueces legítimos y tan sólo acusadores de la mala fe, hombres que se tienen a sí mismos por justos y se erigen en jueces de los demás. Según el Dt. 17, 7, los testigos del crimen deben ser los primeros en arrojar la primera piedra contra el reo. Jesús se encara con sus enemigos y les dice que comience a tirar la primera piedra el que de ellos se encuentre sin pecado. La palabra de Jesús y su actitud contra estos hipócritas produjo el efecto deseado. Jesús se sentó de nuevo, mientras sus enemigos se marchaban corridos. Cuando todos se habían ido y quedó Jesús con sus discípulos y la mujer en medio del corro. Jesús se levantó de nuevo para pronunciar ahora una palabra de misericordia. No disculpa ciertamente la acción que ha cometido esta mujer, pero hace valer para ella la gracia y no el rigor de la justicia.
EUCARISTÍA 1986, 13



3.- Contexto. Jesús se encuentra en Jerusalén. Es la tercera vez que el autor del cuarto Evangelio sitúa a Jesús en esta ciudad con ocasión de una gran fiesta judía. La ocasión, sin embargo, queda relegada a un segundo plano y sólo le sirve al autor como trasfondo para realzar a Jesús. Quien tenga sed, que se acerque a mí; quien crea en mí, que beba. Su persona es una incógnita para la gente. Según unos, es bueno; según otros, desorienta, induce a error, suplanta a Moisés y a la ley por él promulgada. Texto. Una primera indicación breve sitúa a Jesús en una de las explanadas del templo, enseñando a la gente que acudía a él. En el cuarto Evangelio acudir a Jesús presupone haber roto con otros centros y personas. La indicación sirve de telón de fondo a todo lo que sigue. El primer plano escénico lo ocupa una mujer adúltera traída por los letrados y los fariseos, pero el primer plano argumental lo acapara una pregunta, formulada por esos mismos letrados y fariseos; Moisés nos manda en la ley apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices? La pregunta apunta a una disyuntiva: o Moisés o Jesús. De ahí su carácter comprometedor.
Moisés era vivenciado como la esencia misma de lo judío; el promulgador de la Ley de Dios, Ley a su vez del Estado. Suplantar a Moisés era echar abajo la obra misma de Dios. El que de vosotros esté sin pecado, que le tire la primera piedra. Estas palabras relegan el plano argumental a segundo término y devuelven al plano escénico su preeminencia. Estando como están, flanqueadas por sendos silencios de un Jesús escribiendo en el suelo, la frase es de las que impactan. Va dirigida a los letrados y a los fariseos, es decir, a los intérpretes de la Ley de Dios y a los celosos cumplidores de la misma, respectivamente. Ellos y la adúltera son los importantes, no la Ley de Dios.
El final es sencillamente fascinante. Lo mejor es que lo releas de la pluma de su autor. Intérpretes y cumplidores de la Ley reconocen que también ellos son pecadores. Ellos y la adúltera necesitan cambiar. Pero de momento Jesús ha conseguido que una adúltera no sea condenada por otros pecadores. Comentario. El texto es perfectamente inteligible en clave de hijo mayor e hijo menor de la parábola de Lucas del domingo pasado. Tanto uno como otro tienen algo en que cambiar, los que cumplen la Ley de Dios y los que no la cumplen. Más aún, los que la cumplen no tienen ningún derecho a recriminar ni a condenar a los que no la cumplen. El hermano mayor del texto de hoy tiene algo que no aparecía en el mayor del domingo pasado: el reconocimiento de su propio pecado. Este reconocimiento le desarma en su agresividad contra otros pecadores.
El texto de Juan plantea además otra problemática en torno al puesto y papel de la Ley en la vida cristiana. No es éste el lugar para extenderse en esta problemática. Pero sí hay que afirmar con toda claridad que no debe ni puede ser la Ley la instancia suprema del cristiano CR/LEY: . La persona y el comportamiento de Jesús quitan a la ley toda pretensión de preeminencia. Gracias a un texto como el de hoy sabemos con absoluta certeza que la obra de Dios no pasa por la mediación de la Ley hecha código. Cuando esto sucede es cuando se gestan los hermanos mayores con toda su carga de intransigencia y de displicencia.
DABAR 1989, 17



4.- Comentario. Moisés es mucho más que una figura histórica de prestigio; encarna la razón y el ser mismo de lo judío. Entre los sabios judíos existían profundas discrepancias en materia de interpretación de la Ley de Moisés, pero jamás uno de ellos osaba equipararse a Moisés. ¡Pues es precisamente esto lo que a Jesús se le propone! No se le pregunta: tal rabino dice esto; tú ¿que dices? Se le pregunta: Moisés dice esto; tú, ¿qué dices? O Moisés o Jesús. Lo que se plantea es una disyuntiva que afecta a la esencia misma de lo judío. Ello explica el carácter comprometedor de la disyuntiva, ya que de la respuesta podía derivarse un motivo cierto y válido de acusación ante el Sanedrín o Tribunal Supremo. Sin duda, esta disyuntiva confiere gravedad a los silencios de Jesús. Y, sin embargo, a través del gesto de escribir en tierra, el autor ha logrado convertir esos silencios en una maravillosa escuela de fantasía, a base de invitar a cada uno a un ejercicio de propia introspección. En lenguaje de los evangelios sinópticos, este ejercicio llevaría el nombre de conversión, a la que Lucas nos ha invitado también en los dos domingos anteriores, a todos, pero muy especialmente al hijo mayor, es decir, a los "buenos". Los mismos que hoy traen a la adúltera (hijo menor). Ella, por supuesto, ha actuado mal. De ahí la invitación que Jesús le hace a no pecar en adelante. Sin embargo, no es ella el hijo problemático. Lo mismo que el domingo pasado, el problemático sigue siendo el mayor. Hoy entrevemos que su problema radica en la Ley y en su modo de vivirla. Tal vez por eso, el autor nos ha dado ya la solución al problema al comienzo mismo de la obra: La Ley se dio por medio de Moisés, la Gracia y la Verdad se han hecho realidad por medio de Jesús (/Jn/01/17).
Ley es una cosa; gracia y verdad son otra. Letrados y fariseos saben de lo primero; la adúltera sabe de la gracia y la verdad de Jesús. Este momento del relato es sencillamente fantástico. Todos se han ido. Quedan solos Jesús y la adúltera. La Ley manda apedrearla. Véase Levítico 20, 10 y Deuteronomio 22, 22. Toca, pues, a Jesús ejecutar la sentencia. Pero a cambio escuchamos: Tampoco yo te condeno. Algo maravilloso y más allá de la Ley acaba de acontecer. Es a lo que Juan se refiere cuando habla de gracia y de verdad.
ALBERTO BENITO
DABAR 1986, 19



5.- Comentario. Con el dato del v. 2 el autor expresa el cambio de situación operado. Es una indicación crítica: lo nuevo frente a lo viejo, el vino frente al agua, la gracia frente a la ley. Acudiendo a Jesús, la gente opta por lo nuevo, por el vino, por la gracia, dejando lo viejo, el agua, la ley. Y es precisamente este último punto, el de la ley, lo que el texto va a abordar. Un asunto de capital importancia en todo cuerpo social. Letrados y fariseos representan la ley legítimamente establecida; defienden la ley; piden que se cumpla. Lo que en última instancia piden a Jesús es que se pronuncie sobre la ley: ¿Debe o no existir un cuerpo legal, un código de leyes? Este es el fondo de la cuestión y por ello mismo se trata de un reto, de una prueba. Una auténtica y real prueba. ¿Qué piensa Jesús del código?.
Querido lector: hay que ser claros. Jesús se ausenta, es decir, no está por el código. ¡Qué maravilloso e indecible es el gesto de Jesús escribiendo en tierra! No encuentro otro comentario mejor que estas palabras del mismo Jesús en el evangelio de Mateo: "venid a mí todos los que estáis rendidos y agobiados. Yo os aliviaré el peso. Cargad con mi yugo y aprended de mí. Soy sencillo y humilde. Encontraréis alivio, pues mi yugo es soportable y mi carga ligera" (/Mt/11/28-30). Esto sí que es aire fresco y gracia. Un código puede conseguir que una adúltera muera; sólo un Jesús puede conseguir que una adúltera empiece a vivir: "Vete, y desde ahora no peques más".
DABAR 1983, 20



6.- La cuestión de la mujer sorprendida en adulterio ponía a Jesús en un verdadero aprieto. En caso de adulterio, el marido ponía la demanda de divorcio, que era concedido automáticamente. El adulterio propiamente dicho sólo se daba cuando un hombre casado tenía relaciones sexuales con una mujer casada o prometida (en este sentido el noviazgo, equivalía al matrimonio). El casado sólo podía violar el matrimonio de otro, no el suyo propio. Porque la fidelidad conyugal absoluta sólo pesaba sobre la mujer que en virtud del contrato matrimonial pasaba a ser propiedad del varón. El precepto, por tanto, tendía sobre todo a proteger el derecho del casado a la propiedad exclusiva de la mujer. Sobre el adulterio pesaba la pena de muerte.
Hay que imaginarse la escena. "Jesús se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él y, sentándose, les enseñaba". Entonces un grupo de "letrados y fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, la colocan en medio del corro, y le dicen a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices? Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo". El evangelista advierte que se trata de un lazo, de una trampa. Esperaban enredar a Jesús en esa penosa materia y que diera una respuesta, siempre comprometedora, ante los doctores de la Ley. De mostrarse severo, se vería que su pretendida clemencia y hermandad no era más que mera apariencia; si, por el contrario, se mostraba indulgente, se ponía en contra de la Ley de Moisés y la cosa no encajaría con su piedad. Cualquier clase de respuesta es una trampa para Jesús. La pregunta insidiosa presenta semejanzas con el relato acerca de la moneda del tributo. Pero Jesús reacciona aquí con la misma grandeza soberana. "Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo". Esta es la primera reacción de Jesús a la pregunta que se le hace. Empieza por no dar respuesta alguna, dejando plantados a los interpelantes con la mujer, se inclina y escribe con el dedo en el suelo.
No es fácil la interpretación de tales gestos; pueden significar un desinterés por todo el asunto y también pueden tener un sentido simbólico, Algunos comentaristas piensan en estas palabras de Jeremías: (17, 13) "Tú, Señor, esperanza de Israel. Todos cuantos te abandonan serán destruidos. Quienes de ti se apartan serán escritos en tierra, por haber dejado al Señor, la fuente de agua viva" (según LXX).
Se trataría de una acción simbólica: en realidad, Dios tendría que escribir a todos los hombres en el polvo. Después se incorpora Jesús y pronuncia unas palabras que, sin duda se encuentran entre las más importantes y que, con razón, han alcanzado la categoría de una sentencia insuperable. "El que de vosotros esté sin pecado, que le tire la primera piedra". En la ejecución de una sentencia de muerte por lapidación los primeros testigos tenían también el derecho a tirar la primera piedra. Con ello asumían la plena responsabilidad de la ejecución capital. La afirmación indica que tal responsabilidad sólo podía asumirla quien se sabe personalmente libre de cualquier pecado y fallo. Sólo una persona por completo inocente podía tener derecho a declarar culpable y ejecutar a un semejante. Pero ¿quién es ese por completo inocente?
No hay ninguna palabra de Jesús que exprese de manera tan categórica la corrupción de todos los hombres por el mal. Es una palabra lapidaria con la claridad cortante de una verdad que penetra hasta lo más profundo. Jesús la lanza sin ningún otro comentario y vuelve a inclinarse para seguir escribiendo en el suelo. Y es esa palabra la que actúa, afectando a todos hasta lo más íntimo.
Y los acusadores van desapareciendo uno tras otro, siendo los más ancianos los que con su mayor experiencia de la vida empiezan por desfilar. Nada tienen que oponer a la palabra de Jesús y así se largan uno tras otro; incluso los más jóvenes, que todavía no conocen tan bien la vida ni a sí mismos, se sienten inseguros y desaparecen. Y quedan solos, la mujer, que estaba en el centro y Jesús: "sólo dos han quedado -dice S. Agustín- la miseria y la misericordia".
Ahora es cuando Jesús se encuentra realmente con la mujer, a la que mira cara a cara al templo que le pregunta "¿Nadie te ha condenado?" La mujer se encuentra frente a Jesús con su pobre humanidad, con su culpa y su vergüenza. "Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más". Jesús no quiere condenar, sino liberar, con su decisión asegura la vida a la mujer, dándole así un nuevo impulso vital, una nueva oportunidad. Cierto que Jesús no declara por bueno lo que la mujer ha hecho. Lo que Jesús desea es este nuevo comienzo para la mujer.
Esta historia pertenece a las cumbres más altas del evangelio, porque en ella se revela de una manera visible todo el sentido de la salvación que Jesús nos ofrece. No es como la que ofrece Juan el Bautista; para el Bautista, la conversión es la condición para recuperar la comunión con Dios, para volver a ingresar en la comunidad del pueblo de Dios. Jesús va al encuentro de los hombres y los acoge en la comunión divina, en el ámbito del amor de Dios que otorga vida y confía en que tal comportamiento, ese perdón de los pecados, pueda tocar al hombre en lo más íntimo, a fin de moverle de esa manera a la conversión.
El perdón de los pecados que Jesús otorga gratuitamente provoca la conversión; la conversión es la consecuencia del perdón, no su condición propia. Este es el nuevo orden -el Reino de Dios- que Dios hace presente en el mundo mediante la palabra y la vida de Jesús, su Hijo, un orden en el que Dios se manifiesta a los hombres fundamentalmente como el Dios del amor incondicional, lo cual se ve claramente en el perdón incondicional de los pecados, como el que Jesús práctica, El hombre vuelve a encontrarse a sí mismo, al saberse amado y acogido por Dios. Es una liberación de todas las presiones y miedos.



7.- Este fragmento presenta un problema de crítica textual. Se trata de una narración insertada en el evangelio de Juan de forma posterior: lo confirma el hecho de no encontrarse en ninguno de los textos griegos orientales importantes y que ningún comentarista griego lo conoce antes del 900. Sí, en cambio, era conocido desde antiguo en Occidente y san Jerónimo lo incluye en la Vulgata. Pese a este problema, es un texto canónico y sintoniza perfectamente con el modo de actuar de Jesús. Una hipótesis sobre el retraso en entrar en el texto evangélico sería el choque que produciría esta acción de Jesús comparada con la disciplina penitencial de la primera comunidad. También es preciso notar que la narración no tiene el estilo de los textos joánicos, sino que se parece más al estilo y al pensamiento del evangelio de Lucas. Incluso en algunos antiguos manuscritos se encuentra situado en este evangelio.
- "Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio": Traen a Jesús una mujer acusada de adulterio para que se defina sobre la conveniencia de aplicarle la pena capital prevista en la Ley de Moisés. No hay coincidencia al afirmar si el Sanedrín tenía en este momento competencias para ejecutar este tipo de sentencias. Propiamente el evangelio de Juan niega esta capacidad (18,31). Por eso la pregunta a Jesús es una trampa: si la absuelve va contra la Ley, si la condena se enfrenta con el poder romano; es un dilema idéntico al de la cuestión sobre el pago del tributo al César.
- "El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra ": Una primera impresión sería que Jesús se muestra indiferente ante el pecado: se entretiene dibujando en el suelo y da una respuesta que parece imposibilitar cualquier juicio humano. Es preciso, sin embargo, situar la actitud y las palabras de Jesús en relación con la motivación del dilema que se le presenta. La mujer, el pecado y la Ley están en manos de los fariseos como unos simples juguetes para poner en falso a Jesús. Por eso devuelve al pecado y a la Ley toda su fuerza para hacerlos recaer sobre los acusadores. Y a la mujer le devuelve la paz, con el perdón y un futuro nuevo: "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más". No excusa el pecado, pero perdona al pecador. Quizás el impacto de la narración lo podríamos resumir recordando el comentario de san Agustín: "Dos se encontraron, la miseria y la misericordia".
JOAN NASPLEDA
MISA DOMINICAL 1995, 4







jueves, 3 de marzo de 2016

LECTURAS Y COMENTARIO IV DOMINGO CUARESMA CICLO C - 6 MARZO 2016

PARÁBOLA DEL PADRE QUE TENÍA DOS HIJOS


 ORACION COLECTA

Señor, que reconcilias contigo a los hombres por tu Palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano ser apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de Josué 5,9a.10-12

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: «Hoy os he despojado del oprobio de Egipto.» .
Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

SALMO RESPONSORIAL (33)

Gusten y vean qué bueno es el Señor

Bendigo al Señor en todo momento,  su alabanza está siempre en mi boca;  mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamen conmigo la grandeza del Señor,  ensalcemos juntos su nombre.  Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. R.

Contémplenlo, y quedaran radiantes, mi rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5,17-21

El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo los exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-3.11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.».
Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna." El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." El padre le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."».

COMENTARIO

Dos situaciones paralelas configuran la introducción del texto. De una parte, los recaudadores y pecadores escuchando a Jesús; de otra, los fariseos y letrados criticando la condescendencia de Jesús. La parábola que sigue es la respuesta de Jesús a la crítica de los fariseos y letrados.
La parábola tipifica en dos hermanos las conductas de los dos grupos de la introducción.
De una parte, el hermano menor: símbolo representativo de los recaudadores y pecadores; de otra, el hermano mayor: símbolo de los fariseos y letrados. La parábola sigue a otras dos en las que se habla de la alegría de Dios por la conversión de los pecadores.
Este ordenamiento de las tres parábolas convierte, a su vez, al padre de la tercera es símbolo representativo de Dios. En su primera parte la parábola reproduce la conducta del hijo menor, desde su marcha de la casa paterna hasta su retorno a ella.
Pieza magistral de realismo y ternura. Ciclo sellado por la alegría festiva del reencuentro y cerrado en lo tocante al hijo menor. En su segunda parte la parábola reproduce la reacción negativa del hijo mayor y los esfuerzos del padre por convencerle a que se sume a la alegría festiva del   reencuentro   con  su  hermano.
Todo en esta segunda parte es tipo de las situaciones de la introducción. La alegría festiva es símbolo de la convivencia amigable de Jesús con los recaudadores y pecadores; la negativa del hijo mayor a tomar parte en la fiesta es símbolo de la crítica de los fariseos y letrados a la condescendencia de Jesús.
Esta parábola debería tener otro título, considerando al Padre que concilia a los dos hijos como: parábola del padre que tenía dos hijos. Hay en esta parábola una radiografía de los pecadores y los “buenos” El problema del texto no son los malos, sino los buenos. La radiografía del bueno la hace el bueno mismo en el v. 29: tantos años que te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya. Hay en esta radiografía una fina ironía por parte del autor. En el original griego el verbo "servir" pertenece al área semántica ser esclavo. Este es precisamente el punto negro del bueno: vivir como esclavo en vez de vivir como hijo. El bueno cumple a la perfección, pero desconoce lo que es estar con el padre. Hijo mío, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Con estas palabras completa el padre lo que le falta a la radiografía del bueno: la filiación, la libertad de hijo, la madurez. A fuerza de cumplir, el bueno se fabrica una coraza que le impide moverse.
Tan férrea y opaca es la coraza que sólo le permite ver el propio ombligo. Fuera de sí, el bueno no ve a nadie, ni siquiera al Padre al que paradójicamente dice servir. Pero el Padre sufre por el hijo esclavo. Un hijo así es una tragedia para sí mismo y para Dios, a la par que una desgracia para la convivencia con los demás, a quienes mira por encima del hombro con desdén y lástima.  Estos buenos son unos repelentes inaguantables. En el texto de hoy la conversión llama explícitamente a la puerta de los buenos.

PLEGARIA UNIVERSAL

Hoy Dios Padre nuestro, sentimos en nuestro interior el dolor de habernos alejado de Ti, y con la misma humildad y sencillez del hijo prodigo, te presentamos nuestras necesidades. Oremos diciendo: Dios, Padre nuestro, escúchanos.

1.-  Por los que dirigen las naciones, para que sean capaces de compartir entre ellos la responsabilidad de asegurar para todos los pueblo un futuro de paz y desarrollo integral. : Dios, Padre nuestro, escúchanos.

2.- Por los inmigrantes, los refugiados y todos aquellos que viven lejos de su tierra, para que encuentren  siempre una buena acogida en los pueblos de destino. Dios, Padre nuestro, escúchanos.

3.- Por los que viven alejados de ti, para que, imitando al hijo prodigo arrepentido, reconozcan su culpa y vuelvan a ti, Padre misericordioso.  Dios, Padre nuestro, escúchanos.

4.- Por los que nos preparamos ilusión a celebrar  la Pascua, para que aprovechemos este tiempo favorable, mejorando nuestro modo de encontrarnos contigo, nuestro Padre y con nuestros hermanos, todos hijos tuyos.  Dios, Padre nuestro, escúchanos.

Señor, tu pueblo camina siguiendo los pasos que tu marcaste primero. Atiéndenos y concédenos lo que confiados te pedimos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amen.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Al Ofrecerte, Señor, en la celebración gozosa de este domingo, los dones que nos traen la salvación, te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y a saber ofrecértelos por la salvación del mundo. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Señor, Dios, luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de ti, y aprendamos a amarte de todo corazón. Por Jesucristo nuestro Señor.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 7: Is. 65, 17-21; Sal 29; Jn. 4, 43-54.
Martes 8: Ez. 47, 1-9.12; Sal 45; Jn. 5, 1-3.5-16.
Miércoles 9: Is. 49, 8-15; Sal 144; Jn. 5, 17-30.
Jueves 9: Ex. 32, 7-14; Sal 105; Jn. 5, 13-47.
Viernes 10: Sab. 2, 1ª.12-22; Sal 33; Jn. 7, 1-2.10.25-30.
Sábado 11: Jr. 11, 18-20; Sal 7; Jn. 7, 40-53.
Domingo 12: Is. 43, 16-21; Sal 125; Jn. 8, 1-11.


COMENTARIOS AL EVANGELIO
Lc 15, 1-3. 11-32

Lucas dedica todo un capítulo a las parábolas de la misericordia: la oveja perdida (15, 4-7), el dracma perdido (15, 8-10), el hijo perdido (15, 11-32). Este capítulo pudo haber sido pensado como un midrash de Jer. 31. Encontramos, en efecto, en el texto del profeta la imagen de la concentración de las ovejas (Jer. 31, 10-12), la de la mujer que encuentra a sus hijos perdidos (Jer. 31, 15-16), y finalmente la imagen de Dios perdonando a su hijo preferido Efraim (Jer. 31, 18-20). Señalemos que el pasaje paralelo de Mt. 18, 8-14 añade un nuevo midrash a Jer. 31: el de los cojos y ciegos que entran en el Reino (Mt. 18, 8-10), como preveía Jer. 31, 8.
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Cabe pensar que la parábola del hijo pródigo hace alusión a Jer. 31, texto que debía de ser bien conocido de los primeros cristianos porque es el texto del Antiguo Testamento que mejor describe la Nueva Alianza (Jer. 31, 31-34). Muy bien puede haberse hecho en la parábolas de la misericordia un comentario de Jer. 31 preparando a las mentes para la inteligencia de la nueva alianza, basada en un amor a Dios más fuerte que el pecado.
Las motivaciones del arrepentimiento del hijo menor no son particularmente puras, y la conversión no se produce sino bajo la presión de necesidades vitales, lo que al menos tiene la ventaja de subrayar la magnitud de la gratuidad del perdón paterno.
Pero en el momento en que ese amor alcanza su culminación entra en escena el hermano mayor. Jeremías 31 se termina con la descripción de la reconciliación de Efraim y de Judá, dos tribus que estaban interesadas por la misma alianza y la misma abundancia (Jer. 31, 23-31). En la parábola, el padre de familia no tendrá la alegría de reconciliar a sus dos hijos en torno a su amor, en el banquete de la abundancia: el mayor, comido por la envidia, rechaza esa mezcla con el pecador de la misma forma que los escribas y los fariseos (Lc. 15, 1-3). El hermano mayor se comporta además con el mismo orgullo que el fariseo en el Templo (Lc. 18, 10-12), con el mismo desprecio hacia el otro (comparar "este hijo tuyo..." y "este publicano"). En cuanto al hijo menor, su oración se parece a la del publicano (cf. Lc. 18, 13). Por tanto, esta parábola, lo mismo que la del publicano y el fariseo, trata de justificar la benevolente acogida que Cristo dispensa a todo los hombres, incluso a los pecadores.
En segundo plano, el mayor aprende que no será amado por su Padre si, a su vez, no recibe al pecador; el padre amoroso espera que no se le limite en su misericordia. No es él quien excluye al mayor, sino que es este último quien se excluye a sí mismo porque no ama a su hermano (cf. /1Jn/04/20-21).
De esta forma, el amor gratuito de Dios elabora una nueva alianza que incita a la conversión y se sella en el banquete eucarístico, alianza en la que el derecho de primogenitura antiguo queda eliminado porque el amor de Dios se abre a todos.
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La parábola del hijo pródigo constituye una excelente iniciación al período de penitencia. Se precisa en primer término que los dos hijos son pecadores: así es la condición humana. Pero uno lo sabe y monta su actitud en función de ese conocimiento; el otro se niega a reconocerlo y no modifica en nada su vida. Dios viene para el uno y para el otro: sale al encuentro del más pequeño, pero también al encuentro del mayor (vv. 20 y 28); Dios viene para todos los hombres, para los pecadores que saben que lo son y para los que no lo saben; no viene solo para una categoría de hombres.
En el proceso penitencial del más pequeño se advierte en primer término la iniciativa humana; hablábamos más arriba de la "contrición imperfecta": el pequeño se convierte porque es desgraciado y porque, al fin de cuentas, el ambiente de la casa paterna vale mucho más que la porqueriza en que vive. Con esta contrición imperfecta (v. 16) procede a su examen-de-conciencia ("entrando en sí mismo"; v. 17) y prepara incluso el texto de la confesión que hará a su padre (vv. 17-19). Pero el descubrimiento esencial del penitente que se lanza por el camino de retorno a Dios es el advertir que Dios sale a su encuentro con una bondad tal que el penitente pierde el hilo conductor de su discurso de confesión (vv. 21-23). Los papeles se han cambiado: ya no es la contrición del penitente lo que cuenta y constituye lo esencial de la actitud penitencial, sino el amor de Dios y su perdón.
Pero son muchos los casos, desgraciadamente, en que el sacramento de la penitencia se desarrolla como si el perdón no fuese más que una correspondencia a una confesión y una actitud del hombre cuando es, ante todo, una actitud de Dios y una celebración de su amor re-creador. Y es también muy raro que el ministro del sacramento dé realmente la impresión de que encamina a alguien hacia la alegría del Padre.
MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA III
MAROVA MADRID 1969.Pág. 164 ss



Esta parábola del "padre bondadoso" sigue en parte la línea de las anteriores. Primeramente es una proclamación, un grito jubiloso: "¡Alegraos conmigo!". "¡Alegraos, porque he hallado lo que había perdido!". Dios, como el pastor o la mujer que barre su casa, no deja de buscar lo que es suyo (el padre salía todos los días a otear el horizonte). Y cuando lo encuentra, explota la alegría. Y quiere que todos se alegren con él. También los fariseos -que oyen de la boca de Jesús cómo es el amor del Padre con los pecadores y ven cómo busca a los hombres hasta encontrarlos- deberían dejar de murmurar envidiosos y reconocer con profunda satisfacción: "¡Este perdona los pecados!".
Pero no. El padre se encuentra -así la parábola- con que el hijo "fiel" no entiende que ha llegado la hora del júbilo; no puede comprender por qué su padre "ha tirado la casa por la ventana" cuando vuelve su hermano perdido. Es llamativo el peculiar alarde sobre su propia "fidelidad". Pero esa permanencia en la casa del padre no le había llevado aún a la confianza y a la alegría con él y en él, sino a una espera por recibir un buen sueldo de obrero. El padre le ruega, sin embargo, que se reconozca como hijo, y lo abraza, y le dice que "todo lo mío es tuyo". Y también que se reconozca hermano de ese "mi" hijo que es "tu" hermano, el que ha vuelto de las miserias extrañas a nosotros...
FIDELIDAD/DUREZA: Lo que sobrecoge en la parábola es el insondable amor del padre para con ambos hijos y la terrible (sin duda "típica") dureza del corazón del hijo que se distancia de ese padre porque no acepta a "ése", "ese tu hijo" que ha despilfarrado tu hacienda.
EUCARISTÍA 1989, 11



Lucas no se refiere a ninguna situación especial sino a lo que siempre sucedía: mientras los pecadores públicos y todos aquellos que no eran buenos a juicio de los fariseos y según la religiosidad oficial, se acercaban a Jesús, le escuchaban y se convertían al evangelio, los santones y maestros de Israel no hacían otra cosa que expiarle y criticar su conducta. Pero Jesús, acogiendo a los pecadores, no hacía otra cosa que manifestar el amor de Dios y su perdón misericordioso. La parábola del "hijo pródigo" es una réplica de Jesús a la murmuración de los fariseos.
La parábola, que debiera llamarse del "padre bondadoso", tiene también algunos rasgos simbólicos y sicológicos de gran interés.
Pero, como decíamos, lo principal es el insondable amor de Dios que se refleja en la conducta del padre.
P/LIBERTAD: El pecado es siempre un apartarse de Dios para convertirse a las criaturas, una opción por el mundo con menosprecio de Dios. No obstante, Dios deja en libertad al hombre para que haga su experiencia. No quiere tener hijos a la fuerza, deja que se vayan lejos. El pecado lleva al hombre al límite de su miseria. Pero entonces es posible que recapacite y vuelva a su casa. De ser así, el primer paso se da con el reconocimiento de la propia miseria. Dios espera siempre al hijo pródigo y le sale al encuentro con su gracia. Si se decide a volver, lo acogerá amorosamente, lo restablecerá en su dignidad perdida y lo colmará de bienes. Dejará a un lado la venganza y aun la mera justicia, no aceptará que viva en la casa como un jornalero. Celebrará su venida como una resurrección: "estaba muerto y ha revivido". Así es Dios.
El comportamiento del hermano es completamente distinto. Sirve para contraponer el amor de Dios a la conducta de los hombres, que no sabemos perdonar, porque no nos amamos como hermanos.
Porque tampoco nos comportamos como verdaderos hijos de Dios, sino sólo como servidores y esclavos. Es una crítica de Jesús a los fariseos que cumplen la ley a la perfección, al pie de la letra, pero que no han descubierto que la auténtica perfección de la ley es el amor. Para saber perdonar hace falta ser Dios o verdadero hijo de Dios, no basta con ser un cumplidor.
EUCARISTÍA 1986, 12



Entre el telón de fondo y la parábola del padre de los dos hijos hay otras dos parábolas en el texto de Lucas cuando habla Jesús del hombre que tenía dos hijos. Es Dios quien en silencio ve perderse a su hijo menor y quien lo acoge desbordante de alegría. Es Dios quien suplica a su hijo mayor y quien le manifiesta sus desvelos de padre. Jesús actúa como revelador de este Dios haciendo sus veces: acoge al hijo menor y come con él, suplica al hijo mayor que sea hermano de su hermano. La parábola termina con esta súplica a los fariseos y letrados. Estos conocen ahora que la razón por la que Jesús está gustoso en compañía de publicanos y pecadores es porque son hijos de Dios lo mismo que ellos. No tiene pues ningún sentido la descalificación y el desprecio entre hermanos. Tanto un hermano como otro tienen ciertamente algo en qué cambiar. Publicanos y pecadores ya lo han hecho; toca ahora a fariseos y letrados el hacerlo. Ellos son ahora el hijo problemático.
Comentario. El análisis del texto revela suficientemente lo incompleto, inconcluso e inexacto que resulta la habitual denominación parábola del hijo pródigo. Lo completo y exacto es hablar de parábola del padre que tenía dos hijos. El padre es quien da unidad a toda la historia, la figura central, la que aparece en las dos partes. El padre es el personaje auténticamente fascinante de la historia, una verdadera obra maestra. El es el personaje que de verdad ama y sufre. Nos hallamos probablemente ante la mejor página del Nuevo Testamento sobre Dios. Si queremos saber como es Dios, acudamos a esta parábola del padre que tenía dos hijos.
Lo que el domingo pasado estaba solamente implícito, hoy se hace explícito. Todos tenemos necesidad de conversión, los hijos menores y los hijos mayores, los malos y los buenos.
CUMPLIDOR/ESCLAVO: Lo que pasa es que los malos saben que lo son y cambian. El problema terminan por plantearlo los buenos, los que nunca desobedecen una orden de Dios. Una cuestión de matiz o de talante termina siendo una cuestión esencial: en vez de hijos terminan siendo esclavos intransigentes y pagados de sí mismos.
Hay, sin embargo, una cosa que queda muy clara en la historia que Jesús narra: que Dios no es un capataz de esclavos, sino un padre. Dios es fascinante a pesar de sus hijos mayores.
ALBERTO BENITO
DABAR 1989, 16



Comentario. Es de capital importancia no perder de vista el ensamblaje del conjunto: la parábola es la respuesta de Jesús a la crítica de letrados y fariseos por el hecho de juntarse a comer con pecadores. El conjunto es, pues, un diálogo entre fariseos y Jesús a propósito de las comidas de éste con pecadores. El centro de interés no son, pues, los pecadores sino los fariseos. Fruto de la estricta correspondencia de situación y personajes entre los vs. 1-2 y la parábola, el autor establece las siguientes equivalencias: pecadores del comienzo = hijo menor de la parábola (el malo; fariseos = hijo mayor (el bueno).
Insistir, como suele hacerse, en el hijo menor se estropear la parábola. La insistencia hay que hacerla en el hijo mayor. El es el verdadero problema. El hijo menor no es problema simple y llanamente porque reconoce su actuación de mal hijo y la supera. El problema está en el hijo mayor: no reconoce que también él es mal hijo. ¿Mal hijo? Sí, porque no actúa como hijo sino como esclavo: ve en el padre un amo a quien hay que servir, a quien no hay que desobedecer, a quien hay que estar siempre pidiendo permiso.
Sí, el hijo mayor también es mal hijo. Con el agravante de que ni quiere reconocerlo, ni, consiguientemente, supera su pecado. Por eso no se cierra la parábola sino que queda abierta: ¿Reconocerán los buenos su pecado y empezarán a dejar de ser esclavos para ser hijos, es decir, libres? Aquí está la cuestión.
Ahora entenderemos lo que decíamos el domingo pasado: Jesús no pide el cambio a los malos sino a los buenos. El hijo menor no necesita ser invitado a salir de su situación: él mismo sale.
Esta invitación sólo se hace al hijo mayor. ¡Qué genial es Jesús! Si seguimos llamando a esta parábola la parábola de la misericordia habrá que hacerlo a condición de fijarse más en el hijo mayor. De lo contrario la misericordia tiene el riesgo de convertirse en paternalismo y, lo que es más grave, la religión en una cuestión de moralidad.
DABAR 1983, 19



En la parte central del tercer evangelio hallamos el capítulo 15, el de "las parábolas de la misericordia", una auténtica obra maestra de la literatura cristiana.
La finalidad de estas parábolas (oveja perdida, dracma perdida, hijo pródigo) era contestar a los fariseos su crítica porque Jesús acogía a los pecadores.
De las tres parábolas, la de hoy, la del hijo pródigo, es la más conocida y la más rica en enseñanzas. Hace una descripción psicológica y teológica incomparable sobre el corazón del hombre y el corazón de Dios, sobre la realidad del pecado y de la gracia.
El hombre que se aleja de Dios y no encuentra sino desengaño, miseria y soledad. Pero este hombre no está del todo perdido.
Tiene capacidad de renovarse y de revivir. Dios no lo abandona, y sabe que puede volver si sabe humillarse. Y lo hace.
El padre lo espera, se conmueve, lo perdona y lo acepta no ya como siervo sino como el hijo de siempre, con la misma dignidad (traje, anillo, sandalias, fiesta). El perdón de Dios es absoluto, perdona y olvida totalmente; todo recomienza, todo se ve con ojos nuevos llenos de alegría.
Como contraste, el hijo mayor que representa la observancia exacta pero sin corazón, la obediencia farisaica que calcula y no ve los valores de la misericordia.
El tema más repetido de esta parábola es el de la alegría y la fiesta, y más aún que del hijo pródigo nos habla del padre bondadoso que inspira la conversión y la acepta plenamente.
J. M. VERNET
MISA DOMINICAL 1983, 6



-"Hijo... deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido...": Todo el dinamismo de la narración lleva hacia la situación conflictiva con el hermano mayor, que ilustra la actitud intransigente de los escribas y fariseos. El hijo mayor no sabe comprender que el amor del padre pasa por encima del pecado y no quiere participar en el banquete... En contraste, Jesús es el verdadero hijo mayor que sintoniza con el estilo del padre y participa del banquete en el que se reencuentra con los pecadores. Pero la parábola no se queda sólo en una ilustración del alcance y del significado del hacer de Jesús, sino que es también una interpelación a los oyentes, a los escribas y fariseos, y a todo el que al escucharla vea retratada su actuación. La interpelación es una invitación a reconocer en el hijo pequeño, al hermano. A reconocer en el pecador a tu propio hermano. Sólo desde este descubrimiento se puede sintonizar entonces con Jesús y con el plan de Dios.
JOAN NASPLEDA
MISA DOMINICAL 1989, 5



La parábola del hijo pródigo, aparte de ser una joya literaria, es un fogonazo de luz divina que nos descubre el corazón de Dios, o el nombre de Dios, que diría Moisés. Resulta que Dios se manifestaba en Jesús como excesivamente misericordioso, «acercándose a los publicanos» y «comiendo con los pecadores». Ante el escándalo de "los justos", les pinta este retrato de Dios, de los pecadores y de los justos.
No puede leerse sin emoción. Pensar que Dios es como el padre de la parábola -verdadero protagonista del cuadro-, es algo que nos rompe. ¡Abajo nuestras defensas y fuera nuestros miedos! Sólo nos quedan las lágrimas de la alegría y la emoción. Un padre que respeta la decisión alocada del hijo, que no duerme pensando en la suerte del hijo, que madruga todos los días esperando la vuelta del hijo, que cambia por traje nuevo y joyas los harapos del hijo, que no pide cuentas al hijo, que hace la fiesta más grande por la recuperación, por la resurrección del hijo... Verdaderamente, Dios no tiene, sino que es misericordia.
Y, por contraste, la estampa mezquina, cicatera, orgullosa, distante del hermano mayor. Es el auténtico fariseo, verdaderamente repugnante. ¡Qué miedo si Dios se pareciera, siquiera un poquito, a él!
CARITAS
UN DIOS PARA TU HERMANO
CUARESMA Y PASCUA 1992.Págs. 93



-"Ese acoge a los pecadores y come con ellos": La introducción del capítulo pone en evidencia el contexto de las parábolas que Jesús pronuncia. Jesús comiendo con los pecadores manifiesta, de una forma palpable y activa, la misericordia de Dios. La crítica de los fariseos a la actuación de Jesús es una crítica al estilo de actuar del mismo Dios. Las tres parábolas del capítulo: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo, pretenden dar una respuesta que ponga en evidencia el profundo contraste que hay entre la opción farisea y la opción de Dios.
-"Un hombre tenia dos hijos...": La parábola denominada del "hijo pródigo", que ha inspirado obras literarias y artísticas, ha sido también para algunos denominada la parábola de "los dos hijos"; pero el verdadero protagonista es el padre, que con su amor pasa por encima de la irreflexión del más joven y la mezquindad del mayor. Este amor del padre es el camino que vemos en la actuación de Jesús y que, a través de la parábola, nos indica que se trata de un amor que manifiesta el de Dios, que también es Padre.
-"Hijo... deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido...": Todo el dinamismo de la narración lleva hacia la situación conflictiva con el hermano mayor, que ilustra la actitud intransigente de los escribas y fariseos. El hijo mayor no sabe comprender que el amor del padre pasa por encima del pecado y no quiere participar en el banquete... En contraste, Jesús es el verdadero hijo mayor que sintoniza con el estilo del padre y participa del banquete en el que se reencuentra con los pecadores. Pero la parábola no se queda sólo en una ilustración del alcance y del significado del hacer de Jesús, sino que es también una interpelación a los oyentes, a los escribas y fariseos, y a todo el que al escucharla vea retratada su actuación. La interpelación es una invitación a reconocer en el hijo pequeño, al hermano. A reconocer en el pecador a tu propio hermano. Sólo desde este descubrimiento se puede sintonizar entonces con Jesús y con el plan de Dios.
JOAN NASPLEDA
MISA DOMINICAL 1995, 4