viernes, 5 de junio de 2026

LECTURAS Y COMENTARIO X DOMINGO T.O. CICLO A - 7 JUNIO 2026

NO HE VENIDO A LLAMAR A LOS JUSTOS, SINO A LOS PECADORES

Evangelio según san Mateo (9,9-13)

 

La compasión como eje del apostolado: Reflexiones de Mateo 9,9-13 - Hogar  Irma Fe Pol

 

COMENTARIO

 La vocación misma, y la rápida respuesta de Mateo -a quien Marcos y Lucas llaman Leví-, se narran en pocas palabras. En lo que se detiene el evangelio es en la comida que siguió, y en la que se sentaron a la mesa varios compañeros de oficio de Mateo, o sea, publicanos, recaudadores de impuestos. No es extraño que los fariseos se escandalizaran, ellos, que se consideraban "los justos": ¿cómo puede Jesús sentarse a la mesa con los "pecadores"?

La respuesta de Jesús es programática, como un resumen de todo su evangelio: ha venido a salvar a los pecadores, no a los justos. Como el médico está para los enfermos, y no para los sanos. Aquí es donde cita Jesús a Oseas: "misericordia quiero, y no sacrificios".

Mateo era publicano, un funcionario (en este caso probablemente secundario) que recaudaba impuestos al servicio de los romanos, o sea, de la potencia extranjera que en aquellos momentos ocupaba Palestina.

Seguramente en Cafarnaúm, lugar fronterizo, habría más oficinas de estos impuestos y tasas de aduanas que en otras poblaciones. Mateo estaba sentado en ese "mostrador" o "telonio", y respondió sin dudarlo a la llamada de Jesús.

Los publicanos eran mal vistos en la sociedad: por recaudar impuestos -que siempre resulta odioso-, por hacerlo para los romanos, y seguramente también porque ejercían ese oficio con poca honradez, enriqueciéndose indebidamente (basta recordar el episodio de Zaqueo, otro publicano con el que Jesús comparte mesa y que llegó a reconocer en la "sobremesa" que había estafado a diversas personas). No es raro que se les enumere frecuentemente junto con los "pecadores" y las "prostitutas".

Jesús no aprueba el pecado, ni las injusticias, ni las posibles trampas. Pero atiende a todos. Ha venido a salvar a todos, sobre todo a los pecadores. Precisamente porque los publicanos son "pecadores" en la opinión pública, así como las prostitutas, extrema Jesús para con estas personas su atención y su cercanía, buscando su salvación.

Una buena lección para nosotros, que tal vez perseguimos, sin darnos cuenta, una Iglesia "elitista" y perfecta.

Para Jesús la ley suprema es el amor. Lo que él más anuncia en su evangelio es el amor misericordioso de Dios, tanto con sus enseñanzas (baste recordar la parábola del hijo pródigo) como con sus obras (como en la escena de hoy). El amor desborda la ley, no en el sentido de que la suprime, sino en cuanto la llena de sentido y contenido.

R.P. Roland Vicente Castro Juárez

 

ANTÍFONA DE ENTRADA (Sal 26, 1-2)

El Señor es mi luz y mi salvación, a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Ellos, mis enemigos y adversarios, tropiezan y caen.

 

ORACIÓN COLECTA

Oh, Dios, fuente de todo bien, escucha a los que te invocamos, para que, inspirados por ti, consideremos lo que es justo y lo cumplamos según tu voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

PRIMERA LECTURA

Lectura de la Profecía de Oseas (6, 3b-6)

Procuremos conocer al Señor. Su manifestación es segura con la aurora. Vendrá como la lluvia, como la lluvia de primavera que empapa la tierra». ¿Qué haré de ti, Efraín, qué haré de t Juda? El amor de ustedes es como nube mañanera, como el rocío que al alba desaparece. Sobre una roca tallé mis mandamientos, los castigué por medios de los profetas con las palabras de mi boca. Mi juicio se manifestará como la luz. Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos.

 

SALMO RESPONSORIAL (Sal 49, 1.8.12-15)

 

R. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

 

El Dios de los dioses, el Señor, habla: convoca la tierra de oriente a occidente. «No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí». R.

 

Si tuviera hambre, no te lo diría; pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos?». R.

 

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria». R.

 

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 4, 18-25

 

Hermanos: Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Y, aunque se daba cuenta de que su cuerpo estaba ya medio muerto-tenía unos cien años y de que el seno de Sara era estéril, no vaciló en su fe. Todo lo contrario, ante la promesa divina no cedió a la incredulidad, sino que se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios, pues estaba persuadido de que Dios es capaz de hacer lo que promete; por lo cual le fue contado como justicia. Pero que le fue contados no está escrito solo por él también está escrito por nosotros, a quienes se nos contará nosotros, los que creemos en el que resucitó de entre los muertos a Jesucristo, nuestro Señor, el cual fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.

 

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Lc 4.8

Aleluya. El Señor me ha enviado a evangelizar a los pobresa proclamar a los cautivos la libertad. Aleluya.

 

SANTO EVANGELIO

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (9,9-13)

 

En aquel tiempo, Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sigueme». Él se levantó y lo siguió. Y estando en la casa, sentado a la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: «¿Cómo es que su maestro come con publicanos y pecadores?». Jesús lo oyó y dijo: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Anden, aprendan lo que significa "Misericordia quiero y no sacrificio": que no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

 

ORACIÓN UNIVERSAL

Hermanos, acudamos a Jesús, que vino a rescatar lo que estaba perdido y a curar a los enfermos, y oremos por la Iglesia y por la humanidad. Digamos: R. Escúchanos, esperamos en ti.

 

1.- Para que la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, sepa estar siempre al lado de los pobres, enfermos y necesitados, transmitiéndoles la fe y la esperanza en Dios. Oremos al Señor. R.

 

2.- Para que los cristianos no dudemos nunca de la presencia de Dios en medio de nosotros y proclamemos que Él es fiel y nos salva. Oremos al Señor. R.

 

3.- Para que los intelectuales, los empresarios, los gobernantes y todos los que tienen responsabilidades en nuestra sociedad, se esfuercen por conocer al Señor y obren según su corazón. Oremos al Señor. R.

 

4.- Para que, con generosidad, les jovenes sigan a fel y des que los gule y obre en sus vidas Oremos al Señor. R.

 

5. Para que el Señor manifieste su misericordia a los pecadores, su salvación a los que lo buscan y su gloria a todos los difuntos. Oremos al Señor. R.

 

6. Para que la gracia del Señor que se derrama en esta Eucaristía empape nuestros corazones de los mismos sentimientos de Cristo, y hagamos de la misericordia nuestro principio de vida. Oremos al Señor. R.

 

Señor Jesucristo, que hiciste de Mateo uno de tus apóstoles transformando su vida por la fuerza de tu Palabra mira com piedad nuestras oraciones, y haz que siguiéndote con prontitud nos dejemos transformar por tu amor. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.

 

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Mira complacido, Señor, nuestro humilde servicio, para que esta ofrenda sea grata a tus ojos y nos haga crecer en el amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

ANTIFONA DE COMUNIÓN (Sal 17,3)

Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mia

 

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Que tu acción medicinal, Señor, nos libere, misericordiosa mente, de nuestra maldad y nos conduzca hacia lo que es justo Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 8: 1R 17,1-6; Sal 120, 1-2, 3-4, 5-6. 7-8; Mt 5,1-12

Martes 9: 1R 17,7-16; Sal 4, 2-3. 4-5. 7-8; Mt 5,13-16

Se puede celebrar la memoria libre de San Efrén, diacono y doctor de la Iglesia (blanco).

Miércoles 10: 1R 18, 20-39; Sal 15, 1-2a. 4. 5 y 8. 11; Mt 5, 17-19

Jueves 11:  San Bernabé, apóstol (MO): Hch 11,21b-26; 13,1-3; Sal 97, 1. 2-3b. 3c-4. 5-6; Mt 10,7-13

Viernes 12: El Sagrado Corazón De Jesús (S): Dt 7,6-11; Sal 102, 1bc-2.3-4. 6-7. 8 y 10; 1Jn 4,7-16; Mt 11,25-30

Sábado 13: Inmaculado Corazón de María (MO): Is 61, 9-11; Sal: 1S 2, 1. 4-5.6-7.8abcd; Lc 2,41-51

Domingo 14:  Éx 19,2-6a; Sal 99, 1b-2. 3. 5; Rm 5,6-11; Mt 9,36-10,8

 

COMENTARIOS AL EVANGELIO

Mt 09, 09-13

Par: Mc 02, 13-17   Lc 05, 27-32

 

 

1.- Contexto. Mateo estructura gran parte de su evangelio de acuerdo a un ritmo binario: palabras y obras. Los dos domingos anteriores se enmarcaban dentro del bloque teórico (palabras); el de hoy se enmarca en el bloque práctico (obras).

Texto. Encuentro de Jesús con Mateo, invitación de Jesús a seguirle y aceptación por parte de Mateo (v. 9). Esto sirve de razón ocasional de una comida de Jesús y sus discípulos con publicanos y pecadores (v. 10). Esta comida desencadena una crítica de los fariseos (v. 11) y una contrarréplica de Jesús (vs. 12-13). El v. 9 tiene función preparar el v. 10. Los vs. 12-13 explicitan el sentido del v. 10.

 

Pre-texto. Mostrador de impuestos: oficina de recaudación de impuestos y, seguramente en este caso, despacho de aduana. La escena se supone ambientada en Cafarnaúm, puesto fronterizo entre los territorios de Herodes Antipas y de Filipo. Con toda probabilidad, Mateo estaba al servicio directo de Herodes y no de Roma.

Publicano: cobrador de impuestos. En tiempo de Jesús es sinónimo de pecador por su mala fama en materia de justicia o equidad y por su falta de sometimiento a las interpretaciones de la ley dadas por los fariseos, garantes de la religiosidad. Los "pecadores" no son, pues, los hombres en general en cuanto pecadores, sino unas determinadas clases sociales o tipos de gente (publicanos, ladrones, prostitutas, paganos, adúlteros, asesinos, etc.) Lo mismo, aunque en sentido inverso, hay que decir de los "justos".

Comida: signo de comunión en cuanto don y en cuanto participación. Misericordia (hebreo: hesed): actitud gratuita y desinteresada de entrega. Es el amor que va más allá del deber.

Sentido del texto. Jesús rompe con los esquemas y los prejuicios ambientales que funcionaban dentro del pueblo judío. En sus relaciones con las personas, Jesús no tiene en cuenta "etiquetas" o "sambenitos".

Frente a una concepción religiosa hecha de ritos y prácticas, Jesús propone una concepción religiosa hecha de comunión y de amor gratuito y desinteresado.

DABAR 1978/35

 


 

2. MATEO-LEVI

El autor relata sobriamente la historia de su propia vocación. Se llama a sí mismo Mateo (que significa "don de Dios"). Marcos y Lucas le llaman Leví. Su nombre completo sería Leví-Mateo, y su oficio el de los publicanos, razón por la que en la lista de los apóstoles (10, 3) se le llama Mateo "el Publicano". Mateo pertenecía al cuerpo de empleados de Herodes Antipas, que se encargaban de recaudar los impuestos. Su profesión era impopular, y entonces se consideraba pecadores públicos a cuantos la ejercían.

Antes de dejarlo todo y seguir definitivamente a Jesús, Mateo prepara un banquete de despedida en su propia casa. Allí acude Jesús como el invitado principal, pero no podían faltar los colegas de Mateo, todos ellos "pecadores" y "publicanos".

Como es natural, los fariseos, que se tenían por justos y eran considerados por el pueblo como oficialmente piadosos, se escandalizaron de semejante reunión. Pues ellos evitaban escrupulosamente el trato con los publicanos y pecadores. Su crítica se manifiesta abiertamente en la pregunta que hacen llegar al Maestro a través de los discípulos.

Jesús acepta irónicamente el punto de vista de sus adversarios y argumenta contra ellos utilizando sus propias armas. Si los publicanos son pecadores, según afirman los fariseos, es evidente que Jesús debe tratar con ellos de la misma suerte que el médico debe tratar a los enfermos y no a los sanos. El trato de Jesús con los marginados no es ocasional, como no lo es tampoco la crítica que levanta con su conducta.

Esta cita de Oseas (6,6), tomada precisamente de la primera lectura de hoy, interrumpe la ilación del discurso, no se encuentra en la versión de Lucas y de Marcos y posiblemente fue añadida por san Mateo. En el presente contexto aporta un motivo más que viene a justificar la opción de Jesús en favor de los marginados.

No perdamos de vista la ironía de Jesús en todas las palabras que dirige a los fariseos. Es evidente que no los considera justos delante de Dios, como tampoco considera a los publicanos pecadores o más pecadores que los fariseos. En realidad, todos somos pecadores delante de Dios, que justifica precisamente al impío; es decir, que tiene la iniciativa del perdón y nos hace justos cuando reconocemos nuestro pecado. Aquellos que son considerados pecadores públicos tienen menos dificultad en reconocer su pecado; en cambio, los que son considerados oficialmente justos llegan a creérselo, y se apartan así de la salvación de Dios en Jesucristo. En este sentido hay que entender lo que dice Jesús al afirmar que ha venido a llamar a los pecadores y no a los justos, es decir: a los pecadores marginados por una sociedad hipócrita, y no a los justos que no reconocen su pecado.

EUCAristía 1975/35

 


 

Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

San Juan Pablo II, papa

Audiencia General (28-10-1987): Amar a Cristo y seguirle.

miércoles 28 de octubre de 1987

 

2. [...] Jesús nos quiere inculcar que sólo Dios puede y debe ser amado sobre todo lo creado; y sólo de cara a Dios puede haber dentro del hombre la exigencia de un amor sobre todas las cosas. Sólo Dios, en virtud de esta exigencia de amor radical y total, puede llamar al hombre para que «lo siga» sin reservas, sin limitaciones, de forma indivisible, tal como leemos ya en el Antiguo Testamento: «Habéis de ir tras de Yavé, vuestro Dios.... habéis de guardar sus mandamientos..., servirle y allegaros a Él» (Dt 13, 4). En efecto, sólo Dios «es bueno» en el sentido absoluto (cf. Mc 10, 18; también Mt 19, 17). Sólo Él «es amor» (1 Jn 4, 16) por esencia y por definición. Pero aquí hay un elemento nuevo y sorprendente en la vida y en la enseñanza de Cristo.

 

3. Jesús llama a seguirle personalmente. Podemos decir que esta llamada está en el centro mismo del Evangelio. Por una parte Jesús lanza esta llamada; por otra oímos hablar a los Evangelistas de hombres que lo siguen, y aún más, de algunos de ellos que lo dejan todo para seguirlo.

 

Pensemos en todas las llamadas de las que nos han dejado noticia los Evangelistas: «Un discípulo le dijo: Señor, permíteme ir primero a sepultar a mi padre; pero Jesús le respondió: Sígueme y deja a los muertos sepultar a sus muertos» (Mt 8, 21-22): forma drástica de decir: déjalo todo inmediatamente por Mí. Esta es la redacción de Mateo. Lucas añade la connotación apostólica de esta vocación: «Tú vete y anuncia el reino de Dios» (Lc 9, 60). En otra ocasión, al pasar junto a la mesa de los impuestos, dijo y casi impuso a Mateo, quien nos atestigua el hecho: «Sígueme. Y él, levantándose lo siguió» (Mt 9, 9; cf. Mc 2, 13-14).

 

Seguir a Jesús significa muchas veces no sólo dejar las ocupaciones y romper los lazos que hay en el mundo, sino también distanciarse de la agitación en que se encuentra e incluso dar los propios bienes a los pobres. No todos son capaces de hacer ese desgarrón radical: no lo fue el joven rico, a pesar de que desde niño había observado la ley y quizá había buscado seriamente un camino de perfección, pero «al oír esto (es decir, la invitación de Jesús), se fue triste, porque tenía muchos bienes» (Mt 19, 22; Mc 10, 22). Sin embargo, otros no sólo aceptan el «Sígueme», sino que, como Felipe de Betsaida, sienten la necesidad de comunicar a los demás su convicción de haber encontrado al Mesías (cf. Jn 1, 43 ss.). Al mismo Simón es capaz de decirle desde el primer encuentro: «Tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)» (Jn 1, 42). El Evangelista Juan hace notar que Jesús «fijó la vista en él»: en esa mirada intensa estaba el «Sígueme» más fuerte y cautivador que nunca. Pero parece que Jesús, dada la vocación totalmente especial de Pedro (y quizá también su temperamento natural), quiera hacer madurar poco a poco su capacidad de valorar y aceptar esa invitación. En efecto, el «Sígueme» literal llegará para Pedro después del lavatorio de los pies, durante la última Cena (cf. Jn 13, 36), y luego, de modo definitivo, después de la resurrección, a la orilla del lago de Tiberíades (cf. Jn 21, 19).

 

4. No cabe duda que Pedro y los Apóstoles —excepto Judas— comprenden y aceptan la llamada a seguir a Jesús como una donación total de sí y de sus cosas para la causa del anuncio del reino de Dios. Ellos mismos recordarán a Jesús por boca de Pedro: «Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19, 27). Lucas añade: «todo lo que teníamos» (Lc 18, 28). Y el mismo Jesús parece que quiere precisar de «qué» se trata al responder a Pedro. «En verdad os digo que ninguno que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres e hijos por amor al reino de Dios dejará de recibir mucho más en este siglo, y la vida eterna en el venidero» (Lc 18, 29-30).

 

En Mateo se especifica también el dejar hermanas, madre, campos «por amor de mi nombre»; a quien lo haya hecho Jesús le promete que «recibirá el céntuplo y heredará la vida eterna» (Mt 19, 29).

 

En Marcos hay una especificación posterior sobre el abandonar todas las cosas «por mí y por el Evangelio», y sobre la recompensa: «El céntuplo ahora en este tiempo en casas, hermanos, hermanas, madre e hijos y campos, con persecuciones, y la vida eterna en el siglo venidero» (Mc 10, 29-30).

 

Dejando a un lado de momento el lenguaje figurado que usa Jesús, nos preguntamos: ¿Quién es ese que pide que lo sigan y que promete a quien lo haga darle muchos premios y hasta «la vida eterna»? ¿Puede un simple Hijo del hombre prometer tanto, y ser creído y seguido, y tener tanto atractivo no sólo para aquellos discípulos felices, sino para millares y millones de hombres en todos los siglos?

 

5. En realidad los discípulos recordaron bien a autoridad con que Jesús les había llamado a seguirlo sin dudar en pedirles una dedicación radical, expresada en términos que podían parecer paradójicos, como cuando decía que había venido a traer «no la paz, sino la espada», es decir, a separar y dividir alas mismas familias para que lo siguieran, y luego afirmaba: «El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37-38). Aún es más fuerte y casi dura la formulación de Lucas: «Si alguno viene a mí y no aborrece a (expresión del hebreo para decir: no se aparte de) su padre, su madre, su mujer, sus hermanos, sus hermanas y aún su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 26).

 

Ante estas expresiones de Jesús no podemos dejar de reflexionar sobre lo excelsa y ardua que es la vocación cristiana. No cabe duda que las formas concretas de seguir a Cristo están graduadas por Él mismo según las condiciones, las posibilidades, las misiones, los carismas de las personas y de los grupos. Las palabras de Jesús, como Él dice, son «espíritu y vida» (cf. Jn 6, 63), y no podemos pretender concretarlas de forma idéntica para todos. Pero según Santo Tomás de Aquino, la exigencia evangélica de renuncias heroicas como las de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y renuncia de sí por seguir a Jesús —y podemos decir igual de la oblación de sí mismo en el martirio, antes que traicionar la fe y el seguimiento de Cristo— compromete a todos «secundum praeparationem animi» (cf. S. Th. II-II q. 184, a. 7, ad 1), o sea, según la disponibilidad del espíritu para cumplir lo que se le pide en cualquier momento que se le llame, y por lo tanto comportan para todos un desapego interior, una oblación, una autodonación a Cristo, sin las cuales no hay un verdadero espíritu evangélico.

 

6. Del mismo Evangelio podemos deducir que hay vocaciones particulares, que dependen de una elección de Cristo: como la de los Apóstoles y de muchos discípulos, que Marcos señala con bastante claridad cuando escribe: «Subió a un monte, y llamando a los que quiso, vinieron a Él, y designó a doce para que lo acompañaran...» (Mc 3, 13-14). El mismo Jesús, según Juan, dice a los Apóstoles en el discurso final: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo os he elegido a vosotros...» (Jn 15, 16).

 

No se deduce que Él condenara definitivamente al que no aceptó seguirlo por un camino de total dedicación a la causa del Evangelio (cf. el caso de joven rico: Mc 10, 17-27). Hay algo más que pone en juego la libre generosidad de cada uno. Pero no hay duda que la vocación a la fe y al amor cristiano es universal y obligatoria: fe en la Palabra de Jesús, amor a Dios sobre todas las cosas y también al prójimo como a nosotros mismos, porque «el que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve» (1 Jn 4, 20).

 

7. Jesús, al establecer la exigencia de la respuesta a la vocación a seguirlo, no esconde a nadie que su seguimiento requiere sacrificio, a veces incluso el sacrificio supremo. En efecto, dice a sus discípulos: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la salvará...» (Mt 16, 24-25).

 

Marcos subraya que Jesús había convocado con los discípulos también a la multitud, y habló a todos de la renuncia que pide a quien quiera seguirlo, de cargar con la cruz y de perder la vida «por mi y el Evangelio» (Mc 8, 34-35). (Y esto después de haber hablado de su próxima pasión y muerte! (cf. Mc 8, 31-32).

 

8. Pero, al mismo tiempo, Jesús proclama la bienaventuranza de los que son perseguidos «por amor del Hijo del hombre» (Lc 6, 22): «Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa» (Mt 5, 12).

 

Y nosotros nos preguntamos una vez más: ¿Quién es éste que llama con autoridad a seguirlo, predice odio, insultos y persecuciones de todo género (cf. Lc 6, 22), y promete «recompensa en los cielos»? Sólo un Hijo del hombre que tenía la conciencia de ser Hijo de Dios podía hablar así. En este sentido lo entendieron los Apóstoles y los discípulos, que nos transmitieron su revelación y su mensaje. En este sentido queremos entenderlo nosotros también, diciéndole de nuevo con el Apóstol Tomás: «Señor mío y Dios mío».

 

Homilía (09-06-1996): Conocer, amar y seguir al Señor.

domingo 9 de junio de 1996

 

1. «Acepta, oh Dios, el don de nuestro amor» (Salmo responsorial).

 

Después del tiempo de Pascua y el domingo de las Santísima Trinidad, reanudamos hoy el itinerario litúrgico de los «domingos durante el año»: una peregrinación que el pueblo de Dios hace en la fe, precedida por María, Madre de la Iglesia; un itinerario de conocimiento y amor; un camino a seguir para aquellos que confían en la misericordia del Señor.

 

La liturgia de hoy nos recuerda que el Señor es Misericordia y quiere misericordia. Pide amor y no sacrificio (cf. Oseas 6, 6). Cristo ha hecho en la cruz, de una vez por todas, el holocausto total y definitivo del amor, que se renueva cada día en la Eucaristía. Y la existencia de María fue una secuela completa de la Divina Misericordia encarnada en Jesús. Ella, la Inmaculada por gracia, preservada por la Divina Misericordia de toda mancha de pecado, es un signo de esperanza segura para todos los hombres que necesitan ser sanados y justificados (cf. Mt 9, 12-13).

 

2. Invitados por la Sagrada Escritura a forjar una profunda relación de fidelidad con Dios, «apresúrate por conocer al Señor» (Oseas 6, 3), apresurémonos a amarlo. «Conocer» y «amar» al Señor: esto es a lo que estamos llamados, para que nuestra relación con él no sea «como una nube matutina, como el rocío que se desvanece al amanecer» (Oseas 6, 4), sino fiel y estable. Amarlo como somos amados por él; conocerlo como somos conocidos por él: esta es nuestra alegría y nuestra gloria.

 

Abraham conoció y amó al Señor con fe, una fe fuerte y estable en Aquel que cumple sus promesas. Una fe que pone en movimiento, que mueve nuestra vida, genera vida más allá de todos los límites humanos, más allá de la muerte. La Palabra eterna llamó a Abraham y le dijo: «Sígueme». Abraham reconoció su voz y lo siguió. Como dice la Escritura «Abraham se regocijó con la esperanza de ver» el día de Cristo, en la fe «lo vio y se regocijó» (Jn 8, 56). Así, participó de cierta manera en el misterio pascual, en el cual reside el cumplimiento de cada promesa y el fundamento último de la fe, el amor y el conocimiento divino.

 

3. ¡Queridas hermanas! Estoy feliz de celebrar la Eucaristía con todas vosotras hoy. Estamos en este lugar sugerente de los Jardines del Vaticano, que evoca la presencia de María Inmaculada, tal como se mostró a Santa Bernardetta, en la Gruta de Massabielle, cerca de Lourdes. Dirigimos nuestra mirada a la Virgen: su amor no era «como una nube matutina, como un rocío que se desvanece al amanecer». La llena de gracia amaba como ella era amada: totalmente, sin reservas; ella conocía al Señor como Él la conocía desde el principio.

 

En ella, la fe de Abraham revive y alcanza su perfección: María creía que nada es imposible para Dios, y bajo la cruz esperaba contra toda esperanza: Sierva con la Siervo, Reina con el Rey, se convirtió en la madre de todos los creyentes, «Reina de los mundo - Regina mundi»...

 

Que la Madre de Dios celestial, Trono de la Sabiduría, haga brillar en vuestras mentes un conocimiento pleno del Señor y en vuestros corazones un amor integral y fiel por ella y en vuestra vida un generoso y alegre «sí» al «sígueme» que Cristo dirige a sus discípulos sabiendo que dondequiera que la Providencia os lleve, podréis «anunciar la Buena Nueva a los pobres» (antífona del Evangelio), ayudando a los enfermos a encontrarse con el Médico divino y a los pecadores a escuchar su voz. Sed por tanto dóciles a su gracia y generosas en vuestra respuesta. Abrid vuestro corazón al misterio de su amor. «Acepta, oh Dios, el don de nuestro amor».

 


 

Francisco, papa

Audiencia General (29-03-2017): Abraham: padre en la fe y en la esperanza.

miércoles 29 de marzo de 2017

 

El pasaje de la Carta de san Pablo a los Romanos que acabamos de escuchar nos hace un gran regalo. De hecho, estamos acostumbrados a reconocer en Abraham nuestro padre en la fe; hoy el apóstol nos hace comprender que Abraham es para nosotros padre en la esperanza, no solo padre de la fe, sino padre en la esperanza. Esto porque en su situación podemos ya acoger un anuncio de la Resurrección, de la vida nueva que vence al mal y a la misma muerte.

 

En el texto se dice que Abraham creyó en el Dios que «da vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean» (Romanos 4, 17); y después se precisa: «No vaciló en su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor y el seno de Sara igualmente estéril» (Romanos 4, 19). Esta es la experiencia que estamos llamados a vivir también nosotros. El Dios que se revela a Abraham es el Dios que salva, el Dios que hace salir de la desesperación y de la muerte, el Dios que llama a la vida. En la historia de Abraham todo se convierte en un himno al Dios que libera y regenera, todo se convierte en profecía. Y se convierte por nosotros, para nosotros que ahora reconocemos y celebramos el cumplimiento de todo esto en el misterio de la Pascua. Dios de hecho «resucitó de entre los muertos a Jesús» (Romanos 4, 24), para que también nosotros podamos pasar en Él de la muerte a la vida. Y realmente entonces Abraham bien puede llamarse «padre de muchos pueblos», pues resplandece como anuncio de humanidad nueva —¡nosotros!—, rescatada por Cristo del pecado y de la muerte e introducida una vez para siempre en el abrazo del amor de Dios.

 

En este punto, Pablo nos ayuda a focalizar la estrecha unión entre la fe y la esperanza. Él de hecho afirma que Abraham «esperando contra toda esperanza, creyó» (Romanos 4, 18). Nuestra esperanza no se sostiene en razonamientos, previsiones y garantías humanas; y se manifiesta allí donde no hay más esperanza, donde no hay nada más en lo que esperar, precisamente como sucede para Abraham, frente a su muerte inminente y a la esterilidad de su mujer Sara. Se acerca el final para ellos, no podía tener hijos, y en esa situación, Abraham creyó y tuvo esperanza contra toda esperanza. ¡Y esto es grande! La gran esperanza está enraizada en la fe, y precisamente por esto es capaz de ir más allá de toda esperanza. Sí, porque no se funda en nuestra palabra, sino sobre la Palabra de Dios. También en este sentido, entonces, estamos llamados a seguir el ejemplo de Abraham, el cual, aun frente a la evidencia de una realidad que parece destinada a la muerte, se fía de Dios, «con pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido» (Romanos 4, 21). Me gustaría haceros una pregunta: ¿nosotros, todos nosotros, estamos convencidos de esto? ¿Estamos convencidos de que Dios nos quiere y que todo eso que nos ha prometido está dispuesto a cumplirlo? Pero padre, ¿cuánto debemos pagar por esto? Solo hay un precio: «abrir el corazón». Abrid vuestros corazones y esta fuerza de Dios os llevará adelante, hará cosas milagrosas y os enseñará qué es la esperanza. Este es el único precio: abrir el corazón a la fe y Él hará el resto.

 

Esta es la paradoja y al mismo tiempo ¡el elemento más fuerte, más alto de nuestra esperanza! Una esperanza fundada en la promesa que desde el punto de vista humano parece incierta e imprevisible, pero que no desaparece ni siquiera ante la muerte, cuando quien promete es el Dios de la Resurrección y de la vida. ¡Esto no lo promete uno cualquiera! Quien promete es el Dios de la Resurrección y de la vida.

 

Queridos hermanos y hermanas, pidamos hoy al Señor la gracia de permanecer firmes no tanto en nuestras seguridades, nuestras capacidades, sino en la esperanza que brota de la promesa de Dios, como verdaderos hijos de Abraham. Cuando Dios promete, cumple lo que promete. Nunca falta a su palabra. Y entonces nuestra vida asumirá una luz nueva, en la conciencia de que Aquel que ha resucitado a su Hijo nos resucitará también a nosotros y nos hará realmente una sola cosa con Él, junto a todos nuestros hermanos en la fe. Todos nosotros creemos. Hoy estamos todos en la plaza, alabamos al Señor, cantaremos el Padrenuestro, después recibiremos la bendición... Pero esto pasa. Pero esta es también una promesa de esperanza. Si nosotros hoy tenemos el corazón abierto, os aseguro que todos nosotros nos encontraremos en la plaza del Cielo que no pasa nunca, para siempre. Esta es la promesa de Dios y esta es nuestra esperanza, si nosotros abrimos nuestros corazones. Gracias.

 

Homilía (07-07-2017): Nos pide sólo una cosa y nos da todo.

viernes 7 de julio de 2017

 

Ahora quisiera deciros algo sobre el Evangelio. Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado en el banco de los impuestos ( Mt 9, 9). Era un publicano. Esta gente era considerada de lo peor porque hacían pagar impuestos, y el dinero se lo mandaban a los romanos. Y una parte se la metían ellos en su bolsillo. Se lo daban a los romanos: vendían la libertad de su patria, por eso los odiaban tanto. Eran traidores de la patria. Jesús lo llamó. Lo vio y lo llamó. «Sígueme». Jesús escogió a un apóstol entre aquella gente, la peor. A continuación, este Mateo, invitado a comer, estaba alegre.

 

Antes, cuando me alojaba en Via della Scrofa, me gustaba ir, ahora no puedo, a San Luis de los Franceses para ver el cuadro de Caravaggio, La conversión de Mateo : él agarrado al dinero así [hace el gesto] y Jesús lo indica con el dedo. Se aferraba al dinero. Y Jesús lo escoge. Invita a toda la banda a almorzar, a los traidores, los cobradores de impuestos. Al ver esto, los fariseos que se creían justos, que juzgaban a todos y decían: «Pero ¿por qué vuestro Maestro tiene esa compañía?». Jesús dice: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

 

Esto me consuela mucho, porque creo que Jesús ha venido por mí. Porque todos somos pecadores. Todos. Todos tenemos esta «licenciatura», somos licenciados. Cada uno sabe cuál es su pecado, su debilidad más fuerte. En primer lugar debemos reconocer esto: ninguno de nosotros, todos los que estamos aquí, puede decir: «Yo no soy un pecador». Los fariseos lo decían y Jesús los condena. Eran soberbios, altivos, se creían superiores a los demás. En cambio, todos somos pecadores. Es nuestro título y es también la posibilidad de atraer a Jesús a nosotros. Jesús viene a nosotros, viene a mí porque soy un pecador.

 

Por eso vino Jesús, por los pecadores, no por los justos. Esos no lo necesitan. Dijo Jesús: «No necesitan médicos los sanos, sino los que están mal. Id, pues, a aprender lo que significa aquello de: Misericordia quiero y no sacrificios . Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» ( Mt 9, 12-13). Cuando leo esto me siento llamado por Jesús, y todos podemos decir lo mismo: Jesús ha venido por mí. Cada uno de nosotros.

 

Este es nuestro consuelo y nuestra confianza: él siempre perdona, cura el alma siempre, siempre. «Pero yo soy débil, voy a tener una recaída...», Jesús te levantará, te curará siempre. Este es nuestro consuelo, Jesús vino por mí, para darme fuerzas, para hacerme feliz, para que tuviera la conciencia tranquila. No tengáis miedo. En los malos momentos, cuando uno siente el peso de tantas cosas que hicimos, de tantos resbalones en la vida, tantas cosas, y se siente el peso... Jesús me ama porque soy así.

 

Me acuerdo de un pasaje de la vida de un gran santo, Jerónimo que tenía muy mal genio, y trató de ser manso, pero con ese genio... porque era un dálmata y los de Dalmacia son fuertes... Había logrado dominar su forma de ser, y así ofrecía al Señor tantas cosas, tanto trabajo, y le preguntaba al Señor: «¿Qué quieres de mí?» —«Todavía no me has dado todo.» —«Pero Señor, te he dado esto, esto y esto...» —«Falta algo.» —«¿Qué falta?» —«Dame tus pecados». Es hermoso escuchar esto: «Dame tus pecados, tus debilidades, te curaré, tu sigue adelante».

 

Hoy, en este primer viernes, pensemos en el corazón de Jesús, para que nos haga comprender esto, con el corazón misericordioso, que sólo nos dice: «Dame tus debilidades, dame tus pecados, yo perdono todo». Jesús perdona todo, siempre perdona.

 

Que ésta sea nuestra alegría.

 

Julio Alonso Ampuero

Meditaciones Bíblicas sobre el Año Litúrgico: Misericordia quiero

«Sígueme». Una vez más la voz de Jesús resuena nítida y poderosa. Una vez más Él se adelanta, toma la iniciativa. Y una vez más levanta al hombre de su postración. Mateo estaba «sentado al mostrador de sus impuestos»; pero estaba sobre todo hundido en su codicia, en su afán de poseer. «Él se levantó y lo siguió». Remite a otras escenas evangélicas; por ejemplo, la resurrección de Lázaro: «Lázaro, sal fuera». Levantar a Mateo de la postración y de la corrupción de su pecado no es menor milagro que hacer salir a Lázaro de la tumba cuando ya olía mal.

 

«Muchos pecadores... se sentaron con Jesús». El Hijo de Dios se ha hecho hombre para eso, para compartir la mesa de los pecadores. No rechaza a nadie, no se escandaliza de nada. Sabe que todo hombre está enfermo, y ha venido precisamente como médico, para buscar a los pecadores, para sanar la enfermedad peor y más terrible: el pecado que gangrena y destruye en su raíz la vida y la felicidad de los hombres.

 

«Misericordia quiero». Una vez más, Jesús tiene que enfrentarse con la dureza de corazón de los fariseos. En cambio Mateo, pecador público, ha experimentado la misericordia de Jesús, su amor gratuito; y por eso se convierte en instrumento de ese amor y de esa misericordia para muchos otros. Lo que él ha recibido gratis lo ofrece –también gratuitamente– a los demás. La conversión de Mateo es ocasión de conversión para muchos otros...

 


 

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Cristo vino a llamar a los pecadores. Él es infinitamente misericordioso y no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y se salve. La Misa de hoy nos lo muestra con el texto evangélico y el del profeta Oseas. Para esto necesitamos fe, como enseña San Pablo en la segunda lectura, la fe en la muerte y resurrección del Señor. La liturgia de este Domingo nos enseña a que suba hasta Dios el homenaje de su amor y su confianza. Dios es la fuente de todo bien, como se dice en la colecta, y nos ha dado a conocer su ser íntimo: «Dios es amor».

 

–Oseas 6,3-6: Quiero misericordia y no sacrificio. San Agustín explica la importancia del perdón:

 

«Centraos, hermanos míos, en el amor que la Escritura alaba de tal manera que admite que nada puede comparársele. Cuando Dios nos exhorta a que nos amemos mutuamente, ¿acaso te exhorta a que ames solamente a quienes te amen a ti? Este es un amor de compensación, que Dios no considera suficiente. Él quiso que se llegara a amar a los enemigos (Mt 5,44-45). Quien te enseñó a orar es quien ruega por ti, puesto que eras culpable. Salta de gozo, porque entonces será tu juez quien ahora es tu abogado. Dado que tendrás que orar y defender tu causa con pocas palabras, has de llegar a aquellas: Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12) (Sermón 386,1).

 

–Con el Salmo 49 decimos: «Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios». Este Salmo es algo más que una simple, pero durísima requisitoria contra la hipocresía de ciertas prácticas religiosas que carecen de sentido, porque no tienen el aliento vital del espíritu. El sacrificio que Dios quiere es el de la alabanza, o lo que es lo mismo, que el hombre integre en sus sacrificios y ofrendas su misma persona, todo lo que él es.

 

–Romanos 4,18-25: Fue confortado en la fe por la gloria dada a Dios. Somos obra de Dios no sólo en cuanto justos. San Agustín dice:

 

«Conservemos esta justificación en la medida en que la poseamos, aumentémosla en la proporción que requiere su pequeñez para que sea plena... Todo proviene de Dios, sin que esta afirmación signifique que podamos echarnos a dormir o que nos ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer. Si tú no quieres, no residirá en ti la justicia de Dios. Pero aunque la voluntad no es sino tuya, la justicia no es más que de Dios. La justicia de Dios puede existir sin tu voluntad.. Serás obra de Dios, no sólo por ser hombre... Quien te hizo sin ti, no te santificará sin ti... La participación en los dolores de Cristo será tu fuerza» (Sermón 169,13).

 

–Mateo 9, 9-13: No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. La conversión de San Mateo es una gran enseñanza siempre actual. Todos somos pecadores. Comenta San Efrén:

 

«Él escogió a Mateo el publicano (Mt 9,9-13) para estimular a sus colegas a venirse con él. Él ve a los pecadores y los llama, y les hace sentarse a su lado. ¡Espectáculo admirable; los ángeles están de pie temblando, mientras los publicanos, sentados, gozan; los ángeles temen, a causa de su grandeza, y los pecadores comen y beben con Él; los escribas rabian de envidia y los publicanos exultan y se admiran de su misericordia!

 

«Los cielos viven este espectáculo y se admiran, los infiernos lo vieron y deliraron. Satanás lo vio ardiendo de furor, la muerte lo vio y experimentó su debilidad; los escribas lo vieron y quedaron ofuscados por ello. Hubo gozo en los cielos y alegría en los ángeles, porque los rebeldes eran dominados, los indóciles sometidos, los pecadores enmendados, y porque los publicanos eran justificados. A pesar de las exhortaciones de sus amigos, Él no renunció a la ignominia de la cruz y, a pesar de las burlas de los enemigos, no renunció a la compañía de los publicanos. Él ha despreciado la burla y desdeña las alabanzas, así contribuía mejor a la utilidad de los hombres» (Comentario sobre el Diatésaron 5,17).

 

CANTOS DOMINGO X T.O. CICLO A – 7 JUNIO 2026

 

01.- CREO EN JESUS (Carmelo Erdozain)

 

CREO EN JESÚS, CREO EN JESÚS,

EL ES MI AMIGO, ES MI ALEGRÍA, EL ES MI AMOR.

CREÓ EN JESÚS, CREÓ EN JESÚS, EL ES MI SALVADOR...

 

El llamó a mi puerta,

me invitó a compartir su heredad;

seguiré a su lado,

llevaré su mensaje de paz.

 

Ayudó al enfermo

y le trajo la felicidad;

defendió al humilde,

combatió la mentira y el mal.

 

Día y noche, creo en Jesús.

Él está a mi lado, creo en Jesús,

sigo sus palabras, creo en Jesús,

doy por El la vida, creo en Jesús,

es mi Salvador.

 

Enseñó a Zaqueo

a partir su hacienda y su pan;

alabó a la viuda

porque dio cuanto pudo ella dar.

 

Aleluya, creo en Jesús,

El es el Mesías, creo en Jesús,

El es mi esperanza, creo en Jesús,

vive para siempre, creo en Jesús,

es mi salvador

 

02.- AL ALTAR DEL SEÑOR

Al altar del Señor, vamos con amor

a entregar al Señor, lo que El nos dio

 

Pan le traemos, trigo de Dios

para la mesa que El nos preparó

Vino traemos, viña de Dios

para la fiesta de la comunión

 

Luces traemos, para alumbrar

la mesa santa de nuestro altar

Flores traemos para alegrar

esta comida de la amistad

 

Hoy nuestro juego, nuestro dolor

nuestros estudios, Canciones al Señor

Toda la vida vamos a dar

para la ofrenda de Cristo en el altar

 

03.- ACERQUEMONOS TODOS AL ALTAR

(F. Palazón- E. Pascual)

 

ACERQUÉMONOS TODOS AL ALTAR

QUE ES LA MESA FRATERNA DEL AMOR

PUES SIEMPRE QUE COMEMOS DE ESTE PAN

RECORDAMOS LA PASCUA DEL SEÑOR. (2V).

 

Los hebreos en medio del desierto

comieron el maná,

nosotros peregrinos de la vida

comemos este pan

 Los primeros cristianos ofrecieron

su cuerpo como trigo,

nosotros, acosados por la muerte,

bebemos este vino.

 

Como Cristo hecho pan de cada día

se ofrece en el altar,

nosotros, entregados al hermano,

comamos este pan.

 Como el Cuerpo de Cristo es uno solo

por todos ofrecido,

nosotros, olvidando divisiones,

bebemos este vino.

 

Como ciegos en busca de la aurora,

dolientes tras la paz,

buscando tierra nueva y cielos nuevos

comamos este pan.

 Acerquémonos todos los cansados

porque Él es nuestro alivio,

y siempre que el desierto nos agobie

bebamos este vino.

04.- DIME SEÑOR

Hoy en oración, quiero preguntar Señor;

quiero escuchar tu voz, tus palabras con tu amor.

Ser como eres tú, servidor de los demás;

dime cómo en qué lugar, te hago falta más.

 

DIME SEÑOR EN QUE TE PUEDO SERVIR,

DÉJAME CONOCER TU VOLUNTAD.

DIME SEÑOR EN TI YO QUIERO VIVIR,

QUIERO DE TI APRENDER SABER AMAR. (2v).

 

Hoy quiero seguir, tu camino junto al mar;

tus palabras tú verdad, ser imagen de ti.

Ser como eres tú, servidor de los demás;

dime cómo en qué lugar, te hago falta más.

 

05.- HIMNO EUCARISTICO

 

DANOS HOY HAMBRE DE DIOS, ALIMÉNTANOS, SEÑOR;

Y QUE EL FRUTO DE TU AMOR LIMPIE EL RENCOR,

NOS DÉ LA PAZ, TRAIGA EL PERDÓN.

 

Hacia Emaús iban dos amigos,

sintiendo gran tristeza por Jesús,

y no supieron que el mismo Cristo

era quien iba en su camino.

 

“La noche está muy avanzada”,

dijeron los amigos de Emaús,

más cuando vieron el pan partido

reconocieron a Cristo vivo.

 

El pan que todos compartimos

en una misma comunión,

es el encuentro con Cristo hermano

que dio su vida para salvarnos.

 

06.- SANTA MARIA DEL CAMINO

1. Mientras recorres la vida, tú nunca solo estás,

contigo por el camino santa María va.

 

VEN CON NOSOTROS AL CAMINAR,

SANTA MARÍA, VEN. (BIS)

 

2. Aunque te digan algunos que nada puede cambiar,

lucha por un mundo nuevo, lucha por la verdad.

 

VEN CON NOSOTROS AL CAMINAR,

SANTA MARÍA, VEN. (BIS)

 

3. Si por el mundo los hombres sin conocerse van,

no niegues nunca tu mano al que contigo va.

 

VEN CON NOSOTROS AL CAMINAR,

SANTA MARÍA, VEN. (BIS)

 

4. Aunque parezcan tus pasos inútil caminar,

tú vas haciendo caminos: otros los seguirán.

 

07.- A NUESTRA SEÑORA DE AMÉRICA

 

1. Madre de los pobres, de los peregrinos,

te pedimos por América Latina,

tierra que visitas con los pies descalzos,

apretando fuerte un niño entre tus brazos.

 

AMÉRICA, DESPIERTA.

SOBRE TUS CERROS DESPUNTA

LA LUZ DE UNA MAÑANA NUEVA.

DÍA DE SALVACIÓN QUE YA SE ACERCA.

SOBRE LOS PUEBLOS QUE ESTÁN EN TINIEBLAS

HA BRILLADO UNA GRAN LUZ.

 

2. Luz de un niño frágil que nos hace fuertes,

luz de un niño pobre que nos hace ricos,

luz de un niño esclavo que nos hace libres,

esa luz que un día nos diste en Belén.

 

3. Madre de los pobres, hay mucha miseria,

porque falta siempre el pan en muchas casas,

el pan de la verdad falta en muchas mentes,

el pan del amor que falta en muchos hombres.

 

4. Conoces la pobreza porque la viviste,

alivia la miseria de los cuerpos que sufren,

arranca el egoísmo que nos empobrece,

para compartir y avanzar hacia el Padre.