viernes, 8 de abril de 2016

LECTURAS Y COMENTARIO III DOMINGO PASCUA CICLO C - 10 ABRIL 2016

UNA LARGA CITA CON JESÚS

ORACION COLECTA

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre al verse renovado y rejuvenecido en el Espíritu, y que la alegría de haber recobrado la adopción filial afiance su esperanza de resucitar gloriosamente. Por Nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5,27b-32.40b-41

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»
Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

SALMO RESPONSORIAL (29)

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado 
y no has dejado que mis enemigos serían de mí. 
Señor, sacaste mi vida del abismo, 
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R.

Toquen para el Señor, fieles suyos,
den gracias a su nombre santo; 
su cólera dura un instante, su bondad, de por vida; 
al atardecer nos visita el llanto; 
por la mañana, el júbilo. R.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; 
Señor, socórreme. 
Cambiaste mi luto en danzas. 
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura del libro del Apocalipsis 5,11-14

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 21,1-19

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»
Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.  Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No.».
Él les dice: «Echen la red a la derecha de la barca y encontraran.».
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traigan de los peces que acaban de coger.».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.  Jesús les dice: «Vamos, almuercen.».  Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.».
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.». Él le dice: «Pastorea mis ovejas.».
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.».
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.  Dicho esto, añadió: «Sígueme.».

PLEGARIA UNIVERSAL

Nos ponemos en presencia de Jesús Resucitado para pedirle que escuche todas esas necesidades que hacen nuestra vida sombría y pesarosa; para poder salir al mundo, llenos de alegría a comunicar que la vida tiene sentido. R. Señor, ayúdanos a resucitar.

1.-  Por la Iglesia, portadora del mensaje de salvación; para que lleve a toda la comunidad de creyentes esa fe autentica que haga disipar tanta incertidumbre. R. Señor, ayúdanos a resucitar.

2.- Por el Papa Francisco y demás pastores de la Iglesia; para que muestren a los hombres que la resurrección no es una utopía, sino la autenticidad de una nueva vida hecha realidad por Jesús.  R. Señor, ayúdanos a resucitar.

3.- Por todos los que están tristes, porque carecen de lo fundamental; para que un hecho tan trascendental como la resurrección de Jesús devuelva a sus almas la confianza de que para Dios no hay imposibles. R. Señor, ayúdanos a resucitar.

4.- Por los pueblos, por las naciones, por todo el mundo;  para que entiendan que solamente en las reconciliación, el perdón y el amor puede llegar la paz que tanto necesitamos. R. Señor, ayúdanos a resucitar.

Señor, concédenos, la gracia de la resurrección para que llegue la verdadera alegría y la verdadera confianza a todos nosotros. Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe,  Señor, la ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar también del gozo eterno. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Mira, Señor, con bondad a tu pueblo, y ya que has querido renovarlo con estos sacramentos de vida eterna, concédele también la resurrección gloriosa. Por Jesucristo nuestro Señor.
COMENTARIO
A San Juan le gustan las cifras. La hora 10a, 5.000 personas, 30 estadios, etc.; pero generalmente dice “alrededor de”. Aquí concreta: Pedro y sus compañeros pescaron exactamente 153 peces (153 significaba plenitud y universalidad). Estamos en pleno simbolismo. ¡Pero no en lo irreal!. Aquí lo real es tan misteriosamente rico que sólo se lo puede expresar con símbolos.  Observen los 7 “discípulos” y 7 veces la palabra discípulos; 7 es el símbolo de la totalidad. Y 3 veces “Manifestar”, más 3 veces “Señor” para simbolizar un encuentro solemne de Jesús en su gloria de resucitado. Se trata pues de su tercera manifestación, marcada por el papel principal de Pedro: nombrado en primer lugar, toma la iniciativa de la pesca, se precipita el primero hacia Jesús y arrastra a la orilla la red que no se rompe (símbolo... de lo que habría de ser la iglesia), a pesar  del enorme peso  de los 153 peces.  El desayuno ofrecido por Jesús hace pensar inevitablemente en la eucaristía en la que todo cristiano se acerca al resultado, lo reconoce y entra en comunión con él.
Algunos detalles simbólicos nos permiten acceder a lo que se llama la “escatología” (= los fines últimos). Vemos a Jesús  “a la orilla del lago”, en la tierra firme de la eternidad, mientras que los discípulos (los apóstoles de todos los tiempos) bregan en las aguas de la vida terrena. Dirigidos por Pedro son pescadores de hombres (los peces  grandes),  pero no pueden pescar  nada sin Jesús.
Traerán finalmente  al Señor  los famosos 153 peces, o sea los elegidos: 153 simboliza muy bien la idea de cristianos que encontrarán a Cristo en este mundo gracias a los apóstoles y que tendrán el gran encuentro con Cristo en la orilla de la eternidad.
Así, pues la eternidad será ese cara a cara con Jesús y el banquete con él, o sea la eternidad en su vida y en su gozo. No es necesario saber más para soñar en el cielo. Pero, ¿está permitido esto?. ¿Por qué no? Los que pretenden que el cielo nos distrae de la realidad sólo tienen una idea mutilada de lo real. La realidad entera comienza en el oleaje y las tempestades de la vida de aquí abajo y se extiende hasta la vida sin fin.
Pero, como san Juan no deja de repetir, es aquí abajo donde todo se juega. Cada día que pasa es infinitamente precioso y decisivo, porque podemos acumular citas con Cristo que nos preparen para el encuentro final. Jesús nos ha dicho: “Cada vez que ayudas a alguien con amor, te encuentras conmigo” (Mt 25, 40). Y cada vez que nos acercamos a la eucaristía, a la oración, al evangelio, tenemos una cita con él. Lo esencial es ese movimiento que arroja hacia Cristo, como a Pedro “Cuando comprendió que era el Señor, se tiró al agua”. El mismo impulso que nos ha llevado en cada una de estas meditaciones nos arrojará algún día  a sus brazos. Para una cita muy larga.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes: Hch. 6, 8-15; Sal 118; Jn. 6, 22-29.
Martes: Hch. 7, 51--,1ª; Sal 30; Jn. 6, 30-35.
Miércoles: Hch. 8, 1-8; Sal 65; Jn. 6, 35-40.
Jueves: Hch. 8, 26-40;  Dal 65; Jn. 6, 44-51.
Viernes: Hch. 9, 1-20; Sal 116; Jn. 6, 52-59.
Sábado: Hch. 9, 31-42;  Sal 115; Jn. 6, 60-69.
Domingo: Hch. 13, 14.43-52; Sal 99; Ap. 7, 9.14b-17; Jn. 10, 27-30.


 COMENTARIOS AL EVANGELIO
Jn 21, 1-19

1.- El cap. 21 ha sido añadido al Evangelio de Juan probablemente después de una primera redacción de éste. Las dificultades de orden literario y exegético son bastante importantes, pero cabe la posibilidad de no alejarse de la realidad, figurándose que esta capítulo ha sido estructurado después de la muerte de Pedro y antes de la de Juan. En un momento en que el tema de la sucesión ya se ha planteado.
* * *
a) Cada aparición de Cristo resucitado a sus apóstoles se cierra siempre, especialmente en San Juan, en una "transmisión de poderes". Juan coloca intencionadamente esta transmisión después de la resurrección (al contrario de Mt 16, 13-20) para dejar bien claro que los poderes misioneros y sacramentales de la Iglesia no son más que la irradiación de la gloria del Resucitado ("todo poder me ha sido dado... id, pues": Mt 28, 18-19). Cristo no se limita, por tanto, a organizar su Iglesia en el plano jerárquico y administrativo, trata de que esa estructura misma dimane de su resurrección. La experiencia pascual de Cristo no es tan solo un acontecimiento maravilloso; en él todo hombre es llamado a compartir la vida y la gloria de Dios y a contribuir por su parte a la extensión de la soberanía de Cristo sobre el universo. Esta distribución de vida se transmite a través de los poderes apostólicos.
b) En el pasaje de este día, los poderes transmitidos se refieren de manera más especial al primado de Pedro. Esa transmisión no se realiza sin cierto toque de humor. Pedro había negado tres veces a su Maestro (Jn 18, 17-27) y por tres veces le pide Jesús una profesión de amor. Pedro se había colocado por delante de los demás en su celo por el Señor (Mt 26, 33), y ahora Cristo le invita a que se coloque por delante en el orden del amor ("más que estos": v. 15).
Se advertirá que Pedro no se atreve a afirmar abiertamente su adhesión al Señor: acude más humildemente al conocimiento que Cristo puede tener al respecto ("Tú sabes...": vv. 15, 16 y 17).
Por la demás, Pedro no habla del mismo amor que Cristo. Este le pregunta por dos veces si siente hacia Él amor ("agapê"), pero Pedro responde diciendo que siente apego hacia su Maestro ("philein!). Pedro no quiere pronunciarse sobre el amor religioso que Jesús le pide, se limita a manifestar su amistad. Todo el afecto y la adhesión encerradas en la idea de "philein" se encuentran ciertamente en la de "agapein", pero esta última añade además la fidelidad en el servicio exclusivo del Señor Resucitado y la consagración a Dios (cf. Jn 14, 15-24).
Que Cristo pusiera en duda su "agapê" no era para humillar de modo especial a Pedro, que conocía bien sus limitaciones en este punto y se refugiaba al menos en la declaración de su amistad y de su adhesión. Pero Jesús ataca a Pedro incluso en ese terreno, sirviéndose en la tercera pregunta no ya de la palabra "agapein", sino de la que el mismo Pedro había empleado para expresar su adhesión ("philein"): "¿Sientes realmente apego hacia Mí?" Este cambio repentino de tono y de vocabulario desconcierta a Pedro: ¿es que Cristo ponía también en duda su adhesión y su afecto ("philein")? Pedro tiene quizá apego hacia su Maestro y está perfectamente dispuesto a tener el "agapê", una verdadera "caridad". Pero a él le toca probarla con el ejercicio de su primado y la forma en que amará a los corderos y a las ovejas del Señor.
La revelación del amor ("agapê") hecha por Cristo en su muerte (Jn 15, 14) tiene de ahora en adelante su institución propia: la Iglesia conducida por Pedro se convierte en el sacramento visible del "agapê" del Salvador. Que el pastor ame a las ovejas como conviene y entonces se le ofrecerá al mundo el signo del amor de Cristo hacia los hombres. El primado no es, pues, una recompensa concedida al amor eventual de Pedro hacia su Maestro; es una institución que significa el amor de Cristo hacia los hombres.
MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA IV
MAROVA MADRID 1969.Pág. 81 ss.




2. Texto. Los versículos últimos del domingo pasado parecían poner fin al Evangelio. El autor ha añadido, sin embargo, un último relato, localizado en el lago Tiberíades, en un tiempo indeterminado después del domingo de resurrección. Este relato tiene en Pedro y en el discípulo amado a sus personajes centrales, como lo pone de manifiesto la continuidad del relato no recogida en el texto litúrgico.
No es la primera vez que Pedro y el discípulo amado aparecen juntos. Desde el cap. 13 es al menos la tercer vez que lo hacen.
En todas ellas el discípulo amado aventaja a Pedro en captar y entender la situación. Hoy es él quien reconoce al misterioso personaje de la orilla y quien se lo comunica a Pedro con una escueta frase: es el Señor. Es así, a instancias del discípulo amado, como Pedro se lanza al encuentro de Jesús.
Este encuentro culmina en un diálogo entre Jesús y Pedro. El autor construye este diálogo como contrarréplica a la triple negativa de Pedro a reconocerse discípulo de Jesús la noche en que Jesús fue arrestado. Si releemos ahora aquella escena caeremos en la cuenta de que el autor la sitúa en el patio interior de la residencia del sumo sacerdote, donde se encuentran justamente Jesús, Pedro y otro discípulo (ver. Jn 18, 15-16).
Este otro discípulo sin nombre, ¿no será el discípulo amado? Particularmente creo que sí. Esta hipótesis confirmaría lo que en otro caso es cierto en el cuarto Evangelio: el discípulo amado es el prototipo de discípulo de Jesús, estando siempre donde debe, por ejemplo, al pie de la cruz; captando y entendiendo las situaciones. Todo esto es la asignatura pendiente de Pedro. Así nos lo ha hecho saber el autor desde el cap. 13, es decir, desde el día de Jueves Santo: Lo que estoy haciendo, tú no lo entiendes ahora, lo comprenderás más tarde (Jn 13, 7). Ese más tarde es precisamente el relato de hoy, anunciado ya por el autor desde el cap. 13. De ahí la necesidad de este relato a pesar de que el Evangelio parecía estar ya terminado el domingo pasado. En este relato aprende Pedro la asignatura que tenía pendiente: ser discípulo de Jesús es amar a riesgo de la propia vida. Sígueme.
Resumiendo: el autor del cuarto Evangelio ha elaborado un relato eclesiológico altamente significativo.
Comentario. Frente a un modelo de Iglesia basado en la Jerarquía, el autor del cuarto Evangelio propone un modelo de Iglesia basado en la Comunidad creyente. La jerarquía deberá estar siempre a la escucha de la Comunidad creyente, si quiere saber por donde ir y si no quiere errar. Es la comunidad creyente quien capta y entiende las situaciones.
ALBERTO BENITO
DABAR 1989, 22




3. Texto. Pertenece al último capítulo del cuarto Evangelio. Mucho se ha escrito y se sigue escribiendo acerca del origen y motivos de este capítulo, que no todos los especialistas atribuyen al autor del Evangelio. Un dato, sin embargo resulta incontrovertible en el conjunto del capítulo: los dos protagonistas del mismo son el discípulo a quien Jesús quería y Pedro (tengamos en cuenta que el texto litúrgico no recoge la parte final, relativa al discípulo amado), los mismos que desde el capítulo 13 han aparecido reiteradamente juntos. No debería, pues, ponerse en duda que en este capítulo final es el propio autor del Evangelio quien vuelve a esta singular bina para esclarecer su sentido y razón de ser. Este capítulo final, a su vez, está anunciado desde el cap. 13, cuando a un Pedro reticente le dice Jesús: "Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde". El texto de hoy recoge ese "más tarde", poniendo punto final a una historia imperfecta de Pedro. Esta historia guarda relación con el seguimiento. El término aparece explícito en el último versículo en forma de invitación: Sígueme. Jesús había cuestionado el seguimiento de Pedro en un diálogo mantenido con él en Jn. 13, 36-38. Los hechos le iban a dar la razón: Pedro negará tres veces ser discípulo, es decir, seguidor de Jesús (cfr. Jn 18, 15-18. 25-27). El diálogo de hoy entre Jesús y Pedro está montado sobre esta triple negación, pero, ahora, Jesús ya no cuestiona el seguimiento de Pedro. La escena en la barca ha puesto de manifiesto la sinceridad y totalidad de su seguimiento actual. Apenas oye Pedro que el desconocido de la orilla es el Señor, se ciñe y se lanza al agua en pos de él. El término ceñirse (traducción litúrgica, atarse) está intencionadamente usado en la escena de la barca, preparando las palabras finales de Jesús a Pedro sobre el ceñimiento voluntario e impuesto. Como intencionada es la mención de las brasas preparadas por Jesús y que recuerdan, por contraste, las brasas de las negaciones, cuando Pedro se calentaba del frío reinante. Al calor de las brasas de Jesús comprende Pedro su programa de vida. En su último ejemplo de magisterio y señorío, Jesús ha preparado una comida, que él mismo distribuye.
Inevitablemente vienen a la mente las palabras de la última cena: Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis (Jn 13, 15). Pedro, al fin, ha terminado por comprender que amar a Jesús tiene como santo y seña hacer algo por los demás.
El otro protagonista del capítulo final (recuérdese que el texto litúrgico no lo incluye todo) es el discípulo a quien Jesús amaba. Una vez más destaca este discípulo como el que reconoce de inmediato a Jesús, aspecto este en el que supera a Pedro, aquí y en todos los pasajes en los que ambos aparecen juntos, El enigma de este discípulo estriba en que nunca se le menciona por su nombre. La identificación tradicional con Juan resulta francamente frágil y problemática. Indicios internos, sacados del propio Evangelio, favorecen incluso una identificación cambiante, según las escenas en que se le menciona. Ello explicaría la ausencia de nombre propio.
Lo significativo de este discípulo no es la identidad personal, sino su función: sintonizar con Jesús, ahondar en él, conocerle. Esta función no es exclusiva de una persona (de ahí la ausencia de un nombre propio), a diferencia de la de Pedro, que sí lo es. Discípulo preferido de Jesús es todo creyente en él; de ahí su permanencia hasta la vuelta de Jesús (véase Jn 21, 20-23).
Comentario. Como en los relatos pascuales de los dos domingos precedentes, también en éste el interés del autor del cuarto Evangelio es eclesiológico. Contra lo que en alguna ocasión se ha escrito, la concepción eclesiológica del cuarto Evangelio es jerárquica. No se pueden pasar por alto la colación de una autoridad por parte del Señor Jesús ni, por ende, una participación de Pedro en la misión asignada por el Padre a Jesús de guardar y guiar a los creyentes.
Pero tampoco se puede pasar por alto la integración de la estructura jerárquica dentro de un marco y una savia más importantes y fundamentales que la propia jerarquía. En la fe no hay jerarquía. El cuarto Evangelio es rotundo en este punto, precisamente a través del discípulo a quien Jesús amaba. Puede que incluso nos resulte chocante su insistencia en colocar a este discípulo por encima de Pedro en lo tocante a conocer a Jesús. Su mensaje es claro: la necesaria función jerárquica debe estar en sintonía con la fe de los creyentes y no a la inversa.
ALBERTO BENITO
DABAR 1992, 27




4. ¿Cuál es la intención del autor al escribir esta especie de apéndice, cuyo sentido sólo se encuentra en la totalidad del c. 21? Por un lado, hay que decir que, insertado en el cuadro de las apariciones pascuales, no muestra su interés tanto en ellas directamente cuanto en dos testigos de los hechos: Pedro y el discípulo preferido de Jesús. Dentro del c. 21, la aparición de Jesús es el pretexto para hablar de estas dos personas.
Es más, no se muestra el testimonio de esas dos personas en su dimensión individual, sino más bien en una dimensión representativa: Pedro representa la autoridad; el discípulo amado de Jesús, la base comunitaria. Naturalmente, hay que añadir que estas observaciones no se deducen del texto que escuchamos, sino del conjunto de textos en que aparecen ambos personajes.
Según el autor, la base comunitaria es quien descubre antes a Jesús, y la autoridad es la que debe estar a la escucha de la primera. En la intención del autor, los versículos 15-19 remiten a las tres negaciones de Pedro (cf. /Jn/18/15-18. 25-27). Si leemos atentamente el relato de las negaciones según el evangelio de Juan, descubrimos que éstas tienen lugar una vez que el discípulo preferido de Jesús desaparece de la escena tras haber introducido a Pedro en el palacio del sumo sacerdote (cf. Jn 18, 15-16). ¿Qué significa esto? No puede la autoridad actuar al margen de la base comunitaria.
EUCARISTÍA 1989, 17




5. Este último capítulo de Juan es considerado como un apéndice. Podría pensarse en un complemento redactado por sus discípulos. Por lo mismo este relato hay que considerarlo como una elaboración posterior del hecho de la resurreción, y esto por dos razones principales: primeramente por la tendencia a construir largos diálogos con el resucitado, a diferencia de las narraciones primeras sencillas e incisivas (Jn 20, 1-2), y en segundo lugar por echar mano para construir el relato de elementos ya elaborados (Pedro como líder, el mismo alimento que en la multiplicación de los panes, etc). De todos modos, la intención es clara: siete discípulos han hecho una fuerte experiencia del resucitado. Entre ellos, Natanael (prototipo del israelita que quiere acercarse a Dios, cf Jn 1, 44ss) y Tomás el mellizo (prototipo del que tiene dificultades para creer, cf. Jn 20, 24ss). La presencia viva de Jesús ayuda al creyente a vencer las dificultades inherentes a la fe. Jesús sigue presente hoy como ayer al borde del lago. Como en 20, 3-10, el discípulo de verdad es el primero en reconocer al Señor y avisa a Pedro. Si en 20, 3-10 el recurso a la Escritura es signo de elaboración tardía, aquí el querer presentar a Pedro como el que lleva la iniciativa (cuestión amplia en los v. 15-19), sabiendo, como sabemos, las dificultades que hubo en la primitiva comunidad de Jerusalén para aceptar la figura de Pedro, es también signo de elaboración posterior. Aun así seguimos manteniendo, y más aún con el testimonio de Pablo (1 Cor 15, 5), que Pedro fue uno de los primeros en vivir la experiencia pascual. Parece acertado afirmar que Pedro es designado como primero de los Apóstoles desde la Iglesia primera.
La experiencia pascual de los discípulos llega hasta el cristiano de hoy en un contexto de Iglesia. EU/EXP-RS: Aquí hay quizás un alusión a la comida eucarística (cf. 6, 1-13), ya que aquí Jesús no come nada (en Lc 22, 42s come para probar la veracidad de la resurrección), sino que distribuye el pan y el pescado. Los discípulos quedan invitados a participar del alimento que les ofrece el Señor resucitado. La celebración de la comida eucarística, eucaristía de culto y eucaristía de vida, es para el cristiano el lugar cumbre de la vivencia de la resurrección.
Este verso redaccional une este capítulo con el precedente, aunque no tiene en cuenta la aparición a María Magdalena, lo que da otra prueba de su elaboración tardía. Efectivamente la aparición a la Magdalena (cf. Jn 20, 1-2) es probablemente el más antiguo relato de resurrección. Sin embargo, no constituía casi ninguna "prueba" para la iglesia primera, ya que una aparición a una mujer no era cosa de gran valor. Podemos decir que el evangelio manifiesta su sencillez hasta en el hecho de la resurrección. El evangelio, desde el principio hasta el final, sólo lo comprenden los sencillos y los pobres.
EUCARISTÍA 1977, 21




6. -El capítulo 21 parece que se trata de un suplemento al evangelio, que terminaba en 20,30-31. Ahora bien, su contenido está estrechamente conectado con los temas del evangelio juánico, y debemos atribuirlo a un discípulo del evangelista que quiere completar el evangelio con una referencia a la vida de la Iglesia.
-"Simón Pedro les dice: Me voy a pescar": Pedro está en un primer plano. Podríamos preguntarnos si no estamos ante la narración de la primera aparición de Jesús a Pedro, que nos cuenta san Pablo en 1 Co 15,5. Pedro, después del fracaso de Jerusalén, ha regresado a su antigua vida de pescador junto con los otros discípulos.
-"Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús": Ya que es un capítulo independiente, no nos debe sorprender que los discípulos no le reconocieran, pese a que ya antes se les había aparecido dos veces. En la intención primera de la narración se trata de la primera aparición de Jesús resucitado, pero tal como está en la relación del evangelio y como nos lo clarifica el mismo redactor: "esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos". En estrecha conexión con esta escena, debemos situar las de Mt 14, 28-32 (Jesús caminando sobre el agua), Mt 16, 16b-19 (confesión de Pedro), Lc 5, 1-11 (pesca milagrosa): son narraciones que hallamos en el contexto de la vida pública de Jesús, pero que tienen una fuerte resonancia pascual.
-"Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis": Jesús resucitado tiene un conocimiento nuevo de las realidades y los discípulos deben obedecerle, pues sin él ningún éxito pueden lograr. Después arrastran la red con 153 peces grandes.
Ciertamente hay un elemento simbólico: Jesús resucitado cumple su promesa de atraer a todos los hombres hacia él a través del trabajo apostólico, bajo la dirección de Pedro. El dato concreto de 153 peces puede tratarse de un detalle transmitido por el testimonio del discípulo amado, que está en la base de este evangelio. Pero desde los primeros siglos, se interpretó como una referencia a la reunión de los hombres a través de la proclamación del mensaje.
-"Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?": la segunda parte de la lectura contiene las tres cuestiones a Pedro, en contraste con las tres negaciones. Ahora Pedro queda rehabilitado, por el amor logrará la condición de discípulo y de apóstol: "Apacienta mis corderos". La imagen del pastor indica siempre una misión de autoridad y de gobierno. En este caso según el amor. Así como Jesús es el buen pastor y ha sido enviado por el Padre, Jesús envía a los discípulos con una misión parecida. Pedro debe conducir las ovejas del único pastor, Cristo, con el amor. San Agustín comenta: "Cuida mis ovejas, como si fueran mías, no tuyas".
JOAN NASPLEDA
MISA DOMINICAL 1989, 8




7. El cap. 21 de San Juan plantea ciertos problemas de autenticidad y muchos exegetas descubren en él la mano de San Lucas o de un discípulo de Juan. Pero nadie discute su canonicidad, y algunos le atribuyen tanta más importancia cuanto que ven en él las huellas de una de las más antiguas tradiciones sobre las apariciones del Señor.
El relato de esta aparición sigue los procedimientos redaccionales del relato de las demás apariciones: alusión a la incredulidad de los apóstoles (vv. 4-7, 12), pruebas de la resurrección (v. 13), transmisión de los poderes que asegurarán la presencia del Resucitado en la Iglesia (v. 11).
a) La descripción de la incredulidad de los apóstoles tiene como finalidad probar que la resurrección no ha sido el producto de su imaginación ni la construcción de su mente. Por otro lado, Cristo no se aparece a unos discípulos en oración o en espera de un hecho extraordinario, sino a pescadores que han vuelto a sus quehaceres. Y precisamente en medio de ese trabajo cotidiano es donde el hecho de la resurrección se impone a los apóstoles.
Jesús se les aparece primero como un extraño que tiene hambre y pide pescado. Ya en otras ocasiones se había presentado así a sus apóstoles (Jn 4, 8, 31-32) y a una mujer de Samaria (Jn 4, 7-10) para hacerles caminar después hacia la fe. Así, en el momento en que los apóstoles no pueden proporcionarle pescado (v. 5), Jesús les da en plenitud (vv. 6, 11) para convencerlos de que tiene el secreto de un alimento distinto del alimento material. NU/000153-PECES: La cifra de 153 peces podría quizá hacer alusión a la plenitud paradisíaca de la pesca prevista por Ez 47, 10. Se trata, de todas maneras, de una idea de plenitud sobrenatural (153 es la suma de las 17 primeras cifras) que solo un Mesías puede otorgar.
El Señor se presenta, pues, como el que puede llevar hasta la plenitud el esfuerzo y el trabajo del hombre. Consciente de esta función del Mesías, los apóstoles pasan insensiblemente de la incredulidad a la fe. b) Las pruebas corporales de la resurrección se han sacado muchas veces del hecho de que Cristo resucitado ha compartido comidas con los suyos (Lc 24, 41). Cabe presentar que lo mismo iba a suceder aquí en donde Cristo prepara y sirve la comida a los suyos. Pero esta simple prueba física es valorada por el redactor como un signo sacramental. El hecho de tomar el pan y de distribuirlo (v. 13) recuerda demasiado directamente la Eucaristía como para que este banquete no adquiera una significación mucho más profunda que una simple prueba corporal de la resurrección: Cristo está de ahora en adelante entre los suyos a través de la mediación del banquete eucarístico. Esta impresión se ve forzada por el hecho de que el relato no dice que Cristo haya comido: se limita a distribuir el alimento. El hecho de distribuir el pescado tiene pues, una significación sacramental: el judaísmo se imaginaba, por otro lado, el banquete mesiánico como un banquete de victoria en el que los justos comerían los trozos del monstruo marino despiezado. La victoria sobre el mal ha sido definitivamente lograda por Cristo y la comida de pescado hace que los apóstoles se beneficien de ese triunfo.
c) Pero la pesca milagrosa adquiere otros significado más elevado. Mientras que en al versión de Lc 5, 4-7, las redes de pescar iban a romperse, el relato de Jn 21, 11 subraya, por el contrario, que la red fuertemente cargada no se rompió a pesar de todo. Puede verse ahí la imagen de la unidad de la Iglesia, lo mismo que lo era la túnica inconsútil de Jn 19, 23. Serviría de introducción a la inteligencia de la misión jerárquica confiada a Pedro en los versículos siguientes (Jn 21, 15-17).
Las apariciones de Cristo resucitado están atestiguadas con tanta frecuencia y por fuentes distintas como para que puedan ser puestas en duda. Jesús ha demostrado realmente su corporeidad a sus apóstoles durante los días que siguieron a su muerte, y esa revelación es, en gran parte, el origen de la fe de los apóstoles: Cristo está todavía presente en medio de ellos. Pero sigue siendo cierto que esas apariciones solo fueron comprendidas en el seno mismo de la actitud de fe: desembocan en un misterio; no son más que el camino de acceso.
Cuando se pretende comprender el modo de esas apariciones, se encuentra uno, en efecto, llevado a formular interrogantes que no pueden formularse correctamente sino dentro mismo de la actitud de fe.
Jesús aparece en su cuerpo... y se trata justamente de su cuerpo porque una persona humana no puede revestirse de varios cuerpos diferentes... Conciencia y carne son elementos demasiado unidos como para que puedan desinteresarse uno de otro. Ahora bien: la resurrección de Jesús no es una simple reanimación como la de Lázaro: el cuerpo de Jesús resucitado ha entrado en un modo de existencia diferente del modo terrestre: está, para emplear el lenguaje mítico judío, "sentado a la diestra del Padre". Jesús resucitado tiene un cuerpo, pero este cuerpo es completamente diferente del que tenía durante su vida terrestre. No puede decirse nada más... Pero hay que tener en cuenta que algunos relatos de apariciones subrayan esta diferencia: Magdalena toma a Jesús por el jardinero, los pescadores del lago se preguntan sobre la personalidad de quien se les presenta en la orilla.
Cuando Tomás reclama ver y tocar el cuerpo de Jesús marcado por las señales de su pasión, se procede inmediatamente a hacerle comprender que ese afán por encontrar una continuidad absoluta entre la corporeidad antigua de Jesús y la nueva es una vanidad que, en cualquiera de los casos, no conduce a la fe.
J/RSD/CUERPO: La aparición de Jesús en su cuerpo es, pues, la experiencia de su corporeidad por encima de la muerte y la experiencia de otro tipo de corporeidad. Ante unos ojos humanos, esta radical novedad del cuerpo de Jesús no podía ser revelada sino de forma muy modesta.
Jesús no ha podido presentarse sino en una corporeidad todavía terrestre para evidenciar su nueva corporeidad: es decir, que los apóstoles no vieron el cuerpo de Cristo en su situación de resucitado en plenitud; una especie de kenosis condicionó el esplendor de ese cuerpo para reducirlo a un simple signo real, una invitación a penetrar en el misterio.
En este sentido, las apariciones son pruebas, pero unas pruebas que no se agotan en sí mismas, que no cierran la investigación, sino que la proyectan hacia el misterio y hacia la fe.
Las apariciones de Jesús en cuerpo no son, por otro lado, la experiencia de un cuerpo-objeto que puede ser contemplado. El cuerpo es el instrumento por excelencia de la relación, y las apariciones del Resucitado desembocan ante todo en experiencias de relación y diálogo: muchas veces quedan selladas en un banquete, y Jesús hace, mucho más aún que a lo largo de su vida terrestre, que los suyos participen con El de su deseo de relación universal y de su ambición de presencia en todas las cosas y en todos los hombres.
Ver el cuerpo de Cristo resucitado no es para los apóstoles una simple visión pasiva de un objeto, sino que es una misteriosa llamada a una misión: hacer a Jesús efectivamente presente en todos los momentos y en todos los hombres del mundo futuro. Puede, pues, decirse que las apariciones corporales de Jesús han sido reales, pero entonces hay que añadir que esa realidad no se agota sino en la experiencia de fe y en la experiencia mística del misterio de un hombre resucitado.
MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA IV
MAROVA MADRID 1969.Pág. 19




8. Tres observaciones previas de carácter literario: primera, estos versículos son un apéndice a la obra. Esta termina en 20, 30-31; segunda, este apéndice ha sido escrito por el propio autor de la obra; tercera, los versículos de hoy sólo adquieren sentido en la totalidad del capítulo 21. ¿Qué le ha podido mover al autor a añadir este capítulo? Formalmente, el capítulo se inserta en el cuadro de las apariciones pascuales (cfr. v. 14). Pero si nos fijamos atentamente descubrimos que el centro de interés del autor no gira tanto en torno a la aparición de Jesús cuanto a dos de los testigos del hecho, Pedro y el discípulo preferido de Jesús. En el conjunto del cap. 21, la aparición de Jesús es el pretexto para hablar de estas dos personas.
Estas dos personas no funcionan a título individual, sino a título representativo: Pedro representa a la autoridad; el discípulo preferido, a la base comunitaria. (Evidentemente esto no se deduce de este texto, sino del conjunto de textos en que aparecen Pedro y el discípulo preferido de Jesús).
Según el autor del cap. 21, es la base comunitaria quien descubre antes a Jesús (v. 7; cfr. Jn. 20, 1-10). La autoridad debe estar a la escucha de la base comunitaria. En la intención del autor, los versículos 15-19 remiten a las tres negaciones de Pedro (cfr. Jn. 18, 15-18. 25-27). Si leemos atentamente el relato de las negaciones según el cuarto evangelio, descubrimos que éstas tienen lugar una vez que el discípulo preferido de Jesús desaparece de las escenas tras haber introducido a Pedro en el palacio del sumo sacerdote (cfr. Jn. 18, 15-16). ¿Qué significa esto? Cuando la autoridad actúa al margen de la base comunitaria, desbarra.
DABAR 1977, 30




En la Sagrada Escritura nos es dado encontrar la significación mística de muchos nombres geográficos, que la divina sabiduría ha puesto allí adrede. Todas las tierras y mares, ciudades y campos, ríos y montes a que estuvo ineludiblemente unida la acción salvadora de Dios al tener ésta lugar en el espacio y tiempo terrenal, reciben un nuevo sentido místico en la celebración litúrgica de estos mismos acontecimientos redentores. No hacen sino transparentar el mundo divino del más allá, en el que no existen espacio ni tiempo. Al igual que todo el resto de las cosas creadas, las que nos ocupan nos ponen en la mano el medio de poder expresar la obra maravillosa de Dios, de decir lo indecible con palabras humanas. Todas las estaciones de la vida de Cristo, todo el camino temporal de la Iglesia, así como el curso anual de su liturgia, se designan por medio de nombres tan populares en la geografía bíblica y tan señalados en el mapa místico, que resultan para los fieles un seguro indicador en su ascensión hacia el monte de Dios.
¿Quién de entre nosotros ignora haber sido sacado del "Egipto", del país en que se sirve al "yo" divinizado; haber atravesado el "mar" del Bautismo y estar ahora caminando a través del "desierto" de la vida temporal, camino de Canaán, la "tierra prometida" de la eternidad? Y ¿quién no sabe también que con Cristo, nuestra cabeza, hemos penetrado ya en esta tierra de promisión? Lo que resulta imposible en el dominio natural es aquí un hecho. Fijémonos ahora en dos puntos de este mapa místico. Nuestra trabajosa vida mortal ha de transcurrir, para nosotros, en el "desierto"; pero en la sagrada liturgia y por medio de nuestro morir con Cristo traspasamos constantemente los límites de la muerte, que son los que nos separan de la "Tierra de Promisión" del cielo.
Por eso, la liturgia de esta semana canta la felicidad pascual de los recién bautizados y de todos los regenerados en Cristo, comparándola a la entrada "en la tierra que mana leche y miel" y al bendito gustar su sobreabundante fruto (/Ex/13/05/09; introito del lunes de Pascua).
Pero la Iglesia sabe aún otro nombre que conviene muy bien al paisaje de Pascua por el que el Resucitado camina con los suyos.
"Después de resucitado os precederá a Galilea", había prometido Jesús a sus discípulos la tarde anterior a su pasión. Después de su resurrección hace que el Ángel encargue a las mujeres recordarles lo que El había predicho: "Id a decir a sus discípulos y a Pedro que os precederá a Galilea". ¿Se refiere Jesús a la Galilea terrestre? No lo parece. Algunos evangelistas no nos refieren ningún hecho especial que tuviese lugar en un encuentro del Resucitado con sus discípulos en Galilea; sólo hablan de Jerusalén; entre ellos Marcos, quien, por otra parte, es el que repite varias veces la promesa del Señor: "Os precederá a Galilea". Esto resulta un tanto extraño y ha de servirnos de aviso para no querer interpretar al pie de la letra las descripciones de lugar, sino más bien buscarles su sentido místico. Es evidente lo que Galilea significaba para la vida terrena de Jesús. Era allí donde había transcurrido toda su infancia y juventud; fue el escenario de su primer milagro y donde entabló familiares relaciones con sus primeros discípulos. En Galilea se encontraba Caná, con la casa de aquellas bodas de un tan grande significado místico, y Cafarnaún, su ciudad. Galilea había sido el escenario de su vida de peregrino, llena de privaciones, pero también de alegrías. Allí susurraba el lago de Genezaret las palabras de su Buena Nueva; estaban allí los montes donde, por la noche, se recogía para orar; allí, con humilde fe, se acercaron a El los primeros gentiles. Cierto que también en Galilea tuvo fracasos y encontró enemistades; la misma Nazaret quiso apedrear al Señor. Asimismo hubo de lamentarse respecto a Betsaida y Corozaín. Pero, a pesar de todo, Galilea era para El patria y asilo.
Judea, por el contrario, era el escenario de sus acaloradas discusiones con los fariseos. Allí le perseguían el odio y la envidia; allí, por doquier le rodeaba la muerte. Se encontraba allí Jerusalén, la ciudad de sus sufrimientos, y el Gólgota, el lugar de su crucifixión. Por esto en la hora de la despedida, al enfrentarse con la muerte, el nombre de "Galilea" había de servir de consuelo para los discípulos.
Cuando me veáis después de mi resurrección, quiere significar Jesús, será en una tierra que se parezca mucho a Galilea terrenal.
Allí estaremos reunidos como en aquellos primeros días felices de vuestra vocación, y disfrutando de una alegría aún mayor; lejos de toda disputa y de toda contienda, apartados de la muerte y el sufrimiento. Allá celebraremos un banquete como en Caná, y entonces será el momento de la verdadera boda. Estaréis unidos y compenetrados conmigo de una manera que ahora no podéis imaginaros.
El relato del evangelio de hoy, que se desarrolla en Galilea, en el lago de Genesaret, confirma esta interpretación. Los discípulos están pescando en el mar, lo mismo que en los antiguos días. Y otra vez, como entonces, han estado trabajando durante largas horas por la noche sin haber conseguido pescar nada. En esto es donde se descubre, precisamente, el simbolismo del suceso. Los discípulos se esfuerzan vanamente, sumidos todavía en la noche temporal y en un cierto oscurecimiento del espíritu, que la luz de la resurrección no ha conseguido disipar por completo.
Están aún envueltos en el mar vacilante del tiempo y de la duda de su corazón. Pero va a amanecer, y Jesús aparece en la orilla con el sol que sale de Oriente. Los llama, los ayuda y consuela en sus necesidades temporales y les aclara las dudas de su corazón. A su palabra se repite el milagro anterior de la pesca milagrosa, y en esto lo reconocen. Y ahora es cuando acontece lo nuevo: no es El quien va a ellos, sino que es Pedro quien se arroja al mar y se lanza hacia el Señor. Esto es altamente simbólico y cambia por completo la relación entre el Resucitado y sus discípulos. En otra ocasión se había acercado a ellos sobre las olas inseguras de la vida temporal; ahora ya los espera en la orilla de la eternidad y ellos se esfuerzan para dejar el mar del tiempo.
PEZ/Ichthys: Pasando por el mar del sufrimiento y del bautismo de muerte, los discípulos seguirán a su Maestro por la tierra firme de la resurrección. Y allí, lo mismo que ahora en la paz matutina del lago de Tiberíades, se reunirán para el banquete celestial. Se sentará con ellos en la mesa y comerán del "pez de los vivos", que se entregó por ellos al fuego de la muerte terrena, para convertirse en el alimento de su inmortalidad. El sol de la divina presencia iluminará su banquete y se escuchará el murmullo del amor divino. El lo será todo, como en esa mañana primaveral de la Galilea terrestre. Estarán tan seguros de que es el Señor, que no necesitarán hacerle ninguna pregunta más, y, lo mismo que hoy, El les llamará "muchachos". Entonces habrá alcanzado la perfección su nueva infancia, que ahora acaba de comenzar, y entrarán en El, como perfectos hijos de Dios, a tomar posesión de la herencia del Padre. (...) El Señor que ahora les invita a comer, es el mismo que ha de llamarles, en el día de mañana, a participar de su reino celestial. "Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo".
Este es el profundo y misterioso sentido de este suceso del lago de Tiberíades. San Agustín interpreta "Galilea" como "revelatio", es decir, "revelación", y equipara la Galilea de la resurrección con la vida futura en el otro mundo (San Agustín:: De consensu Evang. 3, 86). Pero es más: la liturgia del tiempo de Pascua abarca todo ese futuro como cosa ya presente. No es tan sólo como una representación, sino como realidad y verdad. En la solemnidad pascual hemos muerto y resucitado con Cristo, hemos subido a lo "alto", a la "Galilea" celestial. Hemos pasado por las mismas experiencias del Señor. Pero, también como ellos, estamos débiles en la fe, no acabamos de estar convencidos del "paso" redentor y de la completa transformación.
Nuestras raíces no están bien fijas aún en la orilla de la resurrección; aún nos dejamos impulsar por las preocupaciones diarias y las ansias de este mundo y nos ahogamos en el mar de las dudas y en la noche de la angustia infructuosa. Pero también, es cierto que sin cesar viene la mañana: la hora del milagro y de la nueva creación, la hora del sacrificio y del banquete. El sol de la presencia de Dios aparece cuando penetramos en el santuario: volvemos a ver la costa, de la que, en realidad, es imposible que nos apartemos por más que intenten forzarnos a ello las angustias y trabajos de la vida temporal. Y Jesús está en la orilla y nos llama.
No debería tener necesidad de llamarnos. ¡Por nosotros mismos deberíamos dirigir hacia allí nuestra débil barquilla, sacándola de los peligros de la noche de este mundo! Pero tiene piedad de nuestra debilidad y nos llama. Nos llama "muchachos", como para advertirnos que, una vez en el Bautismo y después repetidas veces en la santa celebración pascual, volvimos a nacer de su sepultura como hijos de Dios; estamos ya purificados de "todo antiguo resabio" de pecado y "transformados en una nueva criatura" (Poscomunión) inmortal como El, que "resucitado de entre los muertos ya no muere". "Muchachos", pregunta, "¿no tenéis a mano nada que comer?".
¿Para qué hacer esta pregunta si no es para que caigamos en la cuenta de nuestra miseria e impotencia para procurarnos el alimento de la inmortalidad, que precisamos para que pueda crecer en nosotros la vida espiritual que ahora acaba de nacer? ¿Para qué preguntar si no es para dársenos El mismo como alimento en el banquete de la Eucaristía, simbolizado por la comida matinal de los discípulos en el mar de Galilea, y también para significar el banquete de la gloria en la Galilea celestial? Fijaos: tiene preparado el pez que también allí, en la gloria, ha de ser nuestro alimento. Es El quien por nosotros sale del océano inmenso del amor divino y se deja prender y matar de los hombres para así convertirse en nuestra comida matinal de la resurrección (1).
Para saciarnos nos da "Pan del cielo", el alimento de los ángeles; divina presencia que, para ellos, está al descubierto, pero que no por eso deja de estar para nosotros bajo el velo de la figura simbólica. Desde la orilla eterna, desde el altar del sacrificio nos llama la voz del glorificado: "¡Venid y comed!"; y tanto para nosotros como para los discípulos no quiere decir esto sino: "Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo". Pues "comer" con Cristo resucitado es participar del manjar sacrificial de su santa carne y sangre; "reinar" con El "ya en vida". Es no permanecer en el mar del error, sino estar con El en la orilla de la Galilea de Dios. Galilea es el lugar de la revelación, la tierra de la resurrección e inmortalidad; en este país es donde nos introduce Cristo. País a un mismo tiempo presente y futuro. Galilea es donde los discípulos se reunieron después de la resurrección del Señor y donde lo reconocieron al compartir con El la comida.
Galilea es la Iglesia; allí, en el sacrificio y en los Sacramentos, en la oración y en la lectura de la Sagrada Escritura, resplandece el "añorado rostro" de Cristo en su glorificación pascual. Galilea es la Eternidad, donde nosotros podremos contemplar gloriosamente a Aquel que ahora vemos encubierto en el santo sacrificio eucarístico; pero de quien tenemos una certeza tal, que nadie se atreve a preguntar: "¿Tú, quién eres?", ya que todos sabemos muy bien "que es el Señor".
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(1) Los antiguos cristianos consideraban el pez como símbolo de Cristo, ya que el nombre griego de "pez", Ichthys, tenía las letras iniciales griegas de "Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador.
EMILIANA LÖHR
EL AÑO DEL SEÑOR
EL MISTERIO DE CRISTO EN EL AÑO LITURGICO II
EDIC.GUADARRAMA MADRID 1962.Pág. 109 ss.




Los discípulos están juntos. Forman comunidad. Se nombra, en primer lugar, a Simón Pedro, que será figura central en este episodio y en la continuación del relato. Se nombra también a Tomás, que había pasado de la incredulidad a la adhesión incondicional a Jesús y se vuelve a traducir su nombre: el Mellizo. El significado se deduce de la frase de Tomás, que está dispuesto a morir con Jesús (no como Pedro que quería morir por Jesús 13, 37). Este discípulo, dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte representa ese aspecto de la comunidad unida a Jesús y dispuesta a correr su misma suerte: es el doble (mellizo) de Jesús. El que estaba dispuesto a morir con Jesús (11, 16), sabe ahora adónde conduce esa muerte (14,5: Tomás le dijo: No sabemos adónde te marchas ¿cómo podemos saber el camino?.- 20, 28: ¡Señor mío y Dios mío!
El tercer discípulo nombrado es Natanael. No había aparecido en el evangelio desde la escena de su llamada. Es la figura de Israel fiel a las promesas que esperaba el Mesías. Son siete los discípulos presentes. No se hace alusión a los doce. Doce es el número que señala a la comunidad en cuanto heredera de las promesas de Israel. (Ver la oposición entre las cifras 12 y 7: para designar al pueblo judío -12 tribus- y a los pueblos paganos -70 pueblos-,Mateos-Barreto, El Evangelio de Juan, Cristiandad, Madrid 1982, nota de la pág. 894). Ahora la comunidad está representada por otro número: el siete, el de la totalidad, que, referido a pueblos, indica la totalidad de las naciones y hace, por tanto, referencia directa a los paganos. Es ahora la comunidad de Jesús en cuanto abierta a todos los hombres, a los que estaba destinado su mensaje. La nueva comunidad, que ha reconocido su origen en el antiguo Israel de las promesas, renuncia a todo particularismo y reconoce su misión universal.
"Simón Pedro les dice: Me voy a pescar. Ellos contestan: vamos también nosotros contigo". Bajo la imagen de la pesca se representa la misión de la comunidad. La figura de Pedro en posición sobresaliente es una indicación sobre la importancia de Pedro para la vida de la comunidad. La figura de Pedro resulta particularmente determinante para que en la comunidad madure la disponibilidad a la colaboración. "Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada". Esta precisión temporal "aquella noche", es de gran importancia para comprender la escena. Esta mención de la noche, en relación con el trabajo de los discípulos, está en relación con estas palabras de Jesús: "tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo" (Jn 9, 4-5). La noche significa, por tanto, la ausencia de Jesús, luz del mundo, que hace infecundo todo trabajo. 
"Estaba ya amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús". La llegada de la mañana coincide con la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje comenzado con la mención de la noche; Jesús es luz del mundo, su presencia es el día que permite trabajar realizando las obras del Padre (9, 4).
"Jesús les dice: Muchachos ¿tenéis pescado? Ellos contestaron: no". La mala traducción litúrgica no ayuda a descubrir el sentido profundo del texto. La traducción literal es: ¿tenéis algo para acompañar el pan? Lo que nosotros llamamos el companage, que ordinariamente era pescado, pero este matiz de "añadido al pan" es importante en el desarrollo de la escena.
"El les dice: echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. La echaron, y no tenían fuerzas para sacarlas, por la multitud de peces".
La obediencia a la palabra de Jesús, la fidelidad a su mensaje, es la condición necesaria para que el trabajo apostólico tenga fruto. "Y aquel discípulo a quien Jesús quería le dice a Pedro: Es el Señor". Es el discípulo que sigue a Jesús y vive con él. Es su confidente en la cena, el que lo acompaña hasta la muerte, da testimonio de su gloria, reconoce su resurrección y percibe su presencia en la comunidad. Entra con Pedro en el sepulcro y ante las mismas señales, sólo este discípulo creyó que Jesús vivía. Ante la misma pesca, él descubre la presencia del Señor y Pedro no. Solamente el que tiene experiencia del amor de Jesús sabe leer las señales. Este discípulo sabe que la fecundidad de la misión es señal de que Jesús está presente.
"Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba dormido, se ató la túnica y se echó al agua". Pedro no había descubierto que la causa de la fecundidad apostólica era la obediencia a la palabra de Jesús, pero al oír lo que le dice el otro discípulo, comprende. Para indicar el cambio de actitud de Pedro, el autor utiliza un lenguaje simbólico sumamente denso.
En primer lugar, hay un juego de vestido-desnudez; en segundo lugar, la acción de tirarse el agua. La desnudez de Pedro indica que carece del vestido propio del discípulo. "Se ciñó la túnica". Juan emplea la misma expresión de la cena, cuando Jesús se ató el paño que significaba su servicio hasta la muerte. Pedro va desnudo porque no ha adoptado la actitud de Jesús, por eso no ha producido fruto alguno la misión. Esta era la desnudez de Pedro: no haber aceptado la muerte de Jesús como expresión suprema del amor y haberla tomado por norma.
Ahora, finalmente, comprende. Se ata aquella prenda como Jesús se había atado el paño para servir. Y para expresar su disposición a dar la vida, se tira al agua. Muestra estar dispuesto al servicio total hasta la muerte. Pedro es el único que se tira al mar, por ser el único que ha de rectificar su conducta anterior; los demás no habían resistido como él el amor de Jesús ni lo habían negado.
"Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan". En la tierra, lo primero que ven es la comida que Jesús ha preparado, expresión de su amor a ellos. Jesús sigue siendo el amigo que se pone al servicio de los suyos. La eucaristía es el don de Jesús a sus amigos. El pan de vida es su carne, dada para que el mundo viva. Ese es el alimento que ahora ofrece. Después de haber dado su vida, puede dar su pan, que es él mismo.
"Jesús les dice: traed de los peces que acabáis de coger". El alimento que ven y que Jesús ha preparado es distinto del que ellos han obtenido por indicación suya. Este último es fruto de su trabajo, el que encuentran preparado es don gratuito. Existen, por tanto, dos alimentos: el que da directamente Jesús, y el que se obtiene respondiendo a su mensaje. El alimento que Jesús ofrece y el que presentan los discípulos se convierte en "nuestro" alimento; el alimento de la comunidad con Jesús. "Bendito seas, Señor, Dios del universo por este pan -fruto de la tierra y del trabajo del hombre-, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida".
153-PECES: número de especies distintas de peces conocidas por ellos, expertos pescadores, dice ·Jerónimo-SAN. Todos los hombres de la tierra están llamados a entrar en esa red, sin que se rompa, porque la Iglesia de Cristo ha de conservar su unidad.
Jesús les dice: venid, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos. La definitiva, la que va a durar para siempre. Por eso, esta manifestación es modelo para la vida de la comunidad. Esta tercera vez es todo un programa para la vida de la comunidad en su misión en el mundo y en la eucaristía.




Este pasaje es el argumento bíblico más importante y decisivo sobre el primado de Pedro en la Iglesia universal. El diálogo se sitúa en lo que más interesa: el amor. Sólo el que ama con humildad puede enseñar a amar, puede enseñar a ser cristiano. Después de la comida se habían puesto los dos a caminar. Hace tiempo que no se encontraban juntos. Habían pasado muchas cosas desde que sus dos miradas se cruzaron en el palacio de Caifás (Lc 22, 61), después de su triple negación. Jesús se lo había dicho, pero Pedro no quiso creerlo. Estaba completamente seguro de sí mismo, seguro de la amistad que le unía a Jesús.
Jesús había tenido amigos que le habían abandonado. Había sido muy duro... Pedro se había quedado. Sentía en torno a Jesús una gran hostilidad, y eso aumentaba su coraje, su fuerza, su amistad. Cuando a Jesús se le miraba con buenos ojos, cuando era bien recibido por la muchedumbre, era fácil decir: "Yo daré la vida por ti". Pero después se había convertido en un prisionero, en un hombre del que todos se burlaban y al que iban a condenar a muerte. Y Pedro tuvo miedo de ser detenido, temió por su vida. Y le negó las tres veces que Jesús la había anunciado.
Ahora están allí las dos, Jesús y Pedro, con la experiencia de tres años de amistad, con sus momentos buenos y malos. Teniendo detrás de sí ese acontecimiento inesperado: la muerte de Jesús en la cruz; y ese otro suceso aún más insospechado: su presencia de resucitado al lado de Pedro. "Al tercer día resucitaré". Pedro lo recuerda. Se lo había anunciado a todos. Pero ninguno había hecho caso: ninguno había creído tal cosa. Sin embargo, todo había sucedido como él les había profetizado.
Y Jesús pregunta a Pedro: "¿Me ama? Es el amigo que quiere saber, quiere estar seguro, como si tuviese necesidad de su apoyo, de su amistad, de su fidelidad; como si quisiera asegurarse de poder contar con él para siempre. Y Pedro responde: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero", conoce su debilidad y no se enorgullece ahora de su amor ni de su lealtad hacia Jesús. El, que conoce su corazón, sabe que lo ama de verdad.
Tres veces la pregunta de Jesús, como tres veces le había negado. Pedro no puede afirmar nada después de lo que ha sucedido, aunque ahora declare ser su amigo, quizá vuelva a negarle otra vez. Y Pedro mide su debilidad, se da cuenta de sus limitaciones, de su pobreza radical. A pesar de todo, quiere a Jesús, porque es su amigo, porque es todo para él. No puede explicarlo, pero es así. Y se remite al conocimiento que Jesús tiene de él; el puede juzgar de la veracidad de sus palabras.
A este hombre que conoce ahora su valía -es decir, lo poco que vale para ser fiel a ese amor de Jesús- Jesús le va a confiar la dirección de su propia misión: extender el amor por el mundo.
"Apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas". Jesús le confía lo que más quiere en el mundo, porque Pedro ha hablado esta vez no únicamente por sí mismo, sino por el Espíritu que está en él. Jesús le pide que el amor que le tiene a el lo demuestre en la entrega sin límites a los demás. El Pedro de la espada y de la violencia, el Pedro de las disputas y de las ambiciones por el primer puesto, tenía que morir para convertirse en el Pedro del amor, de la renuncia y de la entrega a los hermanos.




12. /Jn/21/01-14
El último capítulo del cuarto Evangelio se considera hoy como un apéndice, es decir, añadido posteriormente a la obra por un discípulo del autor. Pero, de hecho, se encuentra en todos los manuscritos más antiguos, excepto en uno siríaco. En cualquier caso, se trata de un fragmento en sintonía con la temática fundamental del evangelio, aunque resulta difícil de entenderlo plenamente sin recurrir a otros escritos del Nuevo Testamento. El texto de hoy reproduce dos escenas entrelazadas: una pesca milagrosa y una comida después de recoger los peces. El paralelo de la primera escena con el gesto milagroso de Jesús en Lc 5,1-11 hace pensar que se trata de la misma tradición fundamental, que luego se ha diversificado; esto permite al autor presentarla como una aparición de Jesús después de la resurrección (v 15). Por otra parte, el gesto de Jesús de tomar el pan y el pez y repartirlos ya lo conocemos por el capítulo 6 (la multiplicación de los panes y peces). De hecho, a la luz de este capítulo, la escena de hoy tiene necesariamente resonancias eucarísticas, aunque no sea ésta la finalidad del fragmento.
TRABAJO/PRESENCIA-J: Se ha visto en Jn 21,1-14 una presentación alegórica de la Iglesia: la barca, Pedro, los discípulos, el trabajo en equipo, los peces numerosos... Todos estos motivos presentan claras referencias a diversos lugares del NT en que se habla del trabajo de los misioneros y de la guía de Pedro. Por otra parte, el simbolismo no resulta extraño a este Evangelio. Ahora bien: suponiendo que se trata de un apéndice, ¿qué sentido tendría este fragmento en el conjunto de la obra joánica? ¿En qué pensaría el lector, de entrada, si leyera este fragmento a la luz de todo el Evangelio? Indudablemente, la presencia central de Jesús y su nueva forma de presencia (Jn 20) nos llevarían a definir esta escena como una escena de reconocimiento: «¡Es el Señor!» (7). La nueva forma de la presencia de Jesús no va por caminos de brillo y poder. Ni siquiera por caminos de situaciones extraordinarias. Más bien en el trabajo duro e infructuoso de cada día; en la tarea oscura y monótona también es posible encontrar al Señor. De esta forma, el apéndice da también respuesta a la pregunta central del evangelio: Y tú, ¿quién eres?
ORIOL TUÑI, LA BIBLIA DIA A DIA, Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas, Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 890 s.



viernes, 1 de abril de 2016

LECTURAS Y COMENTARIO II DOMINGO DE PASCUA CICLO C - 3 FEBRERO 2916

QUE POR LA FE TENGA VIDA


ORACION COLECTA

Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de la fiesta pascuales, acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor  la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5,12-16

Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

SALMO RESPONSORIAL (117)

Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. 
Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. 
Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. R.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular 
Es el Señor quien lo ha hecho, 
ha sido un milagro patente. 
Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

Señor, danos la salvación;  Señor, danos prosperidad. 
Bendito el que viene en nombre del Señor, 
os bendecimos desde la casa del Señor; 
el Señor es Dios, él nos ilumina. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura del libro del Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19

Yo, Juan, su hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra, Dios, y haber dado testimonio de Jesús. Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente que decía: «Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las siete Iglesias de Asia.». Me volví a ver quién me hablaba, y, al volverme, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho. Al verlo, caí a sus pies como muerto. Él puso la mano derecha sobre mí y dijo: «No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde.».

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a ustedes.».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: «Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo.».
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados!, quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.».
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a ustedes.».
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.».
Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!».
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído?. Dichosos los que crean sin haber visto.».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

PLEGARIA UNIVERSAL

Señor, traemos ante ti todas nuestras increencias, rutinas, miedos, y muertes, porque queremos que nos ayudes a resucitar contigo. Y como santo Tomas repetimos: ¡Señor mío y Dios mío!

1.- Por la Iglesia, herida por tanta incoherencia, por tanto egoísmo, por tanta falsedad de parte de los de fuera de ella, pero también de parte de algunos que están dentro de ella, para que, viendo las marcas de la pasión de Cristo y la gloria de la Resurrección, aceptemos con humildad nuestro camino. ¡Señor mío y Dios mío!.

2.- Por el Papa Francisco, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, para que su coherencia, su perdón, su entrega. Hagan que todos lo que miramos hacia ellos podamos repetir la oración de Tomas. ¡Señor mío y Dios mío!.

3.- Por los pobres, los marginados los que sufren situaciones de injusticia, cuyas heridas producimos con la mayor naturalidad, para que al cruzarnos con ellos nos hagan cambiar  confiar en nuestro Dios y Señor. ¡Señor mío y Dios mío!.

4.- Por nosotros, para que seamos conscientes de que cuando hacemos daño a una persona estamos hiriendo al Hijo de Dios y arrepentidos elevemos nuestra plegaria. ¡Señor mío y Dios mío!.

Te pedimos Señor, que nos ayudes a vivir en plenitud entendiendo que de tus llagas nacen el amor y la misericordia. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Recibe Señor, las ofrendas que 8junto con los recién bautizados)  te presentamos y haz que renovados por la fe y el bautismo, consigamos la eterna bienaventuranza. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Concédenos, Dios todopoderoso que la fuerza del sacramento pascual que hemos recibido persevere siempre en nosotros. Por Jesucristo nuestro Señor.

COMENTARIO

En el evangelio de hoy son fácilmente discernibles tres partes. La primera la forman los vs. 19-23. Se desarrolla en un lugar cerrado. Dentro se encuentran los discípulos, en quienes ha hecho presa el miedo a los judíos. Llega Jesús y, tras saludarles, se identifica. El autor comenta lacónicamente: Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. El saludo repetido abre después las palabras de Jesús, constituyendo a los discípulos en enviados suyos. Un suave soplo de aire de Jesús es el símbolo de ese envío, que el propio Jesús explica. La segunda parte está formada por los vs. 24-29, con Tomás como protagonista. No cree lo que los demás le cuentan sobre Jesús. Más aún, pone condiciones para su aceptación. A los ocho días se repite el hecho en las mismas circunstancias de lugar y miedo. Tras el saludo a todos, Jesús se dirige directamente a Tomás, a quien invita a dar crédito a la realidad de su persona. Tomás así lo hace, pero Jesús le puntualiza que el camino que ha seguido para creer en él no es ni el único ni el más dichoso.
La tercera parte del texto son los vs. 30-31. Se trata de una conclusión del autor a toda su obra, indicando las dos motivaciones que ha tenido para escribirla.
El autor del cuarto Evangelio ha presentado la fe en Jesús resucitado por parte de los discípulos. Lo veíamos el domingo pasado. A ella han llegado a partir de la profundización en un signo, el sepulcro vacío. Por consiguiente, la primera parte del texto de hoy no quiere ser una demostración de que Jesús vive. En el planteamiento de Juan no entra la fe como apologética. Lo que Juan quiere poner de manifiesto en esa primera parte es el papel de los discípulos en cuanto creyentes.
Son los enviados de Jesús, como él lo ha sido del Padre. Lo son, por supuesto, desde la íntima paz y alegría nacidas de la efectiva y real presencia de Jesús. Pero no es esa presencia lo que se quiere hacer resaltar, sino el envío de los discípulos.
Como el Padre me ha enviado, así también yo les envío. Los creyentes son una comunidad con un aire nuevo, el aire de Jesús, simbolizado en su suave soplo sobre ellos. Los creyentes son la comunidad del perdón de los pecados. ¡Lástima del aire viejo y enrarecido que a veces se ha infiltrado en estas palabras!

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes: Is. 7, 10-14; Sal 39; Hb. 10, 4-10; Lc. 1, 36-48.
Martes: Hch. 4, 32-37; Sal 92; Jn. 3, 5ª.7b-15.
Miércoles: Hch. 5, 17-26; Sal 33; Jn. 3, 16-21.
Jueves: Hch. 5, 27-33; Sal 33; Jn. 3, 31-36.
Viernes: Hch. 5, 34-42; Sal 26; Jn. 6, 1-15.
Sábado: Hch. 6, -7; Sal 32; Jn. 6, 16-21.

Domingo:  Hch. 5, 27-32.40b-41; Sal 29; Ap. 5, 11-14; Jn. 21, 1-19.

COMENTARIOS AL EVANGELIO
Jn 20, 19-31


Las páginas del evangelio de Juan repiten incansablemente: “Ese hombre es Dios”. Al final pone el remache: Se escribió este libro, para que crean que Jesús es el Hijo de Dios”. Creer esto es ser un cristiano. Hay millones de hombre que creen en Dios, pero sólo los cristianos añaden a esta fe una afirmación que los judíos y los musulmanes rechazan enérgicamente: Dios es Padre, Hijo y Espíritu. Y el Hijo se encarnó en Jesús de Nazareth. Los que trataron con Jesús durante tres años tenían sus dudas; fue necesaria la resurrección para que en nombre de todos Tomás lanzase este grito de amor y de adoración: “¡Señor mío y Dios mío!”. “Por su fe tengan vida”. ¿Qué otra vida?. ¡Por qué los que no creen en la divinidad de Jesucristo también están ciertamente vivos!. San Juan nos ha hablado todo el tiempo de vida eterna. Esta palabra es un tanto engañosa: se piensa en una vida sin fin. Esto es verdad, pero insuficiente para ver de qué vida se trata. Hay que pensar más bien en uno de los nombres de Dios: el eterno. La vida que se nos ofrece es la vida del eterno, la vida misma de Dios. Nuestra fe llega hasta eso.
Pero ¿cómo esa otra vida, que Juan llama vida eterna, se manifiesta concretamente en nuestra vida de cada día? Los verdaderos creyentes, cuando juzgan a las personas, los hechos, los acontecimientos, lo hacen bajo una luz distinta. Se dice de ellos: “¡Qué fe!”. Su esperanza nadie  la puede derribar y tienen paz y alegría y no le abaten las preocupaciones. Su preocupación por los demás, su prontitud para el servicio, para el compromiso, su manera de amar sin contentarse con palabras, lo llamaríamos la vida “teologal”, o sea una vida dada por Dios que nos liga constantemente a él bajo la forma de experiencia de fe, de esperanza y de caridad. Cuando creo, cuando espero, cuando amo, vivo la vida “eterna” tal como se la puede vivir aquí abajo.  Es la vida “cristiana” si se le da a esta palabra, un tanto devaluada toda su fuerza: la vida “crística”. La que nos hace reír: “Mi  vida es Cristo”. Al abrir nuestra vida ordinaria a Jesucristo, la fe hace entrar en ella los pensamientos de Jesucristo, sus juicios, su fortaleza, su forma de amar, todo lo que san Juan expresar con su famoso “como”. Vivir como Cristo. Un Francisco de Asís por ejemplo vivió “como Cristo” en la medida que puede hacerlo un hombre.  Y esto es verdad en  todos los santos, pero de manera muy diversa dada la riqueza de imitación de Cristo. Sin alcanzar esas cumbres, muchos cristianos llevan una vida “teologal” una vida de imitación de Jesucristo. El evangelio es evidentemente la mejor escuela, con tal que se desarrolle un reflejo esencial: todo lo que se aprende en él de Jesús tiene que movernos a vivir algo como él: “el evangelio dice Juan, se escribió para que por la fe de ustedes tengan vida”. Es inútil creer si esto no nos sacude. Tiene que cambiarnos, escuchar y vivir el evangelio, pues Mateo, Marcos, Lucas y Juan escribieron su evangelio: no es un libro, es él.

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 1.- Texto. Se compone de un relato en dos tiempos y de un epílogo o comentario final del autor a todo el Evangelio. El relato arranca al atardecer del mismo día en el que, de madrugada, Pedro y el discípulo amado habían comprobado que el sepulcro de Jesús estaba vacío. El lugar es un espacio cerrado a causa de un miedo al exterior humano. Jesús se hace presente en ese espacio y su presencia comunica paz e infunde alegría a los encerrados. Y con la paz y la alegría, el aliento de un envío a imagen y semejanza del envío de Jesús por el Padre.
El segundo tiempo del relato se sitúa a la semana siguiente. Esta vez el problema no es externo (miedo a los de fuera), sino interno: Tomás ha puesto condiciones para poder creer que Jesús está vivo. De nuevo se hace Jesús presente comunicando paz, e inmediatamente se dirige al hombre que había puesto condiciones.
Jesús no le reprocha su actitud, pero declara superior la exhibida por el discípulo amado en Jn. 20, 8: sin haberle visto a él, ha creído, sin embargo, que él estaba vivo. La traducción litúrgica habla en perspectiva de futuro: ¡Dichosos los que crean sin haber visto! La lectura es correcta, pero a condición de enraizarla en el presente del grupo, cuyo símbolo es el discípulo amado, personaje no necesariamente individual, y que por eso mismo jamás tiene nombre propio exclusivo. ¡Dichosos los que tienen fe sin haber visto! Los dos últimos versículos no se refieren sólo al relato de hoy, sino que tienen en cuenta la totalidad de la obra. Los interlocutores son el autor y sus lectores. El autor se dirige directa y explícitamente a los lectores, nosotros por ejemplo. Les -nos- habla de su labor de selección y del móvil que le ha llevado a escribir.
Comentario. El primer tiempo del relato sugiere por evocación las primeras línea del Génesis: "La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas" (/Gn/01/02). En ambos casos el aliento crea una situación buena nueva, poniendo fin a otra anterior de tiniebla o de espacio cerrado. Probablemente haya que buscar en esta evocación la clave de lectura de nuestro texto. ¿No querrá hablarnos el autor de un nuevo comienzo, de una nueva creación? Las primera creación llevaba aneja una bendición: "Creced y multiplicaos". Bendecir a alguien es dotarle de una fuerza saludable. También aquí los discípulos (en el cuarto Evangelio sinónimo de creyentes) aparecen dotados con esa fuerza: "Recibid espíritu santo: a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados: a quienes se los retengáis, les quedan retenidos".
BENDICION-BIBLICA: Estas palabras no tienen sentido forense. Hay que interpretarlas en la línea de la bendición bíblica. La bendición produce el engrandecimiento ante los demás de la persona bendecida, a la vez que Dios hace depender su conducta respecto de los hombres de la postura que éstos adopten frente a las personas que él ha bendecido. El creyente en Jesús es recipiente y también cauce de bendición; es fuerza saludable para los demás.
Tal vez esta grandeza explica el interés del autor del cuarto Evangelio por el tema de la fe en Jesús y de las personas creyentes. El ha escrito, nos dice, "para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios. ¡Dichosos los que tienen fe sin haber visto!" El autor sabe que esto no es una cuestión de evidencia tajante. Tal vez por eso no habla él de milagros, sino de signos. El signo hay que saber captarlo. Creer en Jesús es un proceso que se lleva a cabo por descortezamiento o eliminación de capas. Pero por esto mismo no es un proceso fácil, pues comporta siempre renovación de los hábitos mentales y de comportamiento del que se dice creyente.
A. BENITO
DABAR 1988, 24

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2.- Comentario. Lo que un eminente exégeta escribía hace treinta años sobre el relato de la Pasión en el cuarto evangelio puede también aplicarse al relato de la Pascua: "No se trata de una construcción hecha con miras a ilustrar unas ideas, sino una interpretación teológica de una historia verdadera". Esta historia parte de una situación de miedo a las autoridades judías. La situación no es nueva en la obra. Es ya la cuarta vez que el autor la menciona (las otras tres en Jn. 7, 13; 9, 22; 19, 38). Por Jn. 7. 11-13 se ve claro que el miedo no es al pueblo judío, sino a sus autoridades. Este miedo encierra, incapacita, esteriliza. "En esto entra Jesús". Al autor no le interesa el cómo ni el modo. Lo importante es el hecho. Jesús está ahí, es la misma persona que había convivido antes con los que ahora están incapacitados por el miedo. "Paz a vosotros". Por dos veces resuena la frase. En vez del miedo, la paz. Esta debe ocupar el espacio interior del que antes se adueñaba el miedo. El corazón de los discípulos se distiende y la alegría termina por aflorar a sus rostros. "Paz a vosotros". El cambio ya se ha producido. No tiene ningún sentido seguir encerrados. "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". Padre, Jesús, cristianos (el término discípulos tiene en Juan este sentido amplio). Los cristianos son a Jesús lo que Jesús es al Padre. Jesús está ahí para desvelarles su identidad. Son sus enviados, como El lo es, a su vez, del Padre. Por eso deben tener su mismo talante. "Recibid espíritu santo". La presencia del artículo determinado "el" en la traducción litúrgica puede desorientar un poco. El autor no está escribiendo en términos trinitarios, sino en términos de tipo o calidad de existencia. Es difícil condensar en unas línea lo que Juan entiende por espíritu y que ha ido desentrañando a lo largo de su obra. Algo, sin embargo, nos puede orientar el hecho de que Juan maneja el lenguaje por oposición-negación. Jesús, por ejemplo, ha sido presentado de esta manera en Jn. 1, 17. El cuarto evangelio se abre con la gran oposición gracia-verdad por un lado y ley por otro. De ahí a la oposición espíritu-letra media sólo un paso, el formulado explícitamente bajo espíritu-carne en Jn. 3,6. Letra (autoridades judías) frente a espíritu (Jesús). Anquilosamiento frente a movilidad; rigidez frente a fluidez. "El espíritu sopla donde quiere, oyes el ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Eso pasa a todo el que ha nacido del espíritu" (Jn/03/08). Estos son los cristianos en su calidad de enviados de Jesús. Dan curso a una forma de existencia opuesta al atenazamiento y al miedo, característicos de la forma de existencia bajo la ley.
La segunda parte del texto nos lleva a una problemática distinta, aunque ya insinuada el domingo pasado en Jn. 20, 1-9. "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que creen sin haber visto".
Por un lado Juan pone de manifiesto que la convivencia física con Jesús no es criterio suficiente para entender a Jesús en profundidad. Por otro, adelanta que esta inteligencia de Jesús puede darse en los que no han convivido físicamente con El. Juan no niega ni minusvalora el papel de los testigos oculares o, más concreto, de los Doce. Sencillamente, rompe una lanza en favor de los que no han convivido con Jesús. Se trata de una problemática fundamental vivida intensamente en las primeras comunidades cristianas. Exponentes de la misma son el libro de los Hechos y las Cartas de Pablo. El texto de este domingo nos proporciona la gran alegría de saber que hoy podemos entender a Jesús incluso mejor que los que convivieron con El. Estamos realmente en el tiempo pascual.
A. BENITO
DABAR 1985, 23

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5. Son varios los temas que componen este Evangelio: las apariciones del Señor ritman de ocho en ocho días la vida de las comunidades primitivas; Cristo-Señor hace uso de su poder de Resucitado transmitiendo sus poderes a los apóstoles; finalmente, los discípulos se ven llevados a descubrir, lo mismo que Tomás, el desprendimiento de la fe. a) Las apariciones. Juan comienza por resumir los datos que han llegado a su conocimiento seguramente a través de las mismas fuentes que a San Lucas (24, 36-49): Cristo no es ya un hombre como los demás, puesto que pasa a través de los muros; pero no es un espíritu, puesto que se le puede ver y tocar sus manos y su costado (v. 20). Su resurrección ha supuesto para El un nuevo modo de existencia corporal. Juan no insiste tanto como Lucas en torno a la demostración: reemplaza la alusión a los pies por la alusión al costado y no señala que Cristo tuvo que comer con los apóstoles para que le reconocieran. Pero, mientras que en San Lucas el Señor está completamente vuelto hacia el pasado con el fin de probar que su resurrección estaba prevista, Juan le presenta más bien orientado hacia el futuro y preocupado por "enviar" a sus apóstoles al mundo.
Este envío de los apóstoles al mundo es prolongación del envío que el Padre ha hecho de su Hijo (Jn 17, 18). Los apóstoles están ya habilitados para terminar la obra que Cristo ha iniciado durante su vida terrestre (Jn 17, 11). La reunión de los discípulos en torno al Señor se hará en adelante en torno a los mismos apóstoles.
Un tema importante de las apariciones es la preocupación de Cristo por organizar los distintos elementos que prolongarán sobre la tierra su actividad de Resucitado: la jerarquía, los sacramentos, el banquete, la asamblea (adviértase la doble mención de la "reunión" de los apóstoles" vv. 19 y 26, ya con su ritmo dominical: v. 26).
b) El don del Espíritu (PAS/PENT). ¿Cómo puede Juan descubrir la venida del Espíritu sobre los apóstoles el domingo de Pascua, mientras que Lucas la anuncia para Pentecontés? (Lc 24, 49). Realmente, Juan se hace eco de una antigua idea de los medios judíos, en especial de los que se movían en torno a Juan Bautista. En esos medios se esperaba a un "Hombre" que "purgaría a los hombres de su espíritu de impiedad" y les purificaría por medio de su "Espíritu Santo" de toda acción impura, procediendo así a una nueva creación (Sal 50/51, 12-14; Ez 36, 25-27). Al "insuflar" su Espíritu, Cristo reproduce el gesto creador de Gén 2, 7 (cf, 1 Cor 15, 42, 50, en donde Cristo debe su título de segundo Adán al "Espíritu" que recibe de la resurrección; Rom 1, 4).
Mediante su resurrección, Cristo se ha convertido, pues, en el hombre nuevo, animado por el soplo que presidirá los últimos tiempos y purificará la humanidad. Al conferir a sus apóstoles el poder de remitir los pecados, el Señor no instituye tan solo un sacramento de penitencia; comparte su triunfo sobre el mal y el pecado.
Se comprende por qué San Juan ha querido asociar la transmisión del poder de perdonar con el relato de la primera aparición del Resucitado. La espiritualización que se ha producido en el Señor a través de la resurrección se prolonga en la humanidad por medio de los sacramentos purificadores de la Iglesia.
c) De la visión a la fe (J/PRESENCIA). La forma de vida del Resucitado es de tal especie que no se le reconoce: María Magdalena le toma primero por el jardinero (Jn 20, 11-18). Cuando le "reconoce" (v.16) ve cómo se le prohíbe las muestras de respeto con que trataba al Cristo pre-pascual (v. 17). Aun cuando este tema figura también en San Lucas (Lc 24, 16, 31), adquiere en San Juan el evangelista del "conocimiento" (Jn 21, 4), un relieve particular.
Esta pedagogía del Señor resucitado nos permite comprender la lección dada a Tomás. La nueva forma de vida del Señor no permite ya que se le conozca según la carne, es decir, a base tan solo de los medios humanos. Ya no se le reconocerá como hombre terrestre, sino en los sacramentos y la vida de la Iglesia, que son la emanación de su vida de resucitado. La "fe" que se le pide a Tomás permite "ver" la presencia del resucitado en esos elementos de la Iglesia, por oposición a toda experiencia física o histórica. La fe está ligada al "misterio", en el sentido antiguo de la palabra.
d) No hay que perder de vista que esta aparición asocia el don del Espíritu y la fe a la revelación del costado de Jesús (v.20). Ahora bien: Juan ya había dicho, en el momento en que fue herido el costado de Cristo en la cruz (Jn 19, 34-37), que la fe captaría a quienes vieran su costado herido. He aquí lo que sucede: la contemplación de la muerte de Cristo provoca la fe en la acción del Espíritu. Si Cristo muestra su costado no lo hace por simples razones apologéticas: revela a los contemplativos la fuente de la nueva economía.
En este sentido, el género de visión (v. 25) que los apóstoles han tenido de Cristo resucitado no ha sido ese tipo de visión material (vv. 26-31) exigida por Tomás. Si no hay diferencia entre estas dos experiencias, no se ve por qué Cristo habría de reprocharle lo que no reprocha a los demás y por qué habría que exigir al primero una fe que no les ha exigido a los segundos. En realidad, los diez apóstoles han tenido una experiencia real del Señor resucitado, pero probablemente fue más mística que la experiencia a que aspiraba Tomás. Para evitar a los hombres a "creer sin ver", ¿no deben, los apóstoles, los primeros, aprender a pasar las pruebas materiales? La resurrección no es, desde luego, una cuestión de apologética ni un acontecimiento maravilloso: ella no es signo más que en la medida en que la fe la ilumina, y es, al mismo tiempo, interior a la fe.
MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA IV
MAROVA MADRID 1969.Pág. 36


6. CR/ELECCION
En los textos bíblicos, las denominaciones de elegido, ungido y enviado son equivalentes. Cuando los primeros cristianos se llaman a sí mismos elegidos, no están presumiendo por ningún privilegio, sino recordándose que han sido enviados a cumplir una misión, en favor de los demás, que prolonga en cierto sentido la del mismo Cristo: "Como el Padre me ha enviado, así os envío yo".
Para la realización de esta tarea reciben también la fuerza del Espíritu. El episodio de Tomás quiere animar la fe de todos aquellos que no vieron directamente al Señor y para los que se han escrito todos los signos que Juan narra en su evangelio. "Dichosos los que crean sin haber visto". De cualquier modo, la simple contemplación de lo exterior de los acontecimientos nos da su sentido profundo. Sólo la fe permite ver y entender la trascendencia de lo que se está presentando.
En el resucitado reconocen los apóstoles al Jesús que anduvo con ellos por los caminos de Palestina. Distinto, pero él mismo. El Jesús de la historia es el Cristo de la fe, Jesús es el Cristo.
La más breve confesión cristiana quedará en esta palabra: Jesucristo.
EUCARISTÍA 1990, 20

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7.- Texto. La mañana del domingo del descubrimiento del sepulcro vacío tiene su culminación en el cuarto Evangelio en la tarde de ese mismo domingo. Si por la mañana el sepulcro vacío dominaba el relato, por la tarde lo domina la presencia de Jesús en medio de sus discípulos. Esta presencia explica aquel vacío, pero, sobre todo, restablece una continuidad de relación Jesús-discípulos. De aquí arranca la intencionalidad del texto. Al servicio del final de la relación está el miedo de los discípulos; al servicio de la reanudación de la relación están el saludo, enfáticamente repetido, y la identificación del propio Jesús como la misma persona que antes habían conocido los discípulos. La reanudación de la relación se sella con la alegría de los discípulos, quienes, a partir de ahora, hablan de Jesús como el Señor, enraizándolo por completo con Dios. La aceptación de la identificación de Jesús por los discípulos se plasma en la fórmula de confesión de fe "ver al Señor".
Pero la reanudación de la relación es sólo un primer paso. El siguiente es el envío de los discípulos por Jesús, en continuidad con el envío de Jesús por el Padre. Los discípulos deben hacer presente a Jesús y prolongar su obra, como Jesús ha hecho presente al Padre y prolongado su obra. Este envío no debe entenderse limitado a los doce. En el cuarto Evangelio la denominación discípulos es sinónima de creyentes. La comunidad creyente en su totalidad es la enviada.
El tercer paso es la donación del Espíritu, que capacita para el envío. El símbolo de exhalar el aliento significa la transmisión de vida. Aquí se trataría, por consiguiente, de una participación en la vida de Jesús resucitado, que posee personalmente el Espíritu de Dios y que lo transmite a la comunidad creyente.
El último paso es la potestad de perdonar los pecados. La potestad se da en el seno de la comunidad creyente, más allá y por encima de las concreciones históricas que esa potestad ha asumido con posterioridad.
A partir del v. 24 el relato avanza con la conocida historia de Tomás, al que el autor presenta como "uno de los doce", una expresión que en el cuarto Evangelio se reserva para Tomás y para Judas el traidor. Los discípulos hacen ante Tomás confesión de su fe: "hemos visto al Señor". Tomás les responde que él hará suya esta misma confesión, siempre y cuando tenga razones tangibles para hacerlo. Jesús en persona le aporta esas razones y Tomás hace suya la confesión de fe. Jesús la acepta, pero reprocha a Tomás el modo de llegar a ella, declarando, en cambio, bienaventurados a los que crean sin necesidad de basarse en la comprobación tangible.
A través de esta bienaventuranza el texto se abre al futuro, a las personas no contemporáneas de Jesús, a los lectores del cuarto Evangelio. Así se pone explícitamente de manifiesto en los dos versículos finales, en los que el autor da cuenta de la doble finalidad de su escrito.
Con la mayor parte de los exégetas, la frase "para que creáis" no va dirigida a no creyentes, a quienes se intenta ganar, sino a creyentes, a quienes se intenta afianzar en la fe que ya tienen.
Esta finalidad cristológica se completa con otra soteriológica: "para que tengáis vida". El cuarto Evangelio es esencialmente un mensaje de salvación, poniendo explícitamente de manifiesto que no hay cristología separada de la soteriología.
Comentario. Más allá y por encima de las legítimas concreciones históricas que, sobre todo en lo relativo a la potestad de perdonar los pecados, ha ido asumiendo el texto de hoy, en él se plasman los componentes fundamentales del ser cristiano, a los que una y otra vez hay que remitir cuando de dar razón de lo que como Iglesia somos se trata.
Es bien sabido que el cuarto Evangelio no renuncia a los Doce, pero debe también saberse que en el cuarto Evangelio se formulan serios reparos a los Doce, cuando de entender a Jesús se trata.
En el cuarto Evangelio no son precisamente los Doce -Tomás es un ejemplo- quienes más se distinguen por la prontitud y facilidad en captar a Jesús. Y, sin embargo, la captación de Jesús constituye el rasgo básico y fundamental del ser cristiano. Captar a Jesús es llegar a descubrir en él al Hijo de Dios.
Nosotros estamos en condiciones de hacerlo con más facilidad incluso que los Doce. Este es probablemente el mensaje que quiere transmitirnos el autor de la historia de Tomás.
Del reconocimiento de Jesús como Hijo de Dios surge la alegría, componente esencial del ser cristiano, no siempre suficientemente resaltado. Actitud existencial sin los miedos y temores radicalmente humanos; estado de ánimo distendido y grato; fuerza vital desbordante. Todo lo anterior pertenece al ámbito de lo individual y privado.
Con el componente esencial del envío el ser cristiano se hace social y público. El envío no es proselitismo, sino presencia. El cristiano es otro Cristo; a través suyo toma cuerpo una forma de ser, de organizarse y de vivir. Una forma distinta, porque está animada por el Espíritu de Dios y porque en ella existe el perdón de los pecados.
A. BENITO
DABAR 1992, 26

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9.- Cuando se escribe este evangelio, el domingo, el día del Señor, es ya el día de la reunión de los cristianos. Estamos en el mismo día de la resurrección y es el mismo día de la efusión del Espíritu. Juan muestra que el misterio pascual es una unidad. Miedo y cerrazón. Unas actitudes de los discípulos que Jesús resucitado supera. A pesar del miedo y la cerrazón, él se les pone en medio. (Vale la pena tenerlo siempre presente: como una advertencia y como un motivo de esperanza). El evangelio subraya que la presencia de Jesús es real, pero distinta de la de antes, y que este Jesús es el crucificado: la resurrección no quita nada de la absurdidad y el sufrimiento de la muerte; en todo caso, nos hace ir más allá, nos la hace mirar con otra esperanza.
Jesús puede dar aquella paz que proviene de dar la vida. Jesús resucitado, dador de la paz, lleva la alegría. Quizá podríamos decir: al principio de la comunidad hay ya alegría... Jesús, enviado del Padre, envía a los discípulos. La misión de los discípulos es la misma de Jesús: ser testimonios del Padre, del Dios que ama tanto al mundo que le da la propia vida. Y el evangelista no habla de unos cuantos discípulos privilegiados, sino de todos. Empieza una nueva creación. Así como Dios había alentado sobre aquella figura de barro para darle la vida, Jesús da el Espíritu a los discípulos para que tengan su misma vida, una vida que se caracteriza por la reconciliación, por la capacidad de ser corderos de Dios que quitan el pecado del mundo a base de dar la propia vida por amor y con plena libertad. Tomás pide otros signos que no son el testimonio de la comunidad creyente que habla en nombre del Señor. De hecho, le bastará con el "reproche" que le dirige Jesús, y creerá como los demás, por su palabra. Y no sólo eso: hará la confesión máxima de la fe. ¡Exclama que Jesús es Dios! La bienaventuranza final se dirige a todos aquellos que creerán por la palabra y el testimonio.
J. M. GRANÉ
MISA DOMINICAL 1992, 6

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10.- Sentido del texto. 1. Versículos 19-23. Como el antiguo Israel, los discípulos, que habían comenzado su éxodo siguiendo a Jesús, se encuentran desamparados en medio de un ambiente hostil. No tienen experiencia de Jesús vivo. Pero están en la noche en que el Señor va a sacarlos de la opresión. Jesús viene a liberar a los suyos. Su primer saludo de paz recuerda a los discípulos su presencia anterior en medio de ellos y su victoria, eliminando el miedo y la incertidumbre. Se les da a conocer como el que les demuestra su amor hasta la muerte, con las señales que indican su poderío (manos) y la permanencia de su amor (costado). El nuevo saludo en v. 21 sirve para transmitir seguridad y valentía en la misión que comienza para ellos y que, como la de Jesús, va a consistir en la actividad liberadora del hombre, hasta la entrega total. La comunidad cristiana es la alternativa que Jesús ofrece para dar testimonio ante el mundo de la realidad del amor del Padre. El resultado de la misión de la comunidad viene formulado en términos positivo y negativo en el v. 23. Ante el testimonio de amor que la comunidad tiene que dar, sucederá lo mismo que sucedió con Jesús: habrá quienes lo acepten y den su adhesión y quienes se endurezcan en su actitud hostil al hombre. Como Jesús, pues, la comunidad es mediación de salvación o de condena, no porque ella enjuicie a nadie, sino porque la actitud que se adopte ante ella refrendará lo que cada uno es y decide de por sí.
2. Versículos 24-29. La fe en Jesús vivo y resucitado consiste en reconocer su presencia en la comunidad de los creyentes, que es el lugar natural donde él se manifiesta y de donde irradia su amor. Tomás representa la figura de aquél que no hace caso del testimonio de la comunidad ni percibe los signos de la nueva vida que en ella se manifiestan. En lugar de integrarse y participar de la misma experiencia, pretende obtener una demostración particular. No quiere aceptar que Jesús vive realmente y que la señal tangible de ello es la comunidad transformada en la que ahora se encuentra. La comunidad transformada es ahora lo importante: ella es el medio que las generaciones posteriores tendrán para saber que Jesús vive realmente.
DABAR 1983, 23

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11. PERDON/A.
Así como en la primera creación del hombre, Dios le infundió la vida, así también el aliento de Jesús comunica la vida a la nueva creación espiritual. Cristo, que murió para quitar el pecado del mundo, ya resucitado, deja a los suyos el poder de perdonar. Así se realiza la esperanza del pueblo de la Biblia. Dios lo había educado de modo que sintiera la presencia universal del pueblo. En el templo se ofrecían animales en forma ininterrumpida para aplacar a Dios. Pero ese río de sangre no lograba destruir el pecado, y los mismos sacerdotes debían ofrecer sacrificios por sus propios pecados antes de rogar a Dios por los demás. Las ceremonias y los ritos no limpiaban el corazón ni daban el Espíritu Santo.
Pero ahora, en la persona de Jesús resucitado, ha llegado un mundo nuevo. Aunque la humanidad siga pecando, ya el primero de sus hijos, el "hermano mayor de todos ellos", ha ingresado en la vida santa de Dios.
Los que se afanan por la vida espiritual, sufren sobre todo por la presencia universal del pecado. Su tristeza profunda está en no hallarse aún totalmente liberados de él. De ahí que el perdón de los pecados sea para ellos la riqueza más grande de la iglesia. La capacidad de perdonar es la fuerza que permite solucionar las grandes tensiones de la humanidad. Si bien penetra difícilmente en los corazones, ella no deja de ser un gran secreto... Quien no sabe perdonar, no sabe amar. En la reconciliación se muestra al prójimo el amor más auténtico.
EUCARISTÍA 1992, 21

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12.- Cristo es percibido como presente entre sus discípulos reunidos en la tarde del primer día de la semana (tal vez convenga ver aquí una alusión a las reuniones cristianas que se celebraban en domingo). Este dato, confirmado por 1 Cor 15, 4 (uno de los más antiguos relatos sobre la resurrección), no parece que se refiera solamente a la costumbre literaria de hacer resucitar a los dioses a los tres días. Sino que, dado el número, la confluencia de testigos y la simplicidad de los relatos, podemos admitir que así fue. Posteriormente los creyentes tomaron este día como el más significativo para celebrar al misterio cristiano. Obligación de amor, que no de ley.
La misión de los discípulos se deriva del suceso de Pascua (cf. Mt 28, 16-20; Mc 16, 15-20; Lc 24,44-49); pero Juan lo encuadra en el conjunto de la misión de Jesús (17, 17-19). Además no subraya el carácter universal de la misión; tal vez porque esta meta ya ha sido conseguida a la hora en que se escribe el evangelio de Juan (cf. 4, 35-38). Los apóstoles y todos los discípulos son portadores de la misión de Jesús. La Iglesia, si cree de verdad en la resurrección, tiene que acercarse a los extremos de la miseria humana; allí está su campo de misión, su labor de hacer ver que el mensaje pascual es coherente y válido.
A pesar de que en las diferentes Iglesias hay controversia sobre el punto de quién ejerce el don del perdón, lo que sí es cierto es que la fuerza perdonadora del resucitado reside en los creyentes, en los discípulos de Jesús (cf. Mt 16, 19). Después de la resurrección es posible creer en el perdón porque el poder de las tinieblas ya no volverá a reinar en el mundo. Creer en esto y trabajar en consecuencia es ser cristiano.

En adelante, la fe reposa no sobre el "ver", sino sobre el testimonio de los que han visto. Por esta fe es por la que los cristianos llegamos a Cristo (17, 20). Y recreamos en nuestras vidas el mismo hecho salvador de la cruz y la misma alegría de la resurrección. Así entramos en comunión con los Apóstoles, que "vivieron", y participamos de su experiencia pascual.
EUCARISTÍA 1977, 20

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13.- Podríamos llamar «oficiales», apariciones colectivas, a las de Jesús resucitado a todos los discípulos juntos. De entre ellas, aquellas cuyo día nos es señalado claramente, tienen lugar en domingo. La tarde del mismo día de Pascua los discípulos de Emaús, después de la aparición con que ellos han sido agraciados, se reúnen con los otros discípulos en Jerusalén (Lc. XXIV, 33), Jesús se aparece a todo el grupo en ausencia de Tomás. Una semana más tarde se aparece de nuevo y confunde el escepticismo de Tomás que no creyó lo que le refirieron sus compañeros. El evangelio de este domingo nos relata punto por punto estas dos primeras apariciones generales, separadas por una semana. La elección de este pasaje para el domingo posterior a la Pascua está inspirada en la concreta indicación que figura en medio del texto y que es como el quicio del evangelio de este domingo: «ocho días más tarde» (v. 26).
DO/ANIVERSARIO: Este domingo después de Pascua es, verdaderamente, el primero de todos los domingos. En efecto, la Resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico, único en el transcurso de los siglos. La reunión de los discípulos, justamente una semana después, y la visita de Jesús que viene a solemnizar esta reunión como si le confiriese un carácter oficial, hacen que el misterio de la Resurrección deje de tener, si así se puede decir, carácter de acontecimiento para adquirir el de institución. Se trata de algo que no basta recordar como un hecho histórico, sino que es preciso celebrarlo, es decir, empaparse de su realidad y de su riqueza espiritual. La primera celebración de la Pascua tuvo lugar el primer domingo siguiente a la misma. De este modo, el domingo ha venido a ser el «hebdoversario» de la Resurrección, su celebración hebdomadaria.
Los discípulos del Señor, judíos de origen, tenían la costumbre de dedicar al Señor un día por semana; pero ya estaba el sábado. Les era necesario conservar el ritmo religioso hebdomadario, pero también les era necesario indicar que convenía cambiar de día para que el día del Señor fuese el día de la Resurrección del Señor. Jesús, con su aparición del primer domingo después de Pascua, contribuyó a este desplazamiento del día consagrado y de descanso. Con ocasión de la Pascua todos los cristianos han cumplido su "deber pascual". Los inconstantes, los negligentes y los indiferentes también han hecho el cumplimiento pascual. Es necesario ayudarles a permanecer fieles, a no retornar a su negligencia... hasta la próxima Pascua. Muchos pastores toman voluntariamente la negligencia como tema para su predicación del domingo in albis. La celebración hebdomadaria inaugurada por el Señor, el pasaje del acontecimiento único convertido en institución habitual, todos estos pensamientos enmarcados en la liturgia del día, ¿no constituyen un buen punto de partida para una tal predicación dirigida a los que han hecho el cumplimiento pascual? San Gregorio Nacianceno escribió en el siglo IV a propósito del domingo octava de la Pascua: «Después de ocho días, que la octava sea para ti una gran fiesta... El domingo aquel (la Pascua) era el de la salud, éste es el del aniversario de la salud; aquél era la frontera entre el sepulcro y la resurrección; éste es sencillamente el de la segunda creación, a fin de que, igual que la primera creación comenz6 en domingo, así también la segunda creación comience en el mismo día, que es, al mismo tiempo, el primero en relación con los que le siguen y el octavo con relación a los que le preceden, más sublime que el día sublime y más admirable que el día admirable: él se refiere, en efecto, a la vida de arriba».
L. HEUSCHEN
LA BIBLIA CADA SEMANA
EDIC. MAROVA/MADRID 1965.Pág 175 s.

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14.- Nos encontramos ante el segundo grupo de episodios narrados por el cuarto Evangelio en el contexto de la resurrección de Jesús. En este conjunto hay claramente tres perícopas diversas: la aparición de Jesús a los discípulos, sin Tomás (vv 19-23); la aparición de Jesús estando presente Tomás (24-29), y, finalmente, la conclusión del Evangelio (30-31). Notemos que, con estos dos versículos (30-31) aparece la conclusión original de la obra, ampliada más tarde con la inclusión del capítulo 21. De esta forma, el enlace entre la escena de Tomás y la conclusión resulta todavía más directo e importante. La estructuración de las apariciones está hecha en paralelo con los dos primeros episodios de este capítulo 20: por una parte, los discípulos y la fe; por otra, la aparición a Tomás forma un claro paralelo con la aparición de Jesús a María de Magdala, y el énfasis en este segundo caso se centra en la dificultad de reconocer a Jesús y en la correspondencia de Jesús a la fe de los creyentes.
FE/VISION: Entre las muchas cosas que aparecen en estas escenas podríamos recoger una: el tema de la fe y la visión. Por una parte parece que Jesús niega que la visión haya de ser considerada por los cristianos como necesaria para la fe. Pero, en cambio, la fe -según este Evangelio- comporta una visión («si tienes fe, verás el poder de Dios», dice Jesús a Marta: /Jn/11/40). Hay, en este Evangelio, una clara dialéctica entre visión y fe. Debemos destacar el carácter simbólico de la escena del ciego de nacimiento para comprender la profundidad de lo que se nos quiere decir: «Yo he venido a este mundo para abrir un proceso; así, los que no ven, verán, y los que ven, quedarán ciegos» (/Jn/09/39). El que se imagina que ve, el que ya tiene un conocimiento claro y definido de lo que ha de pasar («a nosotros nos consta...»: 9,24.29.31), en realidad ni ve ni sabe nada, es ciego. En cambio, el que todo lo ignora, el que no ve, éste llegará a contemplar el poder de Dios en Jesús. La visión no lleva necesariamente a la fe; en cambio, la fe sí que lleva a la visión.
Para aquellos que parecen conocerlo todo, para quienes no necesitan la luz, pues piensan que ya la tienen, Jesús no actuará abriéndoles los ojos. En cambio, el que se siente en la necesidad de la luz y de la claridad, que no se fía de sí mismo, tal vez la fe en Jesús le puede llevar a contemplar la gloria de Dios.
ORIOL TUÑI
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas
de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 889 s.