viernes, 17 de agosto de 2018

LECTURAS Y COMENTARIO DOMINGO XX T.O. CICLO B - 19 AGOSTO 2018



MI CARNE ES VERDADERA COMIDA Y MI SANGRE ES VERDADERA BEBIDA


RACION COLECTA
Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde la ternura de tu amor en nuestro corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Proverbios 9, 1-6
La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas, ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: "Vengan a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y vivirán, sigan el camino de la prudencia."».

SALMO RESPONSORIAL (33)

Gusten y vean qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Todos sus santos, temen al Señor, porque nada les falta a los que le temen; los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada. R.

Vengan, hijos, escuchadme: les instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? R.

Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella. R.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 15-20
Hermanos: Fíjense bien cómo andan; no sean insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estén aturdidos, dense cuenta de lo que el Señor quiere.
No se emborrachen con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu.
Reciten, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; canten y toquen con toda el alma para el Señor.
Den siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.».

COMENTARIO

El evangelio de este domingo continúa con el discurso del pan de vida. Hasta ahora había hablado Jesús del pan de vida que baja del cielo, del pan con el que regala el Padre a los hombres enviándole a su propio Hijo. Este es el pan de vida (v. 35, 48-51 a), de la misma manera que es también la luz del mundo (8, 12), y da vida a los que creen en él. Pero ahora habla Jesús del pan que él mismo les dará y se refiere expresamente a su carne y sangre, los dones eucarísticos.
El lugar paralelo a estas palabras "vida del mundo" lo encontramos en las que pronuncia Cristo sobre el pan en la Cena y precisamente en la forma que recoge la tradición paulina en 1Cor 11, 24. La expresión "para la vida del mundo" significa lo mismo que "entregada para la vida del mundo" y es una alusión clara al sacrificio de su muerte en la cruz. Por lo tanto, el pan que da la vida es precisamente el cuerpo de Cristo entregado a la muerte para salvar al mundo. (cfr. Lc. 22, 19).
El v. 54 dice literalmente: "el que mastica mi carne". Jn utiliza un vocabulario particularmente realista para caracterizar la participación en la eucaristía. Según la costumbre judía, los alimentos de la comida pascual tenían que ser cuidadosamente masticados. Por ello los judíos entienden estas palabras literalmente, como verdadera comida de la carne de Jesús. Pero les parece una locura. No obstante, Jesús no mitiga el escándalo que han producido sus palabras. Ahora, confirmando de nuevo el sentido, realista, añade que es también preciso beber su sangre, lo cual resultaba especialmente escandaloso para los judíos, a quienes les estaba prohibido el alimentarse de sangre (Lev 17, 10 s.; Hch, 15, 20).
De la misma suerte que el alimento natural se une orgánicamente al hombre, así también el que come la carne y bebe la sangre de Cristo entra en una unión de vida con él.
Esta unión es comparada a la que Jesús tiene con el Padre que le ha enviado al mundo. Así como el Hijo tiene vida por el Padre (cfr. 5, 26), así también el que coma la carne de Cristo tendrá vida por el Hijo, esto es, participará en aquella misma vida que el Hijo recibe del Padre.
Las palabras "vivirá por mí" son equivalentes a "vivirá por mi carne y sangre"; por lo tanto, esta última expresión debe entenderse de todo lo que Jesús es.
El verdadero pan de vida bajado del cielo no es el "maná", sino el que da Cristo. Porque éste sí que viene verdaderamente del Padre y conduce a la vida eterna a todos los que lo reciben con fe y se unen de este modo a Cristo que se entrega para vida del mundo.
Comulgar es entrar en unión de vida con Cristo para entregarse con él a todos los hombres y alcanzar así vida eterna y así Cristo cumple las expectativas del Antiguo Testamento: es el verdadero Moisés que nos nutre con el maná de la Eucaristía, es la verdadera Sabiduría que nos ofrece el pan y el vino de su Palabra y de su Persona presente en el Sacramento. Esa vida de Cristo nos compromete a ponerla en obra en nuestra vida de cada día, como nos indicaba Pablo.

PLEGARIA UNIVERSAL
Oremos a Dios, que nos invita a su banquete eterno, y digámosle con confianza.: Escúchanos, Señor.

1.- Para que el Espíritu de sabiduría guie las decisiones de los Obispos y superiores de las comunidades de Iglesia. Oremos con fe.

2.- Para que con sensatez y prudencia los cristianos nos dejemos guiar por el Espíritu del Evangelio. Oremos con fe.

3.- Para que, movidos por el Espíritu del Señor, cada día sean más los que se comprometan a hacer el bien, a ayudar a los débiles y a consolar a los tristes. Oremos con fe.

4.- Para que haya justicia en el mundo y la paz sea una realidad estable en el nuevo milenio cristiano. Oremos con fe.

5.- Para que el Pan de la Eucaristía sea el consuelo y la fortaleza de los enfermos. Oremos con fe.

6.- Para que al alimenta5rnos del Cuerpo y la Sangre de Cristo dejemos que El viva en nosotros y guie nuestras acciones. Oremos con fe.

Escucha, Señor, nuestras suplicas, danos tu sabiduría y haz que al alimentarnos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo experimentemos la fuerza de tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS
Acepta, Señor, nuestras ofrendas en las que vas a realizar un admirable intercambio, para que, al ofrecerte lo que tú nos diste, merezcamos recibirte a ti mismo. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION
Después de haber participado de Cristo por estos sacramentos imploramos humildemente tu misericordia, Señor, para que, configurados en la tierra a su imagen, merezcamos participar de su gloria en el cielo. El que vive y re8ina por los siglos de los siglos.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 20: Ez 24, 15-24; Sal: Dt 32; Mt 19, 16-22.
Martes 21:   Ez 28, 1-10; Sal: Dt 32; Mt 19, 23-30.
Miércoles 22: Ez 34, 1-11; Sal 22; Mt 20, 1-16.
Jueves 23: Ez 36, 23-28; Sal 50; Mt 22, 1-14.
Viernes 24: Ap 21, 9b-14; Sal 144; Jn 1, 45-51.
Sábado 25: Ez43, 1-7ª; Sal 84; Mt 23, 1-12.
Domingo 26:   Jos 24, 1-2ª. 15-17.18b; Sal 33; Ef 5, 21-32; Jn 6, 60-69.

COMENTARIOS AL EVANGELIO
Jn 6, 51-59


El pan eucarístico sigue las leyes de todo pan ofrecido por el padre de familia a los suyos. El pan, en efecto, no tiene significado especial en sí mismo; ha tenido que haber alguien que lo ganara y que lo fabricara, y no tiene sentido sino en cuanto que alguien lo va a comer. Al hacer entrega del pan, que representa su vida y su trabajo, el padre y la madre de familia pueden decir en cierto modo: "este pan es mi carne entregada para mis hijos" (v. 51), mientras que los comensales, al participar de ese pan, comparten en cierto modo la vida misma de quien se lo ha dado (v. 54). Si los padres y los hijos pueden cargar de un significado profundo al pan cada vez que lo comparten, ¿por qué Jesús, que es el hombre más perfecto que haya existido, no habría de poder dar al pan una significación completamente nueva, al nivel de la profundidad del ser del que vive, y hacer de él la participación de su vida con el Padre (v. 57) y el elemento constitutivo de un nuevo tipo de humanidad impregnado de vida eterna? (v. 54).
Maertens-Frisque, Marova Madrid 1969.Pág. 279



2.- Como en el cap. 5 tenemos aquí un duplicado del discurso del pan de vida que pretende lanzar aún más lejos la reflexión del tema anterior, es decir: Jesús como revelación y como eucaristía dentro del simbolismo del pan. Parece como si el autor quisiera terminar su discusión sobre la contraposición maná/Cristo, volviendo a sacar jugo de Dt 8, 3: el maná no era más que una profecía de la que ahora se saca la lectura y lección definitiva. Los judíos no han comprendido esta lectura y siguen aferrados a la perspectiva del alimento material. Esto va a dar pie a una nueva explicación, aún más en la línea dura de la presentación de la persona de Jesús. Se va yendo hacia posturas de aceptación o de no aceptación: de amor en definitiva.
Esta palabra "carne" va a ser en adelante la palabra clave en torno a la cual se desarrollará la profundización sobre el misterio revelador. La palabra "carne" designa todo lo que constituye la realidad del hombre con sus posibilidades y debilidades (cf. 1, 14; 3, 16; 8, 15). Jn tal vez ha conservado una tradición litúrgica independiente, que traducía literalmente la palabra aramea bisra (carne) que Jesús había podido emplear en la Cena. Jn insiste sobre todo en el valor salvífico de la encarnación. No hay posibilidad de fe más que a partir de Jesús. De un modo u otro hay que llegar a "comprender", a amar a este Jesús que posibilita el acceso a Dios.
v. 54: Lit.: "el que mastica mi carne". Jn utiliza un vocabulario particularmente realista para caracterizar la participación en la eucaristía. Según la costumbre judía, los alimentos de la comida pascual tenían que ser cuidadosamente masticados. En el fondo el escándalo nace de la comprensión a dos niveles que se da en un diálogo de sordos ya que los puntos de partida son diferentes: Jesús habla del todo de su persona, mientras que los judíos lo están comprendiendo en sentido material. Sin embargo, Jn quiere decir que los judíos no están dispuesto a aceptar al todo Jesús, al Jesús de la historia como revelador del Hijo. Por eso se aferran a un diálogo ficticiamente paralelo. En el fondo y de nuevo, la figura del Jesús evangélico es la piedra de discernimiento.
Vivir es entrar en comunión con el Hijo y desde entonces con el Padre. Este intercambio hecho de conocimiento y de amor mutuos queda asegurado por el hecho "Jesús" de una forma estable y definitiva. Esto es lo que celebra el creyente cada domingo: la vida de Jesús y, por la aceptación de ese Jesús, la vida del creyente como lugar único del encuentro con Dios. Huir en la vida es no creer, mientras que amar la vida y defenderla es comenzar el camino de la comprensión última del amor de ese Dios que tiene por Hijo al Jesús de la historia.
Eucaristía 1985, 39



3.- Hasta ahora había hablado Jesús del pan de vida que baja del cielo, del pan con el que regala el Padre a los hombres enviándoles a su propio Hijo. Este es el pan de vida (v. 35, 48-51 a), de la misma manera que es también la luz del mundo (8, 12), y da vida a los que creen en él. Pero ahora habla Jesús del pan que él mismo les dará y se refiere expresamente a su carne y sangre, los dones eucarísticos.
El lugar paralelo a estas palabras "vida del mundo" lo encontramos en las que pronuncia Cristo sobre el pan en la Cena y precisamente en la forma que recoge la tradición paulina en 1 Cor 11, 24. La expresión "para la vida del mundo" significa lo mismo que "entregada para la vida del mundo" y es una alusión clara al sacrificio de su muerte en la cruz. Por lo tanto, el pan que da la vida es precisamente el cuerpo de Cristo entregado a la muerte para salvar al mundo. (cfr. Luc. 22, 19).
Los judíos entienden estas palabras literalmente, como verdadera comida de la carne de Jesús. Pero les parece un disparate, una locura. No obstante, Jesús no mitiga el escándalo que han producido sus palabras. Ahora, confirmando de nuevo el sentido, realista, añade que es también preciso beber su sangre, lo cual resultaba especialmente escandaloso para los judíos, a quienes les estaba prohibido el alimentarse de sangre (Lev. 17, 10 s.; Hech, 15, 20).
De la misma suerte que el alimento natural se une orgánicamente al hombre, así también el que come la carne y bebe la sangre de Cristo entra en una unión de vida con él. Esta unión es comparada a la que Jesús tiene con el Padre que le ha enviado al mundo. Así como el Hijo tiene vida por el Padre (cfr. 5, 26), así también el que coma la carne de Cristo tendrá vida por el Hijo, esto es, participará en aquella misma vida que el Hijo recibe del Padre.
Las palabras "vivirá por mí" son equivalentes a "vivirá por mi carne y sangre"; por lo tanto, esta última expresión debe entenderse de todo lo que Jesús es. El verdadero pan de vida bajado del cielo no es el "maná", sino el que da Cristo. Porque éste sí que viene verdaderamente del Padre y conduce a la vida eterna a todos los que lo reciben con fe y se unen de este modo a Cristo que se entrega para vida del mundo. Comulgar es entrar en unión de vida con Cristo para entregarse con él a todos los hombres y alcanzar así vida eterna.
Eucaristía 1970, 48



Texto. Su comienzo recoge las afirmaciones finales del domingo pasado para cuestionarlas. El cuestionamiento lo hacen también los maestros responsables de la formación del pueblo. Seguimos pues en el debate iniciado el domingo pasado. Los maestros insisten en cómo una persona física puede tener capacidad de ser alimento para los demás.
En su respuesta reafirma Jesús que él es el alimento de vida eterna en su calidad de Hijo del Hombre enviado por el Padre. Entre el Padre y él hay una comunión de vida que le constituye a él en el alimento y bebida verdaderos. En esa misma comunión de vida entra todo el que se alimenta de Jesús.
Comentario. Puesto que la Ley procede y deriva de Dios, los maestros de Israel podían atribuirle las cualidades y virtualidades que se reflejan, por ejemplo, en el Salmo 19, 8-11: es perfecta, genera sosiego, instruye, ilumina, es más preciosa que el oro, más dulce que la miel. La consideraban fuente de libertad, bienestar y vida. Era sinónimo de sabiduría y amor.
El texto de hoy fundamenta la supremacía de Jesús sobre la Ley en algo que ésta no podía en absoluto poseer: la capacidad de comunión personal. Jesús es alguien, no algo. Alguien distinto del Padre y en comunión con El. Alguien que vive la misma vida del Padre y que por vivirla la puede transmitir a otros, haciéndoles capaces de ser hijos del Padre. A una persona no es una Ley, por divina que ésta sea, lo que de verdad puede saciar sus aspiraciones. Como personas creyentes vivimos la increíble sorpresa de poder comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre, entrenándonos para la vida de Dios.
Alberto Benito, Dabar 1988, 43



5.- Texto. Comienza con las afirmaciones finales del domingo pasado, siendo la última de ellas la que va a concentrar la atención: "el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo".
El término "carne" designa aquí al ser humano, considerado bajo el aspecto de ser material, sensible y perceptible y, en consecuencia, perecedero y corruptible. En los vs. 51 y 52 se emplea sólo carne; en el resto de versículos se emplea en combinación-distinción con sangre. Son dos modalidades para expresar en definitiva lo mismo: Jesús como ser humano. De ahí que carne o carne-sangre puedan ser sustituidas por el pronombre personal en el v. 57.
Hay, sin embargo, una diferencia de matiz en el empleo de carne sólo o en combinación-distinción con sangre. Carne, sin más, designa al ser humano en estado o situación normales; carne-sangre designan al ser humano en estado o situación violentados.
La diferencia es significativa e importante y retoma lo que un lector del cuarto evangelio sabe desde Jn. 1, 29-36 y a lo que ya se hizo referencia hace tres domingos: Jesús es el cordero de pascua. La pregunta de los judíos tiene como finalidad introducir la reflexión sobre Jesús alimento en cuanto cordero sacrificado. No es una pregunta sobre el hecho de comer a Jesús, sino sobre la modalidad de comida ofrecida.
De esta manera, la dificultad formulada el domingo pasado de cómo un ser humano puede ser fuente de vida adquiere en el texto de hoy dimensiones mayores si cabe: Jesús es fuente universal de vida en cuanto carne (es decir, ser humano perecedero y corruptible) y, además, carne violentada, sacrificada.
En el fondo de la invitación a comer a Jesús (¡qué realismo de lenguaje!) empieza a vislumbrarse la presencia de la muerte violenta también en el discípulo. ¿Muerte? Resulta inevitable emplear este término, pero la realidad profunda nos dice que hay que hablar más bien de vida. De ahí que el texto siga insistiendo en la resurrección y en la vida.
Comentario. Quedar perplejos ante el texto, ante lo que dice y cómo lo dice, es probablemente la actitud inicial espontánea ante él. NI el fondo ni la forma son aquí convencionales. No lo es el fondo, porque choca con la razón; no lo es la forma, porque el lenguaje realista y crudo raya con la antropofagia. Todo es aquí provocativo y escandaloso.
Pero, superada la inicial perplejidad, descubrimos en este texto a un Jesús que vivió la historia, que quedó marcado por ella, pero que no fue vencido por ella. Es un Jesús con cicatrices, señal inequívoca de su paso por esta tierra nuestra; pero lleno de la vida cuyo hontanar está en el Padre. El alimento que se nos ofrece no es un ser etéreo e irreal, sino el hijo del hombre, no es alguien incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno probado en todo igual que nosotros excluido el pecado (Heb. 4, 15). Por eso es un alimento que satisface realmente.
Alberto Benito, Dabar 1991, 41



6.- Continuamos con el discurso del pan de vida. El fragmento de este domingo entra de lleno en la clave eucarística, tal como era entendida y vivida por la comunidad joánica. "Mi carne para la vida del mundo", en el fondo de esta expresión hay una fórmula aramea en la que "carne" sustituye a "cuerpo" para designar la realidad creatural de la persona humana. "Para la vida" traduce la preposición griega "Hyper"., que en el cuarto Cántico del Siervo y en los relatos de la institución de la eucaristía denota el carácter sacrificial y expiatorio de la muerte de Cristo. "Mundo" acentúa el sentido universalista de la salvación. Las murmuraciones de los judíos del v. 42 nos recuerdan las de sus antepasados ante Moisés en la travesía del desierto del Sinaí.
La Eucaristía proporciona una comunión real de vida y de destino con la persona de Jesús. Lo acentúa nuestro texto de varias maneras: el cuerpo de Jesús nos hace participar en la resurrección, nos hace vivir "por Cristo", que es vida "para siempre". Ello hay que entenderlo no de una manera mágica, sino como una comunión auténticamente personal. La clave de comunión es, además, típica de la teología joánica: comunión de Cristo con el Padre (cf. 10, 38; 14, 10-11), del discípulo con Cristo (cf. 15, 4-10), y del creyente con el Padre y con Cristo (cf. 17, 21-23).
Cristo cumple las expectativas del Antiguo Testamento: es el verdadero Moisés que nos nutre con el maná de la Eucaristía, es la verdadera Sabiduría que nos ofrece el pan y el vino de su Palabra y de su Persona presente en el Sacramento. Esa vida de Cristo nos compromete a ponerla en obra en nuestra vida de cada día, como nos indicaba Pablo.
Jordi Latorre, Misa Dominical 1991, 12



Es un verdadero escándalo: los judíos están indignados ante lo que escuchan. "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?". Nosotros ya no nos extrañamos apenas: ¡estamos tan habituados a estas palabras....! Sin embargo, el realismo de las palabras de Jesús tiene motivos para desconcertar. Se trata de pan, de carne dada como comida, de sangre vertida para apagar la sed. Se trata de comer e incluso, en el texto original, de "masticar". Nos hallamos muy lejos de ese alimento espiritual que no se podía tocar con los dientes, so pena de sacrilegio. Para nosotros ya no existe el escándalo, porque hemos des-encarnado la Eucaristía: una hostia inmaculada muy distinta del grosero pan de cada día.
Pero nuestras asambleas eucarísticas deberían constituir verdaderos escándalos públicos. "¿Cómo puede ser eso?". Sí: los hombres deberían extrañarse al vernos tomar el grosero pan de nuestras vidas, la vida de todos los hombres, con sus miserias y sus esperanzas, y atrevernos a pronunciar sobre esas humildes realidades las palabras del Señor: "Esto es mi cuerpo". Porque ahí está el escándalo: Dios toma sobre sí la vida del mundo y, si nosotros hemos hecho del "símbolo" del pan el símbolo del símbolo, es porque ¡hemos deshumanizado a Dios! "¿Cómo puede ser eso?". No tenemos más testimonio que dar que el desconcertante anuncio de un Dios que ha dejado su casa para habitar el mundo de los hombres...
Comer es incorporarse, fusionar. "¡Te comería a besos!", dice la madre mientras estrecha en sus brazos a su hijo. Tomar el cuerpo y la sangre de Cristo es entrar en comunión de amor y de destino.
Tomar el cuerpo y la sangre es, además, reconocer la vida del Espíritu en la carne y en la sangre de la humanidad de hoy. La humanidad que sufre, que busca, que da a luz al mundo con dolor; la humanidad que se regocija, que canta y que baila. Humanidad de ricos y de pobres, humanidad de pecadores y de santos.
Tenían razón para escandalizarse, porque en lo sucesivo, cuando unos hombres y mujeres, reunidos en el nombre del Señor, compartan el pan dando gracias, se producirá una y otra vez el advenimiento de la sorprendente novedad de Dios que toma carne viva, la carne de la existencia entera de los hombres.
Dios Cada Dia, Sal Terrae/Santander 1989.Pág. 164



8./Jn/06/53-60
La palabra de Jesús es tajante en tres afirmaciones fundamentales: mi carne es verdadera comida, yo doy mi carne para vida del mundo, el que no come este pan no tendrá vida, mientras que quien lo come vivirá eternamente.
Para desempeñar un oficio, para pertenecer a ciertas sociedades, para poder tener acceso a ciertas profesiones, para poder realizar ciertos planes... se requieren ciertas condiciones de edad, preparación, títulos académicos, etc.
La condición que Jesús pone para permanecer en él y para tener vida eterna es la de comer su pan y beber su sangre, comer de este pan que Jesús ofrece es una condición decisiva, comerlo es vivir eternamente, no comerlo es aceptar no tener vida. Desde nuestra experiencia vital esto es clarísimo. El que no come muere de hambre, y el que come poco está desnutrido, débil, sin fuerzas para el trabajo que otros bien nutridos, cumplen con relativa facilidad.
La vida del Espíritu, la vida de Dios, necesita su adecuado alimento que es el cuerpo de Cristo. No comerlo es resignarse o morir. Hacerlo con poca frecuencia o de manera inadecuada es condenarse a estar débil, desnutrido, sin fuerzas para las dificultades morales de la vida y los compromisos cristianos. No hay cristianos de distinta naturaleza. Aquí radica la diferente fortaleza o debilidad entre los cristianos. En la distinta manera de alimentarse de Cristo.
El alimento es el cuerpo de Cristo, a condición de que se reciba de manera adecuada: con reflexión y no por rutina, con debidas disposiciones y preparación, con voluntad de aceptar los compromisos que de ello se derivan.
"¿Esto os escandaliza?" Les dice Jesús "pues si vierais subir al Hijo del hombre donde estaba antes", esto sí que os terminaría de escandalizar.
Habla del Hijo del hombre que volverá a subir donde estaba antes. Dicho en otras palabras. Jesús no es un hombre cualquiera. No se trata de que se escandalicen más sino de dar la razón del mismo; el escándalo se produce sencillamente porque no se reconoce quién es Jesús. Los que lo reconocen como el Hijo del hombre saben que puede hacer lo que dice y aceptan su palabra.
"¿Y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu Santo es quien da vida; la carne no sirve de nada". El discurso sobre el pan de vida y el pan de la eucaristía alcanza su lugar exacto hablando de la "ascensión" y del Espíritu Santo. La carne en cuanto carne pertenece al ámbito del pan "perecedero". El Espíritu es el que da vida. Ahora bien, Jesús, en cuanto Hijo del hombre, pertenece a esa esfera de arriba, del Espíritu. Y solamente cuando esté dominado por el Espíritu, que lo resucitó de entre los muertos, podrá entregar la carne y la sangre, animadas del mismo Espíritu como principio de vida eterna.
El evangelista ha querido precisar al final del relato, algunos datos importantes relacionados con la eucaristía. Da importancia fundamentalmente a dos cosas: una relacionada a la ascensión del Hijo del hombre y otra relacionada con el Espíritu con mayúscula.
Sólo después de la ascensión del Hijo del hombre será posible recibir el pan vivo de la eucaristía. La mención del Espíritu alude, sobre todo, a la fe como medio absolutamente necesario para ver la eucaristía como la carne y la sangre del Hijo del hombre. O, dicho de otro modo, que sólo puede recibirse fructuosamente la Eucaristía cuando se está en posesión del Espíritu. Se trata por tanto de rechazar una interpretación mecánica o mágica de la eucaristía. Tal vez está en la mente del evangelista afirmar que no es el cuerpo terreno o muerto de Jesús, sino el cuerpo resucitado, lleno, penetrado por el Espíritu de vida, el que aprovecha en la eucaristía.
La fe es, por tanto, indispensable para comer el nuevo pan. Los discípulos que ese día abandonan al Maestro han renunciado a su fe: han preferido juzgar por su cuenta, han intentado comprender lo incomprensible. Pedro, por el contrario, en nombre de los doce, a la pregunta de Jesús sobre si ellos también quieren marcharse, contesta arrebatado. "Señor ¿a quien vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios".
Al hablar así, Pedro no demuestra haber comprendido -¿como iba a comprender nadie el misterio eucarístico?- lo que hace es una acto de inmensa fe, una protesta de adhesión incondicional, a pesar de la gran oscuridad que envolvía aquellas declaraciones de su Maestro.
Emplea S. Juan la misma palabra "carne" cuando habla de la encarnación: "el Verbo se hizo carne". Viene a decir que la realidad del cuerpo de Jesús en la comunión eucarística es la misma realidad que la del cuerpo de Jesús. Niega, por tanto, que exista solamente una unión espiritual por la fe con la persona de Jesús, y por eso repite machaconamente intentado poner de relieve que la carne y la sangre de Jesús son verdadera comida y verdadera bebida. Que no se trata simplemente de una comida y bebida simbólicas, sino de una comida real en la cual se participa realmente de la carne y de la sangre de Cristo.
Tres efectos de la recepción sacramental del cuerpo de Cristo:
-vida eterna y resurrección.
-inmanencia recíproca de Cristo y del cristiano. -consagración del cristiano a Cristo.



9.- El cuarto evangelio no relata la institución de la eucaristía. Al describir la última cena no se menciona la eucaristía para nada. Es algo realmente sorprendente. Probablemente la razón de esa ausencia está en que Juan traspasa la narración de la última cena, por lo que a la eucaristía se refiere, a este momento. Hay comentaristas que dicen que los vv. 51-59 no fueron pronunciados en Cafarnaún sino en el cenáculo.
A veces se oye hablar de la Eucaristía como si fuese sólo una cena de hermandad donde los cristianos hacen memoria de Jesús y de su muerte, casi de la misma manera como se podría recordar a cualquier otra persona querida. Es evidente que esta manera de hablar resulta totalmente insuficiente y ajena a la gran tradición de la Iglesia, que desde sus comienzos celebró la Eucaristía como el misterio absolutamente singular de la presencia viva y real de Jesús.
Cumpliendo este encargo de Cristo, en las celebraciones eucarísticas de la Iglesia primitiva recibían siempre todos los participantes el cuerpo del Señor, todos recibían la comunión. Después, frente al arrianismo se hizo especial hincapié en la divinidad de Cristo, mientras que su humanidad pasó a segundo plano en la conciencia de los fieles. Y esa actitud de amor y confianza para con la eucaristía fue sustituida por la de reverencia y temor.
Hasta el v. 51 todo el discurso del pan de vida se viene refiriendo a la persona de Jesús, recibida por la fe. Medio por el cual es dada la vida eterna. Ahora afirma Jesús, y pudiéramos decir de una manera descarada, que es su misma carne la que es el pan de vida. Se nos dice que la vida eterna es el efecto, no de "creer" en Jesús, sino de "comer" su carne. El protagonista ya no es el Padre, que da el verdadero pan del cielo, sino Jesús, que da su carne y su sangre.
Hay un crudo realismo -probablemente intentado por el evangelista- en estas expresiones: comer la carne y beber la sangre. Cuando Juan escribe estas palabras lleva más de 60 años celebrando la Eucaristía y han surgido -como aparecen en todos los tiempos- esos hombres tan espirituales que niegan la materialidad del cuerpo.



10. Juan 6,51-59. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida
Continuamos con el discurso del pan de vida. El fragmento de este domingo entra de lleno en la clave eucarística, tal como era entendida y vivida por la comunidad de Juan.
"Mi carne para la vida del mundo": en el fondo de esta expresión hay una fórmula aramea en la cual "carne" sustituye a "cuerpo" para designar la realidad criatural de la persona humana. "Para la vida" traduce la preposición griega "hyper", que en cuarto Cántico del Siervo y en los relatos de la institución de la eucaristía denota el carácter sacrificial y expiatorio de la muerte de Cristo. "Mundo" acentúa el sentido universalista de la salvación.
Las murmuraciones de los judíos del v. 52 nos recuerdan las de sus antepasados ante Moisés al atravesar el desierto del Sinaí.
La Eucaristía proporciona una comunión real de vida y de destino con la persona de jesús. Nuestro texto lo acentúa de diversas maneras: el cuerpo de Jesús nos hace participar en la resurrección, nos hace vivir "por Cristo", que es vida "para siempre". Lo cual se ha de entender no de forma mágica,-fino como una comunión auténticamente personal. La clave de comunión es, demás, típica de la teología juánica: comunión de Cristo con el Padre (c£10,38;14,10-11), del discípulo con Cristo (cf. 15,4-10), y del creyente con el Padre y con Cristo (cf. 17,21-23).
Cristo cumple las expectativas del Antiguo Testamento: es el verdadero Moisés que nos alimenta con el maná de la Eucaristía, es la verdadera Sabiduría que nos ofrece el pan y el vino de su Palabra y de su Persona presente en el Sacramento. Esta vida de Cristo nos compromete a ponerla en práctica en nuestra vida de cada día, como nos indicaba san Pablo.
Jordi Latorre, Misa Dominical 2000, 11, 8






domingo, 5 de agosto de 2018

LECTURAS Y COMENTARIO DOMINGO XIX T.O. CICLO B - 12 AGOSTO 2018


DIOS SE HACE NUESTRO PROFESOR


ORACION COLECTA

Dios todo poderoso y eterno, a quien, instruidos por el Espíritu Santo, nos atrevemos a llamar Padre, renueva en nuestros corazones el espíritu de la adopción filial, para que merezcamos acceder a la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesusito.

PRIMERA LECTURA

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 4-8

En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!».
Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!». Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.».
Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

SALMO RESPONSORIAL (33)

Gusten y vea qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamen conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. R.

Contemplen, y quedaran radiantes, su rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. R.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gusten y vean qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2

Hermanos: No pongan triste al Espíritu Santo de Dios con que él les ha marcado para el día de la liberación final.
Destierren de ustedes la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sean buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros como Dios los perdonó en Cristo.
Sean imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivan en el amor como Cristo los amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 41-51

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquen. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día.
Está escrito en los profetas: "Serán todos discípulos de Dios.".
Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.
No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre.
Les lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.».

COMENTARIO

“Los judíos protestaban contra Jesús”. En el estilo de san Juan, la expresión “los judíos” designa a la gente que se ha vuelto desconfiada, crítica y a las autoridades y dirigentes. Instintivamente nos procuramos distanciar de esa gente que no supo escuchar a Jesús. Pero, si nos fijamos un poco quizás nos descubramos un poco “judíos” quizás tampoco esto nos venga mal, pues entonces las palabras de Jesús nos resbalarán tanto sobre nosotros. Cuando Jesús dice: “He bajado del cielo” y “Tienen que comerme”, hasta los discípulos al final de este discurso sobre el pan de vida se pondrán a murmurar: “Es demasiado duro, ¿quién puede escuchar semejantes palabras?”. Si también a nosotros nos chocan estas palabras, que son realmente duras, podremos recibir mejor otra afirmación que corría el peligro de escapársenos: “Todos serán discípulos de Dios”.
Después de haber citado esta antigua expresión de Isaías (54, 13) Jesús corrige inmediatamente un posible error de interpretación que consistiría en pensar que el Padre nos enseña directamente. “No, indica Jesús, el Padre les enseña por medio de Mí, pero se trata ciertamente de su palabra, porque yo soy su palabra. Él me ha enviado a ustedes, vengo de junto a él, del cielo; él los atrae hacia mí para que sientan ganas de creer en mí y yo los atraigo hacia él revelándonos quién es”. En este movimiento de revelación divina es donde hay que entrar para recibir debidamente unas afirmaciones desconcertantes, como hay otras muchas a lo largo de todo el evangelio. En vez de atender inmediatamente a la dificultad de lo que se dice, miremos quien es el que lo dice. Ejemplo único de la importancia primordial concedida a lo que se llama el “argumento de autoridad” que de ordinario ocupa el último lugar en el valor de los argumentos. En esta ocasión, la autoridad de Jesús es tan grande que aceptamos lo que él dice ante todo porque es él quien lo dice, dispuestos a intentar comprender luego las coas, pero en el interior de nuestra primera y total adhesión a su palabra, por ser él la palabra de Dios. Cuando Jesús habla, es Dios mismo el que nos enseña. Una vez más, se trata de algo absolutamente único, como fuerza de autoridad de una palabra en labios humanos: cuando escuchamos a Jesús, escuchamos a Dios.  Si se nos ocurre murmurar como los judíos no empecemos a insistir ante todo en la excesiva dureza de sus afirmaciones, sino despertemos cuando antes y lo más posible nuestra fe: tu palabra, Jesús es la palabra de Dios. Decir “ante todo” significa que hay un “después”. La fe de una persona inteligente tiene que ser inteligente. Es una pena que haya tan pocos cristianos que intenten hacer su fe cada vez más inteligente. Esto exige reflexión, estudios y hace surgir murmuraciones, dudas; pero se trata de una batalla de hombres, y a Dios no les disgustan estos combates de Jacob (Gn. 32, 23-31). Suéltame, le dijo Dios. No te soltaré, le respondió Jacob hasta que me hayas bendecido. No te llamarás ya Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y has ganado. ¡Qué Dios nos dé la inteligencia y la fuerza de arrancarle toda la luz para vivir, ya que ha querido ser nuestro profesor de vida!.

PLEGARIA UNIVERSAL

Padre tú preparas la mesa y bendices cuanto hay en ella para que se haga don y alcance a todos; te pedimos; Danos tu pan y tu palabra

1.- Por la Iglesia y todos los creyentes para que sepa responder con amor y misericordia a las necesidades de los hombres. Oremos.

2.- Para que la eucaristía, mesa compartida que preside el Padre de todos, haga crecer en nosotros el compromiso de hacer del mundo la mesa redonda de fraternidad. Oremos.

3.- Para que quienes solo se rigen por la ley del mercado vuelvan su mirada haca los que expulsan fuera de él y aprendan a compartir lo que tienen. Oremos.  Oremos.

4.- Para que surjan entre los creyentes vocaciones entregadas a la edificación del Reino de Dios en la vida pública. Oremos.

5.- Para que quienes dedican su vida a promover el ministerio de la caridad y del pan compartido conserven su ánimo y puedan expandir con gozo su camino de fraternidad. Oremos.

Enséñanos a compartir el pan y a   multiplicar la solidaridad para que el mundo se llene de risas y canciones y nos reconozcamos como familia humana; abre hoy tu mano y sácianos con tus favores. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Acepta complacidos Señor, los dones que en tu misericordia has dado a tu Iglesia para que pueda ofrecértelos y que ahora transformas con tu poder en sacramento de nuestra salvación. Por Jesucristo nuestro Señor.


ORACION DESPUES DE LA COMUNION

La comunión en tus sacramentos nos salve, Señor y nos afiance en la luz de tu verdad. Por Jesucristo nuestro Señor.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 13: Ez 1, 2-5. 24-28; Sal 148; Mt 17, 22-27.
Martes 14: Ez 2, 8-3, 4; Sal 118; Mt 18, 1-5. 0. 12-14.
Miércoles 15: Ap 11, 19ª; 12, 1.3-6ª.10ab; Sal 44; 1Co 15, 20-27ª; Lc 1, 39-56.
Jueves 16: Ez 12, 1-12; Sal 77; Mt 18, 1—19, 1
Viernes 17: Ez 16, 1-15. 60.63; Sal; Is 12; Mt 19, 3-12.
Sábado 18: Ez 18, 1-10. 13b.30-32; Sal 50; Mt 19, 13-15.
Domingo 19: Pro 9, 1-6; Sal 33; Ef 5, 15-20; Jn 6, 51-58.  



COMENTARIOS AL EVANGELIO
Jn 6, 41-52

1.- Comentario. Nos hallamos ante una conversación o debate entre maestros (rabinos) de Israel, un género muy habitual en la literatura judía postbíblica y que a nosotros nos puede resultar chocante. En el cuarto Evangelio este género adquiere además la configuración de debate radical o de principios. De ahí el carácter tajante de sus afirmaciones.
Lo que en el debate de hoy está en juego es la supremacía entre dos principios de justificación. Los maestros ponían la supremacía en la Ley; el maestro Jesús la pone en la fe. El maestro echa en cara a los maestros que, con su preocupación por la observancia de la Ley, han dado de lado a la escuela del Padre. Aunque al Padre no se le pueda ver, si se está a su escucha, se terminará en Jesús y no en la Ley. El que está a la escucha del Padre es creyente, el que lo está de la Ley es observante. Es el primero quien se adentra en la corriente vital; no es el segundo, tipificado en los padres o antepasados del desierto.
Esta corriente vital no es una idea o una abstracción. Es una persona de carne y hueso, Jesús de Nazaret. Gracias a la dimensión empírica y palpable de Jesús la fe no es una cuestión de elucubración etérea. La fe es cuerpo y no idea. Los filósofos tienen razón en concluir que de lo empírico no puede salir lo absoluto. Esto no lo niega el creyente. Lo que el creyente afirma es que sin lo empírico lo absoluto deja de tener consistencia.
Gracias a la carne y sangre de Jesús, a su dimensión empírica, el creyente tiene la certeza de que la vida imperecedera de Dios existe y es verdad. Una certeza así no la tenían los antepasados judíos en su caminar por el desierto. Este comentarista tiene la impresión de que el texto de hoy encierra las afirmaciones más importantes y decisivas de la historia de la humanidad.
Alberto Benito, Dabar 1988, 42



2.- Los oyentes de Jesús son judíos: todos creen en Dios y en la Biblia. Pero una cosa es creer en los profetas del pasado, celebrados después de su muerte, y otra cosa es reconocer a esos enviados de Dios mientras viven y son discutidos, especialmente cuando el enviado de Dios es un simple carpintero: ¿Cómo es posible que diga el hijo de José y María semejantes palabras? Es evidente que Jesús les habla de comer su carne y beber su sangre.
¿Cómo es posible que exija a sus discípulos algo que está prohibido por la ley...? La Sagrada Escritura utiliza el verbo murmurar en el Éxodo: en el desierto, los israelitas desconfiaban de Dios y, a cada momento, criticaban las decisiones de Moisés (Ex 15, 24; 16, 2; 17, 3).
Hoy todavía tendremos que superar las mismas dudas y escuchar a los enviados de Dios que nos enseñan una misión concreta en el mundo de hoy. Son muchos los que creen en Cristo, en la palabra de Dios, y no quieren escuchar a sus profetas o a sus ministros. Esta escena que nos describe el evangelio está rodeada de sencillez y crudeza al mismo tiempo: Jesús es el enviado de Dios que nos pide creer en él. Creer que él es el pan de vida y que hay que comerlo. Para esto basta la fe por la caridad. Porque Jesús no explicará cómo habrá que comer su carne, cómo habrá que usar ese alimento divino que es él. Únicamente busca una respuesta de fe. Y no suaviza nada la exigencia de su verdad.
Eucaristía 1988, 38



3.- Juan llama frecuentemente "judíos" a todos los que se oponen a la predicación de Jesús. Por lo tanto, no hay que pensar en un cambio de auditorio. Estos "judíos" que conocen muy bien la familia de Jesús son en realidad galileos. Precisamente es este conocimiento de su origen humano lo que les impide creer que Jesús sea "el pan bajado del cielo". Jesús pide fe en su persona, pero los "judíos" responden con la crítica y la murmuración. Sucede aquí lo mismo que en los tiempos del Éxodo cuando los israelitas alzaron su crítica y su murmuración en contra de Moisés y desconfiaron de las promesas de Dios (Ex 16, 2-12; 17, 3-7).
Jesús no se extiende dando más explicaciones sobre su origen divino; pero advierte que la fe es la aceptación de su persona como enviado del Padre y que esto no es posible si el mismo Padre, que le envía, no conduce los hombres hacia su enviado. No se puede creer en Jesús sin la gracia de Dios, pero esta gracia no quita el riesgo y la libertad de la fe.
Citando a los profetas, concretamente a Is 54, 13, Jesús declara que todos los hombres son discípulos de Dios; es decir, que el Padre habla al corazón de todos los hombres y quienes le escuchan también escucharán al que el Padre ha enviado al mundo. Hay una correspondencia entre la palabra interior que Dios pronuncia en el corazón y esa otra palabra explícita que proclama Jesús predicando el evangelio.
La fe llega a su perfección cuando es fe en Dios, que se revela en su enviado Jesucristo. El que cree alcanza vida; pues, aunque todos puedan escuchar a Dios, solamente lo ha visto aquel que viene de Dios. Y éste es Jesús, el testigo y la misma Palabra de Dios hecha carne: la plenitud de la revelación, que hace posible la plenitud de la fe. Los que creen así alcanzan vida eterna.
Jesús, él mismo y no otra cosa, se presenta como "el pan de la vida". En cada una de sus palabras y de sus obras Jesús se da y se comunica a todos los que creen en él, y éstos reciben a Jesús y no sólo las palabras de Jesús.
CO-SO/QUE-ES: Es probable que Jesús haga ya referencia al don eucarístico. El "pan de vida", el que "ha bajado del cielo", es la misma realidad de Jesús, su propia carne y una carne que se entrega para la vida del mundo. Si escuchar a Jesús es ya recibir a Jesús y no sólo sus palabras, recibir el cuerpo de Jesús ha de ser también escucharle con fe. El sacramento es una palabra visible, un signo. El que come el pan eucarístico sin discernir, sin creer lo que esto significa, come su propia condenación. Comulgar es recibir el cuerpo de Cristo "que se entrega por la vida del mundo"; por lo tanto, es incorporarse personalmente a Cristo y enrolarse en su misión salvadora y en su sacrificio. La eucaristía fue instituida "la noche antes de padecer" para que los discípulos quedaran comprometidos en la misma entrega que Jesucristo, que se iba a realizar definitivamente al día siguiente. El que comulga debe saber que siempre se halla en esta situación: "antes de padecer" y que recibe "el cuerpo que se entrega para la vida del mundo". Comulgar no es sólo comer, es creer, y esto significa comprometerse.
Eucaristía 1982, 37



4.- Este texto forma parte del amplio discurso sobre el pan de la vida. Siguiendo el estilo típico del evangelio de san Juan, la imagen del pan de la vida está vinculada con la fórmula "Yo soy" o "Yo soy el pan de la vida". Es una fórmula introductoria que hay que relacionar con los discursos de Dios en el AT -Gn 28, 13; Ex 20, 2.5-. El rasgo característico de Juan, al usar esta fórmula, es señalar que sólo Jesús realiza plenamente lo que ella significa. La palabra reveladora se relaciona con el signo: el pan de la vida con la multiplicación de los panes.
La formulación que nos da el texto supone la separación, ya consumada, entre la comunidad cristiana y la sinagoga. Se presenta a los judíos como adversarios decididos de los cristianos. Esta separación es clara en los discursos en los que Jesús habla como si no perteneciera al pueblo judío (Jn 8, 17 "vuestra ley..." o en 7, 19.22 "os ha dado..."). La murmuración es debida a que Jesús se ha proclamado "pan de vida" y los judíos conocen su origen, conocen a su padre y a su madre...
Jesús califica la murmuración de incredulidad y su respuesta es un discurso sobre la fe. Lo que Jesús afirma sólo se puede aceptar desde una fe incondicional y sin seguridades. Esta fe sólo es posible si es el Padre quien atrae (cfr. Is 54, 13; Jr 31, 33ss). La incredulidad de los oyentes recuerda la de los israelitas en el desierto. Las razones que la explica son: la realidad histórica y humana de Jesús, es como los demás; no se dejan atraer o enseñar por el Padre; su mala disposición que no les permite entender lo que Jesús les ha dicho.
Jesús completa la idea. Había hablado del pan bajado del cielo. Ahora insiste en que es el pan vivo. Los judíos habían introducido el hecho del maná. Jesús les dice que el maná no es el pan vivo. Los padres comieron el maná y murieron. El que coma este pan vivirá para siempre. Hoy como ayer es difícil creer en la palabra de Jesús. El pan bajado del cielo suena a evasión en momentos de fracaso.
Misa Dominical 1985, 16



5.- Prosigue el discurso del pan de vida, con la particularidad de que ahora degenera en discusión. ¿Donde queda el entusiasmo del pueblo que lo proclamaba profeta, que lo quería hacer rey y que lo seguía de una orilla a otra del lago? Todo, porque Jesús les ha pedido que crean en él como "pan bajado del cielo" (v. 41).
"Critican" como el pueblo en el desierto (cf Ex 16, 2s; 17, 3; Nm 11, 1; 14, 27; ver también 1 Cor 10,10). Criticar (Murmurar) es olvidar la visión de fe de los acontecimientos y regirse por una lógica meramente humana. Si Jesús, al presentarse como "pan bajado del cielo", se refería a su origen (el prólogo del cuarto evangelio, en /Jn/01/13, según la variante más digna de crédito, alude a su concepción virginal: "la Palabra que no ha nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios"), sus oyentes también entienden que habla de su venida al mundo cuando aseguran que saben que es hijo de José y que conocen a su Padre y a su madre (v. 42).
Siguen unas palabras de Jesús sobre "ir a él", es decir, creer en él (vv. 35, 37. 44. 45). La realidad es que la mayoría de los que lo escuchan "critican", "no van a él". ¿Por qué? Al decir que "nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado" (v. 44) parecería que Jesús atribuye la incredulidad al hecho de no ser atraídos por el Padre; por tanto, no serían culpables. El conjunto del cuarto evangelio, y este mismo pasaje, afirman claramente la responsabilidad de los que, libremente, no han creído en Jesús, "no lo han recibido", porque han preferido las tinieblas a la luz, según una opción voluntaria. Por medio de Jesús se cumple la profecía de que "serán todos discípulos de Dios" (v. 45; cf Is 54, 13), y el propio Padre que los instruye por el Hijo los atrae por el Espíritu, pero es necesario que ellos "aprendan" es decir, acepten la enseñanza de Jesús: "todo el que escucha lo que dice mi Padre y aprende, viene a mí" (v. 45). Vuelve a decir que él es el pan bajado del cielo, que da la vida. "Comer este pan" es lo mismo que "ir a Jesús" o "creer en él".
Hilari Raguer, Misa Dominical 1976, 15


6.J/V.
Texto. Sigue ahondando en el signo de la multiplicación de los panes y los peces. La reflexión de hoy tiene su punto de partida en una dificultad: la realidad humana de Jesús parece cerrar toda posibilidad a que sea él el pan bajado del cielo, es decir, el alimento con garantía divina. ¿Cómo, en efecto, un ser humano puede tener categoría divina? La dificultad la formulan "los judíos". En el cuarto Evangelio esta expresión casi nunca tiene en alcance global, es decir, abarcador de toda la totalidad del pueblo judío. "Los judíos" son distintos de "la gente" (el interlocutor del domingo pasado), que también estaba compuesta de judíos. Semánticamente los judíos se distinguen de la gente, aunque guardan relación con ella: los judíos son los guías de la gente judía. La expresión "los judíos" designa, pues, a los dirigentes o responsables religiosos del pueblo judío.
La respuesta a la dificultad es el hecho de la vida, del que Jesús es garantía absoluta. El campo semántico de la vida es el predominante en la respuesta de Jesús: vida, vivir, resucitar, no morir conforman esta respuesta.
La vida de la que aquí se habla hay que entenderla en el sentido riguroso y radical del término. Vida en cuanto opuesta a muerte, sin sentido metafórico o figurado alguno. Jesús invalida la muerte porque él es la vida.
La respuesta es tan sorprendente que sólo podrá comprenderla y aceptarla quien esté en la onda de Dios. Esto es lo que vienen a significar los versículos 44-45.
Comentario. Es difícil encontrar un texto bíblico como éste en el que realidad y experiencia anden tan a la greña. Si algo resulta evidente en el texto de hoy es que lo que se ve y experimenta no da toda la medida o alcance de lo real.
Los dirigentes religiosos judíos tienen razón a nivel de experiencia; la dificultad que formulan es totalmente cierta a ese nivel; pero desde el punto de vista del cuarto evangelista no lo es a nivel de realidad. La afirmación de Jesús negando la muerte es totalmente contraria a la experiencia; pero desde el punto de vista del cuarto evangelista esa afirmación expresa la realidad.
RAZON/FE: No es cuestión de entrar aquí en el detalle del eterno problema de fe y razón. Lo que ciertamente queda claro en el texto de hoy es que la razón no es la medida de la realidad. Lo que la razón afirma es cierto; pero a condición de no elevarlo a categoría absoluta. También la razón necesita ser complementada; de lo contrario, sus afirmaciones pueden quedar cortas y ser inexactas. Es lo que sucede cuando se trata de enjuiciar a la persona de Jesús y a determinadas afirmaciones suyas: la sola razón es insuficiente.
Parafraseando una célebre frase de Pascal, la fe tiene razones que la razón no conoce. Para entender a Jesús y descubrir la verdad de su persona y su afirmación de hoy hay que estar encariñados con Dios. Sólo entonces sabremos de verdad quién es Jesús y sabremos (¡oh maravilla!) que la muerte no existe.
Alberto Benito, Dabar 1991, 40



7. - En Jn 6, 37-40, Cristo ha defendido una concepción original de su papel de rabí y de la actitud ideal del discípulo. La perícopa de hoy supone conocida esta posición. a) La originalidad del Maestro consiste en su dependencia con respecto del Padre: el oyente no puede llegar a ser su discípulo si no le "ve" en esta relación con el Padre (vv. 40, 46). Este tema del discípulo no es menos importante en esta lectura que en la precedente: las expresiones "venir a Mí", "ver", "enseñados por Dios" (vv. 44-46) son una prueba de ello.
En contraste, el que "murmura" (v. 41), no "ve" las relaciones de Cristo con su Padre y se niega a reconocer en el hijo de José a alguien que ha "bajado del cielo" (vv. 42-43). b) Cristo responde a estas murmuraciones proclamándose "Pan de vida bajado del cielo" (vv. 48-49), continuando con esto lo que ya había dicho antes (Jn 6, 31-33). Esta expresión le designa a El mismo en su relación con el Padre y en su misión de traer la vida divina a los hombres. Pero el sermón pasa, sin transición, del Pan-Palabra al Pan eucarístico (v. 31).
Las relaciones entre el discípulo y el Maestro se instauran, pues, por la Eucaristía, donde se "ve" de mejor forma el lazo que une a Jesús y su Padre. El misterio eucarístico aparece desde entonces con justo título como el "misterio de la fe".
c) Ver a Dios: La afirmación de Jesús de que El ve al Padre (v. 46) no debe conducir a una definición de la visión beatífica. La misión reveladora de Jesús sobre la tierra no requiere, en efecto, este tipo de visión. Requiere solamente un conocimiento particular de los secretos de Dios, el cual ha sido una gracia en El, y es este conocimiento particular el que la Biblia expresa por la metáfora "ver a Dios" (Jn 1, 18). "Ver a Dios", en efecto, en la Escritura, designa una especie de proximidad del hombre y Dios, estando el primero capacitado para comprender el designio del segundo. Esta proximidad le ha sido denegada al hombre desde la caída (Ex 33, 20; 1 Re 19, 11-15). Jesús restablece esta proximidad y esta amistad.
Celebrar la Eucaristía significa para la Iglesia detentar los signos auténticos del amor y del conocimiento que unen al Hijo al Padre y que nos unen al Hijo. Y la Eucaristía es este signo decisivo porque es la respuesta perfecta del Hombre-Dios a su Padre y porque contiene la respuesta de la Iglesia a la misma exigencia de fidelidad y de amor.
Al movimiento de descenso del pan de vida en la encarnación y en la Eucaristía corresponde un movimiento de atracción de los discípulos hacia Cristo. Dios envía a Jesús a los suyos, pero le asegura al mismo tiempo la fe de estos últimos.
Maertens-Frisque, Nueva guía de la Asamblea Cristiana IV, Marova Madrid 1969.Pág. 102



"Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: Yo soy el pan que ha bajado del cielo". Y decían: ¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: "He bajado del cielo?
Jesús, les respondió; no murmuréis entre vosotros". Los judíos murmuraran de Jesús. Adoptan así, a los ojos del evangelista, la actitud del pueblo de Israel, durante su peregrinación por el desierto, en contra de Dios. Esta murmuración del pueblo contra Dios que lo conduce, que empieza a considerar la salida de Egipto como una fatalidad desgraciada, es la expresión de la resistencia suprema a la acción de Dios: es no querer seguir colaborando con Dios: o sea, todo lo contrario de la voluntad de creer.
Por eso la tradición judía afirmaba que la generación del desierto no tendría participación alguna en el mundo venidero.
S. Pablo recoge esta tradición en su primera carta a los Corintios (10, 1-11) y la pone ante los ojos de los cristianos como un ejemplo que debía servirles de aviso. Tampoco los cristianos tienen una seguridad absoluta de salvarse; también ellos pueden correr el peligro de la inseguridad, la resistencia y la apostasía, de modo que se alcen contra Dios y pongan en peligro su fe. (Heb 3, 7-11).
Lo mismo que hicieron sus padres, estos judíos protestan contra el designio de Dios que se manifiesta en las palabras de Jesús y rechazan la aceptación creyente de su palabra. "Yo soy el pan que ha bajado del cielo" sencillamente absurdo. El auditorio sabía muy bien quién era Jesús. O, más bien, creían saberlo. ¿Cómo se presenta diciendo que ha bajado del cielo aquel a quien hemos visto nacer?
Yo doy gracias a Dios de no haber estado allí, porque hubiere sido otro más de los incrédulos. La fe no tiene nada que ver con la experiencia humana.
La piedra de escándalo es, por tanto, la humanidad de Jesús. Y, sin embargo, es precisamente en esa carne y sangre, recibida de su linaje humano, donde está la plenitud del Espíritu (1, 32) que lo hace la presencia de Dios en la tierra.
"Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado". Creer que Jesús es hombre totalmente como nosotros y creer, no obstante que "no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios", (Jn 1,13). Esto sólo puede lograrse mediante el don de la fe, que Dios regala. Nadie puede ir a El si no fuera "traído" por el Padre. La frase suena a determinismo fatalista. Es preciso, para evitarlo, tener en cuenta el "modo" como Dios "trae" al hombre. No lo trae por la fuerza, sino por la invitación a la decisión ante su manifestación en la Escritura. Jesús se halla testimoniado en la Escritura.
Es decir, se halla abierto para todos el camino para ser traídos por el Padre a Jesús. En este sentido llegan a Jesús todos los que leen rectamente la Escritura, los que escuchan al Padre, los que son adoctrinados por Dios.
La docilidad para creer. Lo opuesto a la murmuración: la señal más clara de no querer creer. Sólo cuando existe una verdadera apertura a Dios, cuando se cesa de murmurar, puede tener lugar la "tracción" que Dios hace del hombre hacia Jesús.
Jesús toma un texto profético y le da una interpretación diferente: No se trata ya de que Dios va a inculcar al pueblo la fidelidad a la Ley: "todos serán discípulos de Dios" (Is 54, 13). Porque Dios pondrá la Ley dentro del corazón del hombre y nadie tendrá que enseñar a nadie sino que todos conocerán a Dios, del más chico al más grande (Jer 31, 33-34). Jesús viene a decir: Dios no enseña a observar la Ley, sino a adherirse a El: "todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí".
"No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios; ese ha visto al Padre". Es decir, no hace falta una experiencia de Dios fuera de lo ordinario; basta fiarse de Jesús. Jesús que conoce al Padre porque procede del Padre es el único que puede manifestar su designio sobre el hombre y establecer las condiciones para realizarlo: "ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en El tenga vida eterna y que yo le resucite el último día (Jn 6, 40).



La ciencia no es capaz de recrear por sí sola la presencia del pasado, ni siquiera una relación personal, sino que evidencia y fija la distancia, la ausencia. De esta suerte -continuando las reflexiones de la segunda parte-, podemos formular la siguiente tesis: puesto que la oración es el centro de la persona de Jesús, el presupuesto para conocer y comprender a Jesús es la participación en su plegaria.
Comencemos por una consideración muy general. El conocer depende, por su naturaleza misma, de una cierta conformidad entre el que conoce y lo conocido. A esto se refiere el antiguo axioma que afirma que el igual es conocido por su igual. Respecto a las alturas del espíritu y respecto a las personas, esto significa que el conocer exige una cierta relación de simpatía (syn-pathein), mediante la cual el hombre, por así decir, entra en la persona en cuestión, en su realidad espiritual, se hace una cosa con ella y, de este modo, es capaz de entenderla (intellegere=intus legere). Aclaremos un poco más este hecho con algunos ejemplos. Se accede a la filosofía sólo filosofando, es decir, desarrollando el pensamiento filosófico; la matemática se abre únicamente al pensamiento matemático; la medicina se aprende practicando el arte de curar, y no sólo por medio de los libros y de la mera reflexión. Del mismo modo, no puede comprenderse la religión más que mediante la religión; es éste un axioma indiscutible de la filosofía de la religión.
El acto fundamental de la religión es la oración, la cual conserva en la religión cristiana un carácter totalmente específico: ella es entrega de sí en el Cuerpo de Cristo y, por consiguiente, acto de amor que, en cuanto que es amor por y con el Cuerpo de Cristo, reconoce y completa el amor de Dios, necesariamente y siempre, incluso como amor al prójimo, como amor a los miembros de este Cuerpo.
En las meditaciones precedentes hemos visto que la oración era el acto central de la persona de Jesús, que su persona se identifica por el acto de orar, por la constante comunicación con aquel a quien él llama «Padre». Si esto es así, únicamente es posible una comprensión real de su persona entrando en este acto de oración, participando en él. A esta realidad aluden las palabras de Jesús: «Nadie puede venir a mí si el Padre no le trae» (Jn/06/44). Donde no está presente el Padre, tampoco está presente el Hijo. Donde no hay relación alguna con Dios, permanece también incomprensible aquel hombre cuya existencia misma dice relación con Dios, con el Padre; y ello, por muchos datos concretos que acerca de él puedan llegar a conocerse. En consecuencia, la participación en la intimidad de Jesús, es decir, en su oración, que, como ya hemos visto, es acto de amor, don y entrega de sí mismo a los hombres, no puede eliminarse como si se tratara de un acto devoto cualquiera, que no aporta gran cosa a una verdadera comprensión de su persona y que podría incluso obstaculizar la rigurosa pureza del conocimiento crítico. Al contrario, esta participación constituye el presupuesto fundamental para alcanzar una comprensión real de Jesús en el sentido de la hermenéutica actual, es decir, para entrar en su tiempo y en su espíritu, abordándolos como ellos son en sí mismos.
Joseph Ratzinger, El Camino Pascual, BAC Popular Madrid-1990.Págs. 142 S.



10. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo
El fragmento que hoy nos propone la liturgia contiene dos subunidades del discurso del pan de vida: una de ellas centrada en el tema de la murmuración ("criticaban a jesús"), la otra recupera el tema del pan que da la vida eterna.
La crítica de los oyentes acompañó también a Moisés a lo largo de su itinerario por el desierto (cf. Ex 15,24;16,2.7.12;17,3; Nm 11,1 etc.). Nace de la incomprensión de la acción de Dios y la consiguiente rebelión a su voluntad. La incomprensión de la revelación proviene del escándalo que hallan los oyentes al contrastar el origen humilde de Jesús (cf. Mc 6,3 y paral.) y su pretensión de ser el único pan capaz de satisfacer el hambre de Dios que siente la persona humana. Jesús hace de ello interpretación teológica: la fe es, en el fondo, un don de Dios para el sujeto, en forma de enseñanza. Quien acoge esta enseñanza se abre a Dios. La cita de Jesús está tomada de Is.54,13 (cf. también Jr 31,31-34).
La referencia al maná nos conduce al inicio del discurso (v 31), con lo cual se nos indica que está acabando una unidad temática para iniciar otra nueva. La diferencia entre Moisés y Jesús es radical. Mientras el primero no podía facilitar la vida que sólo Dios en persona da, Jesús, por el contrario, sí que es capaz de darla. El maná no libra de la muerte; Jesús es el pan de vida.
El verbo "comer" marcará la estructura de la segunda parte del discurso. Hasta ahora todo se resume en la frase: "El que cree tiene vida eterna". A partir de ahora: "El que coma de este pan vivirá para siempre". Hemos pasado del acento existencial al acento sacramental-eucarístico.
"El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo": fórmula eucarística primitiva que Juan incorpora a su evangelio. "Carne" como sinónimo de "cuerpo". La preposición para (engriego hyper) que también aparece en los relatos de la última cena da un carácter sacrificial a la entrega-muerte de jesús. "Para la vida del mundo", "para el perdón de los pecados", se convierten así en expresiones paralelas. Jesús, pan de vida, nos invita a abandonar nuestras criticas, todo aquello que nos impide creer a fondo y optar por su persona resucitada que nos llega en el cuerpo eucarístico. El próximo domingo, el fragmento evangélico nos explicitará ese tema eucarístico.
Jordi Latorre, Misa Dominical 2000, 10, 38