sábado, 19 de abril de 2014

LECTURAS Y COMENTARIO DOMINGO DE RESURRECCION CICLO A - 20 ABRIL 2014

EL NACIMIENTO DE NUESTRA FE
  


PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero.
Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.».

SALMO RESPONSORIAL (Sal 117)
    Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo

Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia. 
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R.

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir,
viviré para contar las hazañas del Señor. R.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular. 
Es el Señor quien lo ha hecho, 
ha sido un milagro patente. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,1-4

Ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque han muerto, y su vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también ustedes aparecerán, juntamente con él, en gloria.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

COMENTARIO

Los cuatro evangelistas, que a menudo se muestran tan diferentes entre sí, empiezan de la misma forma su ultimo  capitulo, el de la resurrección: “El primer día de la semana”. En el amanecer de aquel primer día nace la fe pascual, nuestra fe. Al principio fue tan solo una conmoción en la sombra (“Aunque estaba oscuro”, indica Juan, el evangelista preciso y buscador de símbolos), luego una agitación de amor, Juan el “discípulo preferido de Jesús”, se preocupa de subrayar debidamente la presencia de otra preferida, María de Magdala; a fe y el amor están estrechamente ligados entre sí. Al llegar al final de los cuatro evangelios, si hay algo claro para  nosotros es precisamente la certeza de que toda nuestra vida se basa en ese binomio fe-amor.
María ve la losa quitada, corre a avisar a Pedro y a Juan y les dice algo tan terrible a propósito de Jesús que la idea de muerte se hace aún más pesada: “No sé donde lo han puesto”. No piensa más que en un cadáver, en un objeto. Tan cerca de lo que va a ser nuestra fe, todavía nos encontramos ante un abismo infranqueable. Pero Pedro y Juan van corriendo y descubren los primeros signos de “otra cosa”: el sepulcro vacío, el sudario y las vendas cuidadosamente enrolladas. ¡Es el choc! Pedro sigue todavía perplejo (“Asombrado”, dirá Lucas siempre mesurado).
Mas intuitivo que Pedro, Juan da el inmenso paso de la fe: “Vio y creyó”. El evangelista insiste en este fantástico “creyó” que en adelante va a separar dos mundos, el de antes y el de después de la resurrección: “Hasta entonces no habían entendido lo que dice la Escritura que tenia que rescatar de la muerte”. El evangelista dice de sí mismo: “Vio y creyó”, y contará que María dijo: “He visto”. Luego los discípulos “ven” y finalmente Tomás vio y creyó. Pero el resucitado proclama entonces la gran bienaventuranza: “Dichosos los que creen sin haber visto”. La fe no es una meditación sobre Dios, sino un don de Dios que nos abre a los primeros creyentes vieron y comprendieron; el sepulcro vacío, las apariciones de Jesús resucitado, el testimonio de la escritura.
La mayor parte de nosotros hemos recibido fácilmente  la fe y nos hemos quedado en la facilidad pasiva. “Desde luego yo soy cristiano y hasta practicante”.
Pero el aire que respiramos es mortal para nuestra creencia y nuestras prácticas. En un clima de lucro y de consumo, en la agresión permanente de los científicos, de los  psicólogos y de los medios de comunicación social, creer en la resurrección exige un cultivo de la fe. Muchos padres se desalientan por el abandono de sus hijos y preguntan como pueden transmitirles mejor la fe. La primera respuesta es una cuestión ¿qué fuerza de fe, que inteligencia de la fe tenemos nosotros para transmitírsela a ellos?.
Una reflexión sobre este punto nos infundirá quizás el deseo de conocer mejor la biblia y de seguir la puesta al día de la fe en las enseñanzas de la iglesia.
 Esa fe sigue siendo ciertamente  la fe de la mañana de pascua, pero no cesa de enriquecerse con las formas de vivirla en cultura diferentes.
No basta con cantar: “¡Cristo ha resucitado!”, es preciso advertir todas las consecuencias que esto lleva consigo en el mundo entero y en nuestra propia vida.

PLEGARIA UNIVERSAL.

La alegría de esta mañana, se hace eterna en cada domingo. Presentemos al Padre por medio de su Hijo Jesucristo nuestras oraciones. Repitamos: Haznos partícipes de tu resurrección.

1.- Por el Papa, los obispos sacerdotes y el pueblo fiel para que la alegría de este día que se alargara durante la Pascua sea fermento para convertir su vida a Dios. : Haznos partícipes de tu resurrección.

2.-  Por las naciones de la tierra para que reciban la alegría de la resurrección y llegue a todos la paz y la reconciliación de los pueblos. : Haznos partícipes de tu resurrección.

3.- Por los enfermos, necesitados, oprimidos para que Cristo abra sus vidas y recobren la salud y la alegría de la resurrección. : Haznos partícipes de tu resurrección.

4.- Por las familias, para que la celebración de la resurrección de Cristo cada domingo revierta en una mayor santidad de sus miembros y una armonía en el hogar. : Haznos partícipes de tu resurrección.

5.- Por todos nosotros para que vivamos cada día, iluminados por la visión del sepulcro vacío. : Haznos partícipes de tu resurrección.

Padre que has resucitado a tu Hijo, haznos dóciles a su voz y así podamos también un día resucitar con El a la vida que no acaba. Te lo pedimos por tu Hijo nuestro Señor. Amen.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 21: Hch 2, 14.22-23; Sal  15; Mt 28, 8-15.
Martes 22: Hch 2, 36-41; Sal   32; Jn  20, 11-18.
Miercoles 23: Hch 3, 1-10; sal 104; Lc 24, 13-35.
Jueves 24: Hch 3,   11-26;  Sal  8;  Lc 24, 35-48.
Viernes 25: Hch  4, 1-12;  Sal 117;  Jn 21, 1-14.
Sábado 26: Hch 4, 13-21; Sal 117; Mc 16, 9-15.
Domingo 27: Domingo II de Pascua o de la Divina Misericordia. Hch 2, 42-47; Sal 117; 1P 1, 3-9; Jn 20, 19-31.