viernes, 15 de febrero de 2019

LECTURAS Y COMENTARIO VI DOMINGO T.O. CICLO C - 17 FEBRERO 2019


LA DESGRACIA DE SER RICO


ORACION COLECTA

Oh Dios que prometiste permanecer en los rectos y sencillos de corazón, concédenos pro tu gracia vivir de tal manera que te dignes habitar en nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de Jeremías 17, 5-8

Así dice el Señor: «Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor.
Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.

SALMO RESPONSORIAL (01)

Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. R.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin. R.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal. R.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 12. 16-20

Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de ustedes que los muertos no resucitan?.
Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, su fe no tiene sentido, seguís con sus pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados.
¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 17. 20-26

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque suyo es el reino de Dios.
Dichosos los que ahora tienen hambre, porque quedaran saciados.
Dichosos los que ahora lloran, porque reirán. Dichosos ustedes, cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los insulten, y proscriban sus nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas.
Pero, ¡ay de ustedes, los ricos!, porque ya tienen su consuelo. ¡Ay de ustedes, los que ahora están saciados!, porque tendrán hambre. ¡Ay de los que ahora ríen!, porque harán duelo y lloraran.
¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que hacían sus padres con los falsos profetas.».

COMENTARIO

No es fácil recibir todo este aluvión: “Ay de ustedes, los que están saciados!. ¡Ay de ustedes los que ríen!, ¡Ay de ustedes, de los que todo el mundo habla bien!”. Los creyentes se ven obligados a quedarse allí delante, perplejos. Nos damos cuenta de que para Jesús estas bienaventuranzas y estas maldiciones extrañas (“¡Dichosos ustedes, los pobres! ¡Ay de ustedes, los ricos!”) son una evidencia, pero cuando nos fijamos en nuestra vida, nos parece mucho más evidente la ley del dinero: son dichosos los ricos y desventurados los pobres. Es lo que piensa todo el mundo. ¡Todo el mundo! Ese es el problema. Los primeros cristianos, por su parte, extrañaron y desentonaron de tal modo que en los ambientes paganos la nueva fe llamó la atención. Si ahora los cristianos resultan que son “como todo el mundo” su fe no puede menos de dejar escépticos y críticos a los “paganos” ¿En qué cambia las cosas la fe en Jesucristo?.
Lo cambia todo cuando se cree. Aquí, por ejemplo, hay que creer en el deprecio de Jesús por el dinero y entrar también nosotros en ese desprecio, cueste lo que cueste. Por otra parte, no es el dinero “útil” lo que desprecia. Aprueba la alegría de una mujer que se ha encontrado el drama perdido y la felicidad de las personas que han tenido éxito en sus negocios (Lc 19, 16-17). Pero ¡qué desprecio con el rico que acumulaba tesoros para asegurarse la vida: “¡Necio!” (Lc 12, 20). La vida no es eso. La desgracia de ser rico consiste en engañarse sobre la vida buscando pequeñas felicidades, eso que Jesús llama el “consuelo”: “¡Ay de ustedes, porque ya tienen su consuelo!”; tienen el confort, tienen la seguridad, tiene el aprecio de los demás. Pero no tienen el reino. La verdadera vida está allí; hay que entrar en el reino, que es el país del amor: “Dios mío, dice el salmo 118, ¡que tu amor sea mi consuelo!”. La verdadera vida, para la que estamos hechos, es amar a Dios y amar a nuestros hermanos. ¡Evidentemente hay que creerlo! Una existencia cristiana comienza exactamente por ese acto de fe: creer en Jesús cuando nos dice que la dicha está en elegir el amor. La vida no es forzosamente una elección entre la felicidad y la desgracia, sino más generalmente una elección entre las pequeñas felicidades que se pueden comprar y la gran dicha de amar.
Pero ¿por qué se dice que el dinero nos hace dejar a Dios y el amor fraternal? Porque cuando se espera todo del dinero, se acostumbra uno a no esperar nada de Dios y se trata cada vez menos con él. Y cuando uno codicia el dinero, no comparte con los demás; cuanto más rico es uno, menos da; es cosa bien sabida. ¿Entonces? ¿Tirar el dinero o tirar el evangelio? No, hay que repetir que el dinero puede ser útil, el problema está en mantenerlo en esa estricta utilidad, en no entregarle nuestra vida, en seguir siendo capaz de dominar la avaricia. Eso es el evangelio.
Cuando un rico ama a Dios (lo prueba la calidad de su oración) y cuando se ve devorado por el amor fraterno (lo prueban la generosidad y el compromiso social) conquista una de las batallas cristianas más difíciles: hacer que el dinero sea dócil y noble.

PLEGARIA UNIVERSAL

Pongamos en Dios nuestra confianza y pidámosle que así como resucito a Jesucristo de entre los muertos, nos haga esperar nuestra resurrección poniendo en sus manos de Padre nuestras inquietudes y anhelos. Digámosle: R.- Escúchanos, pues confiamos en ti.

1.- Por el Papa Francisco y todos los pastores de la Iglesia, para que en su magisterio y su manera de vivir, proclamen siempre el gozo de las bienaventuranzas de Jesús. Oremos.

2.- Por los gobernantes de las naciones, para que renunciando a sus propios intereses y preocupándose sinceramente por el bien común; puedan merecer la felicidad propuesta por Jesús. Oremos.

3.. Por todas las comunidades cristianas, para que podamos ayudarnos mutuamente a mantener viva nuestra confianza en Dios, en los momentos difíciles. Oremos.

4.- Por los pobres, los enfermos, los que se sienten solos y marginados, que puedan experimentar la alegría prometida por Jesús a través de nuestras actitudes de acogida, comprensión y solidaridad. Oremos.

5.- Por todas las personas consagradas a Dios, para que en su vida y en su manera de entregarse a todos, dejen resplandecer en ellos el amor y la presencia del Señor. Oremos.

6.- Por todos nosotros, para que la esperanza de la resurrección futura nos ayude a vivir desde ahora, la dicha de la cual participaremos para siempre en el cielo. Oremos.

Oh Dios, que llamas dichosos a los que el mundo llama desgraciados, escucha las oraciones que con fe te presentamos, y haz que un día gocemos de la dicha eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.

10.- ORACION SOBRE LAS OFRENDAS

Señor que esta oblación nos purifique y nos renueve, y sea causa de eterna recompensa para los que cumplen tu voluntad. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACION DESPUES DE LA COMUNION

Alimentados con las delicias del cielo, te pedimos, Señor que procuremos siempre aquello que nos asegura la vida verdadera. Por Jesucristo nuestro Señor.

PALABRA DE DIOS Y SANTORAL DE CADA DÍA

Lunes 18: Gn 4, 1-15; 25; Sal 49; Mc. 8, 11-13.
Martes 19: Gn. 6, 5-8; 7, 1-5, 10; Sal 28; Mc. 8, 13-21.
Miércoles 20: Gn. 8, 6-13; 20-22; Sal 115; Mc. 8, 22-26.
Jueves 21: Gn. 9, 1-13; Sal 101; Mc. 8, 27-33.
Viernes 22: 1 Pe 5, 1-4; Sal 22; Mt. 16, 13-19.
Sábado 23: Hb. 11, 1-7; Sal 144; Mc. 9, 2-13.
Domingo 24:   Sm. 26, 2; 7-9; 12-13; 22-23; Sal 102; Cor. 15, 45-49; Lc. 6, 27-38.


COMENTARIOS AL EVANGELIO
Lc 06, 17. 20-26
Aunque Jesús dirige su palabra a los discípulos, su enseñanza no concierne solamente a ellos. En su auditorio hay discípulos que le siguen de cerca, una masa de gente que acude de todas partes llevada por la curiosidad y algunos que han bajado de Jerusalén y le observan maliciosamente. En realidad las bienaventuranzas, excepto la última que recae especialmente sobre los discípulos, son para los pobres y los afligidos de este mundo. Lucas, a diferencia de Mateo que trae ocho bienaventuranzas (Mt 5.3-12), menciona sólo cuatro; pero añade, en contrapartida, otras cuatro amenazas. En cuanto a las primeras, el número no tiene mayor importancia, ya que en definitiva todas se refieren al único camino que conduce al reino de Dios.
Es interesante hacer notar cómo Lucas habla únicamente de los "pobres", de los  "hambrientos", de los que "lloran", sin añadir calificativo alguno, mientras que Mateo nos  habla de los "pobres de espíritu" o de los que "tienen hambre y sed de justicia". El texto de Mateo se refiere a los hombres que se tienen a sí mismos por pobres delante de Dios y lo esperan todo de él, sin confiar en su propia autosuficiencia. Y aunque este significado  puede salvaguardarse también en el texto de Lucas, puesto que el reino de los cielos y no  la riqueza es la esperanza y la dicha de los pobres no cabe duda que subraya la pobreza  como una situación objetiva favorable y hasta necesaria, aunque no suficientemente, para  llegar al reino de Dios. En cambio, las riquezas son un verdadero obstáculo.
Jesús dirige expresamente esta bienaventuranza a los que van a ser sus testigos, a los que van a ser perseguidos "por causa del Hijo del hombre" (Cfr. Mt 5, 10-12): "Dichosos vosotros..." Los discípulos de Jesús, los que le siguen, padecerán por su causa, pero participarán también de su gloria y de la gloria de los profetas. Lo específico de los cristianos no es ser pobre o estar con los pobres, no es luchar por la justicia o construir la paz, sino dar testimonio de Cristo. Para éstos, además de la otra bienaventuranza que comparten con los pobres, hay una bienaventuranza específica.
El evangelio es anuncio y denuncia al mismo tiempo, bendición y maldición, buena y mala noticia. No es imparcial. No lo puede ser en un mundo dividido por la injusticia. Por eso Jesús no bendice a unos sin maldecir a los otros. Pero la maldición o la amenaza que hace a los ricos y a los autosuficientes es, ante todo una advertencia severa y una exhortación para que se conviertan.
Porque si siguen siendo ricos, a pesar de la pobreza de los pobres y a costa de éstos, su  situación es injusta a todas luces y es desesperada en vistas a lo que importa, al reino de  Dios.
También esta cuarta amenaza se dirige expresamente a sus discípulos. Los que le siguen y han de ser sus testigos no deberán alegrarse si se ven rodeados de una nube de aduladores, sino todo lo contrario. Porque si buscan los halagos caerán en los errores de los falsos profetas, de aquellos que sólo predican lo que el mundo quiere escuchar y traicionan el evangelio.
Eucaristía 1983, 9



2.- -Texto. Se ha cerrado un capítulo de la obra con las espadas en alto por parte de letrados y fariseos (cfr. Lc. 6,11). Con Lc. 6,12 se abre un nuevo capítulo, del que forman parte los versículos de hoy. En el v.17 el autor presenta el escenario: un llano. En él, tres grupos de personas netamente diferenciadas acompañan a Jesús: los doce, discípulos, otra gente. La acción se desarrolla entre Jesús y discípulos. Esta acción no lleva anejo movimiento alguno de las partes. Son palabras de Jesús teniendo como destinatario de las mismas a los discípulos. En sus palabras Jesús les habla de ocho categorías de personas, divididas en dos bloques contrapuestos de a cuatro: pobres, hambrientos, llorosos y vituperados en el primer bloque; ricos, saciados, alegres y ensalzados en el segundo. Cada una de las categorías viene introducida por una exclamación de gozo o de lamento.  Exclamación de gozo en el primer bloque y de lamento en el segundo.
Comentario. Voy a empezarlo por esto de exclamación de gozo y de lamento. Si denomino así a lo que habitualmente se llaman bendiciones y maldiciones, es porque se acomoda más al género literario que subyace y que nos es perfectamente conocido por el uso que de él hicieron los viejos profetas del Antiguo Testamento. El profeta es la persona que ve los acontecimientos en profundidad, que detecta en ellos realidades y movimientos que se escapan al común de observadores. Al detectarlos lanza una exclamación. Esta será de alegría o de pena, según el signo de la realidad o del movimiento detectados. El profeta no sabe cuándo éstos tendrán lugar; sólo sabe que tendrán lugar. No bendice o maldice a nadie, sino que lanza un grito de entusiasmo o se echa las manos a la cabeza aterrorizada ante la nueva situación que se avecina, pero de la que no tienen ni idea aquéllos a quienes va a afectar. En su calidad de gritos estas visiones proféticas no se pueden encasillar dentro de ninguna lógica al uso ni mucho menos se pueden interpretar como revanchismo o expresión de un "cambio de tortilla". Son gritos que brotan del estremecimiento de unas entrañas utópicas; manifestaciones de alegría. Sin estridencias, sin esnobismos, sin contorsiones ni agresividad.
Balada, lamento. Gestados en la montaña, en el cósmico-puro delirio de la música callada y de la soledad sonora; arriba, donde el aire es siempre puro, donde la realidad está hecha toda de utopía. Con la vista puesta en sus discípulos (v.20). Son los cristianos.  De ellos espera Lucas que sean los continuadores del estremecimiento utópico de Jesús. 
Dabar 1983, 15



3.- -Las bienaventuranzas de Lucas son más "críticas" -más propias de un profeta que de un legislador- que las de Mateo. Jesús las pronuncia "en medio" de la gente venida de todas parte, aunque "mirando" a los discípulos. Son también, además, unas bienaventuranzas con alternativa: las maldiciones. De este modo forman un texto absolutamente paralelo con la primera lectura y el salmo. Leyéndolas, vienen a la memoria las palabras de Simeón: "...éste está destinado a que muchos caigan o se levanten en Israel" (Lucas 2,34), y evocan la escena majestuosa de Mateo 25,31 ss. Se da una antítesis constante entre el "ahora" y el "día que vendrá"; esto introduce al sentido trascendente de la vida presente, en función de una esperanza que se apoya en el don de Dios.
La continuación del texto lucano incluye una frase que cabría subrayar: "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo". Es típica de Lucas esta asimilación entre la  "misericordia" del Padre y la "perfección" del Padre, del texto de Mateo 5,48. El camino del amor, del perdón, del corazón que guarda la bondad como un tesoro, es el camino de Jesús y de la felicidad, porque es el camino que demuestra que uno no se fía de sí mismo, no se convierte en el umbilicus orbis, sino que busca de verdad el Reino que viene de Dios. El enlace con la segunda lectura puede ser adecuado, a causa de las afirmaciones paulinas:  "Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más  desgraciados". Más que una invectiva a partir de los "¡Ay de vosotros...!, la homilía debería consistir en subrayar fuertemente la imagen del testimonio de Cristo en el mundo. una buena ayuda  para el contenido puede venir de la lectura de la encíclica "Rico en misericordia",  especialmente las páginas dedicadas a comentar la misión de la Iglesia al introducir en el  mundo "el momento del perdón" (cfr.n.14).
No obstante, y por fidelidad al texto de Lucas, también es bueno destacar la alternativa.  Una persona que contempla todas las cosas desde un mundo cerrado no tiene otro futuro sino el mundo en que se encuentra. Ahí radica la inmensa tragedia del hombre cerrado a la trascendencia, llamado -a pesar de sí mismo, quizás- al más allá.
Pere Tena, Misa Dominical 1983, 4



4.- Las bienaventuranzas no son prometidas a quienes son pobres porque son pobres, y las maldiciones no se dirigen contra los ricos porque son ricos. De hecho, Jesús elogia a los pobres que viven en dos mundos a la vez: el presente y la escatología, y amenaza a los ricos que no viven más que en un solo mundo, el que encadena casi inevitablemente a quien lleva una vida confortable.
El rico es el que se da tan pronto por satisfecho con lo que posee que no realiza el viaje hacia la profundidad de su ser, a lo que, por otra parte, nada le llama: un determinado orden social rico y súper industrializado, una determinada institución eclesiástica súper asegurada de verdades y de derecho.
El pobre no posee más que su soledad, pero la vive con ese valor de ser que le lleva a las profundidades de su ser, allí donde se vislumbra otro mundo. Solitario en ese orden, es rico en la participación de este otro orden, participa ya en las victorias y de su proximidad.  Es el revelador de este otro mundo que viene penosamente, a través de gracias y desgracias, éxitos y fracasos, victorias y traiciones.
Maertens-Frisque, Nueva Guía De La Asamblea Cristiana II, Marova Madrid 1969.Pág. 240



5.- Para la ocasión Lucas pone especial cuidado en diferenciar a los doce, los discípulos y el público en general. Con la lógica excepción de los doce, Lucas recalca lo numeroso de los otros dos grupos y la procedencia del público en general: de territorio judío y no judío.  Ambiente solemne y expectante: habían acudido a escuchar a Jesús (Lc. 8,18). Lucas restringe a los discípulos las palabras de Jesús recogidas en el texto de hoy. Sólo en la óptica del discípulo podrán ser entendidas esas palabras.
Las palabras de Jesús resuenan lentas y cadenciosas por la reiteración de "dichosos, ¡ay!, porque" y el adverbio "ahora". La referencia no son situaciones impersonales, sino personas concretas que son pobres, pasan hambre, lloran y son objeto de odio y de persecución; o bien son ricas, no pasan hambre, se burlan y son objeto de adulación. Las palabras de Jesús hablan de un final en la condición presente de todas esas personas, de un ¡basta ya! Un final y un ¡basta ya! situados en un futuro no precisado pero cierto. Se trata del futuro de Dios, quien a través de las palabras de Jesús se revela como alguien que también tiene una palabra que decir en un mundo que también es suyo y que, por consiguiente, no es sólo humano, sino también divino.
En la frase "vuestra recompensa será grande en el cielo", la expresión en el cielo no se refiere sin más al más allá después de la muerte, sino a Dios. Es de todo conocido que un judío jamás pronuncia el nombre de Dios. En su lugar emplea circunloquios, rodeos de palabras. En el cielo es uno de estos circunloquios para referirse a Dios.
Comentario. Sólo una interpretación miope y mal intencionada puede hablar de este texto como de opio del pueblo. Nos hallamos ante la formulación del ¡basta ya! divino ante el espectáculo dantesco de un mundo horrendo. Un mundo así le duele demasiado a Dios y, aunque Dios es paciente, su paciencia lo es todo menos patente de impunidad. El texto no hace sino recordarnos algo que los humanos parecemos haber olvidado: que este mundo no es sólo nuestro, sino también de Dios y que, por tanto, también Dios tiene derecho a hablar. Resulta paradójico que, en el siglo de la conciencia de derecho, le neguemos derecho a Dios.
Los pobres, los hambrientos, los que lloran, los perseguidos, todos los que son todo esto por causa del Hijo del Hombre, son paradójicamente dichosos en su situación porque saben de Dios y de su Palabra. Sólo los que viven como si Dios no existiera y, debido a ello, se enriquecen, nadan en opulencia y risas y hasta son idolatrados, sólo éstos son los que tienen que temer por el silencio paciente de Dios. ¡Ay de ellos! No es una amenaza, es el grito desgarrador de los profetas por la desgracia en la que ya están instalados sin ellos saberlo. 
Alberto Benito, Dabar 1995, 13